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La noria sin cangilones


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16/03/2013

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LA NORIA SIN CANGILONES






Vicente Adelantado Soriano





-En más de una ocasión -le confesé al señor Jordi aquella melancólica y fría tarde de lluvia- he pensado que la famosa iluminación budista, la paz y la tranquilidad, el nirvana, o la sabiduría occidental, no es otra cosa que percatarse de que la realidad es una, inmutable e invariable; idéntica siempre a sí misma. Y que, llegados a ese punto del conocimiento, no queda más remedio, tampoco se puede hacer otra cosa, que seguir viviendo como si nada se hubiera descubierto, como si no hubiese sucedido nada. Todo sigue igual. Cierto es, por supuesto, que también se puede optar por la acción, por intentar cambiar la realidad para que no siempre sea monótonamente idéntica a sí misma; pero no se conseguirá otra cosa fuera de crear más desazón, intranquilidad; y, tal vez, provocar inútiles muertes. Pues todo, tarde o temprano, volverá a ser como era y como ha sido siempre. Incluso la guerra será igual a sí misma, porque quien la provoca siempre es el mismo.

-No sé si lo he entendido bien -me respondió el bueno del señor Jordi-; pero me está dando la impresión que está usted predicando algo así como el inmovilismo, la quietud, la paz de los cementerios, la inutilidad de todas las acciones. Y, desde luego, es así, quedándonos todos quietos, como no avanzará ni el hombre, ni, lógicamente, la sociedad. Y todo será siempre uno y lo mismo. Eternamente.

-Creo que al final todo termina por parecerse: acción o inactividad es lo mismo. Hagamos lo que hagamos todas las aguas volverán a sus cauces. Lo mismo da moverse que estar parado... No obstante, tal vez tenga usted razón. Es más, me gustaría que la tuviera. Pues, en el fondo, se lo confieso, no me gusta nada mi forma de pensar. Siento que voy en contra de lo que siempre pensé y defendí de joven.

-Conozco la sensación: a veces, por desaliento, por cansancio, o por las causas que sean, se tira la toalla, y se va contra lo que siempre se había pensado o creído. Todos tenemos nuestros momentos de debilidad; pero no hay que consentir que estos nos lleven al nihilismo.

-Es posible que tenga usted razón. Me gustaría estar equivocado. Pero también sería necio por mi parte no percatarme de la realidad, no tener a esta en cuenta a la hora de analizar mi estado anímico y el del resto de la sociedad.

-Sí, la realidad, a menudo, es muy desagradable. Muy a menudo se empeña en ir en contra de nuestros deseos, y de nuestras intenciones, que, en la mayoría de los casos, son buenas.

-Todos nos creemos buenos; y, seguramente, todos creemos que actuamos correctamente.

-¿Usted cree? También es posible que usted tenga razón, o, cuanto menos, su parte de razón. Quiero decir que, al fin y al cabo, cada uno de nosotros nos fabricamos una moral especial, un código de conducta, que no es otra cosa sino una permanente justificación de nosotros mismos, y de nuestras acciones. Así que no encontrará usted hecho, por deleznable que sea, que no tenga su apoyo filosófico, sus justificaciones, y sus corifeos. Ahora bien, eso no presupone que los actos sean buenos en sí.

-Está diluviando. Me encantan estas tardes tan tristes, tan norteñas, y que tanto invitan a la melancolía y a la reflexión. No, no estoy cambiando de tema. La melancolía siempre me ha parecido una fuente inagotable de conocimiento. De alguna forma, y sin depresiones, sin enfados terribles, lleva a meditar sobre la vida pasada, a verlo todo como un intento de algo bueno rara vez hecho carne... Y ahí es donde coincidimos. Creo que debería ser motivo de reflexión, de una honda reflexión, que en este siglo, con todos los avances tecnológicos, el hombre siga actuando como siempre lo ha hecho. Quiero decir que no desaparece ni el crimen, ni la corrupción, ni el egoísmo, ni la falta de respeto...

-Usted sabe que una misma realidad puede ser observada desde distintos puntos de vista.

-Sí, y tal vez el uno sea complementario del otro.

-No se lo niego. Pero mientras que usted ve el vaso medio vacío, yo lo veo, o lo puedo ver, medio lleno. Y es cierto que hay situaciones en la historia que se repiten con una monotonía machacona; pero no es menos cierto que, mal que bien, el hombre va logrando cosas, pequeños avances. Permítame que le recuerde que hoy en día ya no hay esclavos en el mundo civilizado.

-Bueno, hay asalariados...

-Y hay sindicatos, y derechos laborales. Otra cosa es que se quieran utilizar o no. No hace mucho, y usted lo sabe, hubo un ataque brutal, por parte de los medios, periódicos, radio y televisión, hacia los sindicatos. Los tildaron de nidos de corruptos que vivían de las subvenciones estatales. Y no le digo que no haya habido corrupción. Por desgracia la corrupción no es privativa de un determinado grupo político o de determinadas personas. Se la encontrará vaya donde vaya, y se meta donde se meta.

-Sí. El otro día, hablando con doña Paquita, nos remontamos, por eso de la corrupción, al caso de Viriato. Como sabe este fue traicionado, vendido, por sus supuestos amigos.

-Sí, creo que todas las personas de nuestra generación hemos oído aquella famosa sentencia de Roma no paga a traidores. Que traducido al lenguaje actual es X no contrata a corruptos. En la X puede usted poner el partido político que quiera.

-A eso me refería yo, dejando a parte la X. Como puede ver, esa frase no encierra más que corrupción, el famoso todo vale. Roma, mal que nos pese, tenía que haber pagado a los traidores, pues fue ella quien instigó esa traición.

-No sea usted ingenuo. Roma quería conquistar tierras, y se valió de todos los medios a su alcance para conseguirlo. En este caso hasta de la traición. En otros iría más lejos.

-Sí. Y por desgracia siempre habrá gente dispuesta a traicionar a amigos, vecinos, y a pueblos enteros, con tal de conseguir riquezas, o una absurda posición social.

-Contra eso precisamente es contra lo que hay que luchar.

-Alabo su optimismo, y más en una tarde como esta. Pero siempre he tenido la impresión de que luchar contra estas cosas, y contra otras similares o parecidas, es como luchar contra la famosa Hidra, con la diferencia de que esta no tiene siete cabezas sino siete mil.

-Bueno. Cuando Herakles, fue Herakles, ¿no?, se enfrentó a ella lo hizo armado con una espada, seguramente de bronce, o con su famosa clava. Complicado lo tuvo para rematar, con esas armas, las siete cabezas del bicho al mismo tiempo. Ahora, con una semibombita, solucionaría el problema. Y sin despeinarse además.

-¿Ve usted como termina dándome la razón? ¿Ve usted las razones de mi pesimismo? Ya estamos en las mismas: la inevitable guerra, la famosa bomba que va a solucionar todos los problemas. Pero la Hidra, querido amigo, resurgirá de sus cenizas, como el Ave Fénix.

-Creí que estábamos hablando metafóricamente. Pero de todas formas da lo mismo. Desengáñese: nada se va a lograr sin sufrimientos. Ni sin la ayuda de una buena educación.

-Efectivamente: el hombre no aprende nada de sí mismo, ni de su historia. Siempre tenemos que echar mano de las armas. Olvídese de la educación.

-El pueblo que no conoce su historia está obligado a repetirla.

-Eso es una memez. Perdone la brusquedad. Perdóneme. Pero no existe ningún pueblo que conozca su historia. A lo sumo hay dos o tres infatuados que creen conocer el pasado porque manejan datos de macroeconomía, de cosechas y de nacimientos y mortandades. Y en el fondo todo es ignorancia y más ignorancia. Los historiadores saben que tienen que llegar a la revolución, y todo lo cuentan como fuerzas que, inevitablemente, llevan a ella. Profetas de lo acontecido. Ayer brilló el sol. Hoy llueve, y lo de mañana se lo diré pasado mañana.

-Le vuelvo a recordar que las cosas se pueden ver de formas diferentes. También ponen el dedo en la llaga e indican las causas que llevaron a esas guerras o revoluciones. Conociéndolas se deberían evitar. Ellos han cumplido con su misión: las han puesto de relieve.

-Muy bien. ¿Y quiere decirme ahora cómo hacemos llegar eso a la gente, al ciudadano común y corriente para que varíe su forma de ser y de actuar? Ya me imagino que me va a decir que a través de la educación, de la escuela y de los maestros.

-¿Y no es esa su misión? ¿Acaso no es eso lo que deberían hacer?

-Si está pensando usted en los maestros como si fueran los guardianes de una República, al estilo de Platón, sí. Pero ni la sociedad está concebida como la República de Platón, ni los maestros son una excepción en el mundo en el que viven.

-¿Y no le parece que es una pena?

-Sí, es una pena. Pero si somos los demás, los otros, los encargados de velar por la República, siempre cada uno de nosotros necesitará de un policía para no tirar las colillas del cenicero del coche en un semáforo. Y lo triste es que, tal vez, no haya otra forma de que funcionen las cosas, y de que las calles estén limpias. Con policías.

-Sigo pensando que es usted un idealista. Por supuesto que siempre hará falta la policía. La anarquía es más que imposible. Es una utopía. Exige tal virtuosismo que ni el mejor de los acróbatas es capaz de lograrlo. El hombre tiende a la indolencia... Pero no era ese el problema que nos ocupaba. ¿O si?

-Es verdad. Tiene usted razón. Siempre he tenido querencia a irme por los cerros de Úbeda. Creo, sinceramente, que las lecturas de los filósofos griegos me envenenaron el alma. Llevo años intentado quitarme ese veneno de las entrañas.

-Me deja usted de una pieza. Creí que la filosofía servía para entender aquello que permanece oculto. O para comprender al hombre. Nunca se me ocurrió que pudiera emponzoñar el alma de nadie.

-También puede servir, a veces, para ocultar la realidad. Al fin y al cabo ¿qué es la República sino un sueño irrealizado de Platón? ¿Sabe? Ahí reside uno de mis grandes errores: me he pasado la vida predicando, en el desierto, por supuesto, que no se puede estudiar una lengua sin tener en cuenta la historia del país donde se desarrolla. El castellano o español, como quiera llamarlo, deriva del latín; pero también tiene palabras árabes, prerrománicas, italianas, etc. Hay que conocer un poco de historia para comprender un poco la lengua. Sin hacer caso de mis propias advertencias, me puse a leer libros de filosofía sin tener en cuenta el medio en el que nacieron.

-¿No está exagerando un poco? Me parece que de la forma que usted lo plantea, es imposible cualquier avance o conocimiento. También imagino que habrán quedado más que obsoletas algunas de las cosas que leyó.

-No estoy de acuerdo. Además, creo que es mejor conocer una cosa con una cierta profundidad que no ir, como he hecho yo, picoteando de aquí y de allá para llegar, al final, a una pequeña desazón, a un pequeño descontento y a una enorme ignorancia.

-Aquí no es tenido usted por un ignorante. Ni yo, pese a las discrepancias que tenemos, creo que lo sea.

-Tal vez deberíamos comenzar por definir qué es un ignorante y qué es un sabio. ¿No le parece que, muy a menudo, se confunde el tener cierta información con la sabiduría? En este bendito país lee usted dos libros sobre Platón y ya es tildado de neoplatónico.

-¿Y no es eso? La sabiduría es poseer algo que el otro no tiene, y que permite tener acceso a ciertas cosas ¿Acaso la gente que sabía, como los sacerdotes en Egipto, no eran celosos de esos conocimientos, y los mantenían alejados del resto de los mortales?

-Bien. Se puede plantear así. Pero entonces su pretendida sabiduría no residía en lo que ellos sabían sino en lo que los otros ignoraban. El vaso sigue estando medio vacío.

-Pero, afortunadamente, hubo gente que quiso saber, que no se quedó paralizada; y lo que era privativo de los sacerdotes pasó al pueblo. Y de esta forma se terminó con el poder de esa casta.

-Y nunca más hubo sacerdotes, y todos comieron perdices. Se olvida usted, señor mío, de la Edad Media y del Renacimiento.

-No, no me olvido de nada. Además, ha tocado usted un tema que me apasiona. O al que, al menos durante época de mi vida, le dediqué bastante tiempo. Estoy hablando, como habrá comprendido, de la relación de la Iglesia con el Estado. O si quiere, de los sacerdotes con el faraón o con el rey.

-Interesante. Imagino que saldrá la Inquisición por el medio.

-No hace falta. Es, si quiere usted, lo más llamativo, lo más cinematográfico por decirlo de alguna forma. Hubo que recurrir a ella, desde luego, porque algunos conseguían huir de la miseria y de la ignorancia, y cuestionaban algunas cosas que no le hacía gracia al poder que fueran cuestionadas. Pero la inmensa mayoría de las personas eran mantenidas en el analfabetismo y la ignorancia. Y además -añadió casi susurrando- la Biblia no se traducía del latín al castellano.

-Eso es cierto.

-¿Sabe? -me dijo entonces poniendo un gesto melancólico en tanto sus ojos brillaban de gozo y contento- de joven soñé más de una vez con llevar al cine un libro que me encantó. Era un libro del siglo XIX, de un tal George Borrow, y que se titula La Biblia en España. Me hubiera encantado ser director de cine, tener posibles, y hacer una película con ese libro.

-Siempre se nos quedan sueños por cumplir -dije un tanto estúpidamente.

-George Borrow -me explicó el señor Jordi- pertenecía a una sociedad bíblica londinense. Y vino a España, en 1836, con el fin de distribuir biblias por el país para que España dejara de ser papista, pues según él, los españoles eran católicos porque no conocían la Biblia. Conocían las interpretaciones que de la misma hace el Vaticano.

-¿Y quién sabía leer en aquella época? ¿No le parece un poco absurdo el intento de aquel buen hombre?

-Sí. También he pensado yo eso en más de una ocasión. Pues llevar la Biblia, en aquellos años, por Andalucía, por los cortijos...

-Tarea inútil. Por no tildarlo de broma un tanto pesada, sobre todo para míster Borrow.

-Para usted tal vez. Para él, no. El hombre creía en una cosa, y luchó por ella. Pasó penalidades, muchas penalidades, como cuenta en su libro; pero en ningún momento desfallece. Hizo lo que creyó que debía hacer. Para mí es más que encomiable.

-¿Sin tener en cuenta los resultados?

-Querido amigo: usted, como el señor Tomás, no puede olvidar que ha sido profesor. Aquel se mide por el número de afiliados a su sindicato, y usted por el número de aprobados en su aula. ¿No le parece que es un poco absurdo esa forma de medir?

-Bueno. Es una buena forma de saber si incidimos en la realidad o no.

-Y de ello dependerá nuestra felicidad o nuestra desgracia, ¿no es eso? No, querido amigo, no es la filosofía griega quien le ha envenenado el alma. Es la famosa estadística moderna, el mirar al prójimo cuando nos tenemos que mirar a nosotros mismos, y el observarnos a nosotros cuando tenemos que fijarnos en el prójimo.

-Me está dando usted un buen rapapolvo.

-Perdóneme. No era mi intención molestarlo.

-No me molesta. A estas alturas de mi vida creo que, cuanto menos, he aprendido a escuchar a mis vecinos... Evidentemente no todos los tiempos son unos. Dudé muchas veces de mi trabajo, muchísimas veces. No hay nada que cure más la vanidad que ser maestro en España y trabajar en un colegio semiprivado. El maestro era el muñeco de feria sobre el que disparaban alumnos, padres, periodistas y hasta la dirección. Tantos años de estudio para ser un guiñol, un muñeco de trapo... ¿Cómo no dudar?

-¿Nunca se le ocurrió emigrar?

-Se me ocurrió emigrar, cambiar de trabajo, y hasta ensayar a estar sin comer durante una larga temporada. No pude hacer nada... Estaba tan harto que el día que me jubilé fue el día más feliz de mi vida. Nunca más tendría que estar con adolescentes, nunca más tendría que soportar las imbecilidades de padres y madres contándome las excelencias de su forma de educar... ¡Dios! Si hubieran dado las clases ellos, este mundo hubiera sido perfecto... No quiero hablar de aquellos años. No tengo un buen recuerdo, aunque soy consciente de la injusticia que cometo con muchos de mis alumnos, y con algunos de sus padres.

-Sí, por desgracia -dijo mi compañero asombrándome- siempre recordamos más el mal que el bien que nos hacen.

-Eso me suena.

-Creo que lo dijo usted en la última reunión que tuvimos. Me sorprendió, y me dio que pensar. Así que durante un par de noches me dediqué a recordar todas las cosas buenas de mi vida. Y son muchas.

-Me alegro por usted. Yo también he tenido mis noches de alegría y de contento. Y, se lo digo con un poco de precaución, de felicidad.

-Quedémonos con ellas aunque ambos sabemos que no se repetirán, que pasaron y bien pasadas están.

-Efectivamente.

-Cada cosa, mi querido amigo, tiene su tiempo y sazón. Y ni a usted ni a mí nos ha ido nada mal. Caso contrario no hubiéramos acabado aquí. Es para estar agradecido. No sé a quién, pero es para estar agradecido.

-Cierto. Tiene usted razón... Ya oigo los carritos. Ha llegado la hora de la merienda. Un café con leche bien calentito me va sentar de maravilla.

-A mí también.







Etiquetas:   Educación   ·   Filosofía

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