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El chico del periódico


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16/03/2013

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EL CHICO DEL PERIÓDICO





Vicente Adelantado Soriano





A los pocos segundos de comenzada la película de Lee Daniels, se percibe en la sala la presencia del espíritu del viejo rey Salomón, que llega cansado de no se sabe dónde, pero de tierras muy lejanas. Aparecido por el cine, agazapado en la oscuridad, no tarda en surgir su sabia y profunda voz para anunciar que no hay nada nuevo bajo el sol. Alguna vez le han chistado algunos espectadores; y otras se ha tropezado con una débil oposición diciéndole que sí hay cosas novedosas en este gastado y viejo mundo. Y la más novedosa de todas esas cosas es nuestro irrepetible e impagable protagonismo. Lo que sucede es que ese protagonismo, demasiado a menudo, está lastrado por una cultura o una civilización que no se ha sabido asimilar, que no ha producido nada nuevo por cuanto que es más fácil filmar lo ya filmado, narrar lo ya sabido, que buscar una nueva visión, un nuevo enfoque, distinto y acorde con los tiempos que vivimos. No ofrece nada nuevo El chico del periódico. Toca esta cansina película la vieja tecla del condenado a muerte sin haber tenido, al parecer, un juicio con todas las garantías legales. Y ahí, como siempre, aparecen los periodistas dispuestos a parchear a la ley, a componerla y ha demostrar con su tenacidad que, pese a todo, el sistema funciona. Nada nuevo bajo el sol, evidentemente. Y como el tema era manido; y, al parecer, querían darle un sesgo nuevo, los guionistas, el propio autor de la novela, Peter Dexter y el director de la película, comienzan a tocar las teclas del viejo y gastado piano. Y suena la música. Aquí prometen una sinfonía, allá un cuarteto, luego una ópera, y, al final, queda en un no nada: anunciar muchas cosas, prometer alguna y no cumplir ninguna. Viendo moverse a los personajes de aquí para allá y de allá para acá no se sabe si están cuestionando la pena de muerte, el racismo, o si lo denunciado es el periodismo, las relaciones humanas, el sexo... o si algo de cuanto acaece en la pantalla le importa a alguien, que parece que no. Mientras, cómo no, tenemos el lenguaje pretendidamente realista de este tipo de cine: follar, chupar la polla, pegar un polvo, negrata... Y no falta, hasta ahí podríamos llegar, desnudos en el retrete, el homosexualismo y los peligros que este comporta. Ahora bien, en la película todo sucede sin que se sepa bien por qué sucede, ni unas acciones tienen relación con las otras. Es decir, igual que sucede una cosa podía suceder la contraria, o nada, porque los personajes, si es que los hay, parecen pobres muñecos en manos de un guionista que no sabe qué hacer ni por dónde tirar en tanto absurdo cruce de caminos. Nos quedamos con las ganas de saber porqué actúan como lo hacen, y no de forma diferente. Así que, de golpe y porrazo, y sin venir a cuento de nada, el chico que está en el corredor de la muerte es puesto en libertad, pese a que todo lo tenía en su contra; busca a la chica mala, ya se pueden imaginar ustedes para qué, exacto para un par de escenas más de sexo un tanto deslavazado; el periodista bueno es encadenado, desnudo, por supuesto, por unos negratas homosexuales como él, al parecer, y apaleado; y el negrata malo, periodista, publica el artículo sobre el condenado a muerte sin contrastar la información porque en el mundo del periodismo predominan las prisas, ya que el periódico tiene anunciantes. Suponemos que todo esto es una crítica al periodismo actual. Y suponemos que, al final, hay una especie de venganza poética, corrección de lectura, a Testigo de cargo, por cuanto el chico que estaba en el corredor de la muerte vuelve a él, y es achicharrado en la silla eléctrica por haber matado a quien no debía. Por si esto fuera poco, la voz en off de la criada nos cuenta que el chico del periódico se ha vuelto a encontrar con su madre en el entierro de su hermano, el que era homosexual. Y suponemos que ya es feliz. Echaba de menos a su mamá. De ella solo conservaba un anillo. Ahora, con el anillo, y la mano que lo sustenta, ya es feliz. El espectador también lo es no por haber hallado a su progenitora sino porque se ha terminado la película, y ha visto al viejo Salomón incorporarse lentamente diciendo aquello de “ya te lo había dicho yo.” Hay que reconocer que en este caso ha tenido razón el sabio Salomón. Pero no perdamos la esperanza. Otra vez será. Sabido es que, en esta vida, hasta los Reyes Magos se equivocan. A mí, al menos, hace años me dejaron un balón que yo no había pedido. Otra vez será.







Etiquetas:   Periodismo

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