Fueron por el al fin
del mundo.
El tradicional “habemus papam” mediante el cual se anuncia
la elección del nuevo sumo pontífice de la iglesia católica, hoy se escucha
diferente, tiene ya una traducción que es de suyo forma, “tenemos Papa” así en
castellano.
La designación del Cardenal argentino Jorge Mario Bergolio,
desde ahora Francisco I, naturalmente fue sorpresiva porque como siempre sucede
en estos casos, los Cardenales que entran al conclave como favoritos, siempre
salen del mismo como Cardenales.
Si bien es cierto que en el anterior conclave el entonces
Cardenal Bergolio término en segundo lugar de la votación detrás del Cardenal
Ratzinger, quien sería elegido Benedicto XVI, ahora Papa emérito, en esta
ocasión no era señalado como el más fuerte aspirante.
Porque aun y que todos los pronósticos señalaban que la
sucesión papal recaería en un europeo y sobre todo en un italiano, se hablo de
candidatos de otros continentes, pero no de este, el resultado naturalmente se tiene que
calificar como sorpresivo.
Sin embargo en lo que bien se puede considerar una elección
rápida, Francisco I es desde ahora el nuevo Papa, el pontífice latinoamericano,
situación inédita y por supuesto sumamente interesante, no solo por ser un
parteaguas, sino por todo lo que su designación implica.
Porque no se trata solamente de atender al viraje que
implica elegir un Papa no europeo, por añadidura eso tendrá que traducirse en
situaciones que por lo mismo implican la aceptación de la necesidad de un
cambio de rumbo.
Claro que antes de poder hablar de lo que se puede esperar
de su pontificado, con los pocos antecedentes con los que dé él se cuentan,
habrá que remitirnos a su primera exposición pública y las señales que en ella
se manifestaron, porque seguramente serán las características de su
comportamiento y estilo personal.
De Francisco I se sabe que ha sido un religioso apegado a su
vocación, sin distracciones emanadas de las tentaciones de su condición de
privilegio, incluso que en su país, siempre mantuvo una relación difícil con el
gobierno, al que constantemente criticaba.
Por otro lado, Francisco I no proviene de la curia romana,
el epicentro del poder papal, por el contrario además de la condición de su
nacionalidad, su vocación es jesuita, que si bien tiende a la búsqueda de la
modernidad, tiene preceptos personales muy bien definidos.
De Francisco I se sabe que es un hombre de origen humilde,
que a lo largo de su vida privilegio la sencillez de su entorno, la sencillez
que por cierto hizo patente en su presentación.
De hecho la elección del nombre papal, obedece pues a una
referencia a San Francisco de Asís, para establecer que sus formas serán
precisamente orientadas a la humildad y el sacrificio, al absoluto alejamiento
de los beneficios materiales.
Francisco I salió al balcón de la santa sede ataviado
únicamente con la túnica blanca, sin los atuendos ceremoniales tradicionales
propios de la investidura, seguramente para hacer que fuera su mensaje lo que
quedara en la memoria.
Porque definitivamente a través de esta primera
interlocución, pudimos ver que el nuevo Papa, es un extraordinario comunicador,
dueño de un carisma sereno, que llego a la gente de inmediato.
Un Papa que sin ninguna rigidez se manejo a su tiempo,
estableciendo canales de comunicación francamente abiertos, sin afectaciones ni
solemnidades, simple y llanamente otorgándole el mayor poder a la palabra.
Porque en ese sentido no puede escapar al análisis su
primera frase, en la que señalo que los cardenales fueron por el fin del mundo,
con lo que se rompe la milenaria tradición de los Papas europeos.
Palabras que necesariamente conllevan mensajes profundos, la
instauración de un estilo mucho más franco de expresión, pero también además de
la forma que es tan atrayente, los fondos de la misma.
Ahora para Francisco I vendrá la etapa más difícil, la de
escoger a su propia curia, porque siendo ajeno a esta, tendrá pues que
enfrentar su enorme poder, un predominio que supone una transformación.
Más aun cuando ha trascendido que uno de los factores principales
de la renuncia de Benedicto XVI, se origina precisamente desde ese entorno de
poder, de la lucha por los equilibrios internos.
Sin embargo este Papa, sin compromisos con el epicentro de
ese poder, con una popularidad que irrumpió desde su presentación y por su
condición latinoamericana, tiene al menos en el papel, absoluta libertad para
cambiar las cosas.
Porque es innegable que su arribo tendría que representar un
antes y un después, una lucha intestina por transformar y redirigir los
objetivos de la iglesia, independientemente de mantener su influencia mundial.
Es innegable que en el Vaticano hay una crisis, que esta
tiene diversas aristas y que sobre todo enfrenta una disyuntiva extraordinaria,
entre sus preceptos tradicionales y la forma de que estos se puedan seguir
difundiendo acorde a la realidad social global actual.
Que hacia dentro hay muchos temas espinosos, que hay muchas
cosas que corregir, de hecho lo que se infiere es pues una circunstancia para
modernizar la institución mas añeja y no solo por sus años.
Aunque es muy pronto para decirlo, no puede pasar
desapercibido que el talante y estilo de Francisco I, abriga justificadas
esperanzas de cambio, una suerte de certeza que es producto de su propia
imagen.
Si a eso le sumamos las singularidades de sus antecedentes y
como decíamos su condición latinoamericana, seguramente estamos en el previo de
una profunda transformación, impulsada por un Papa diferente, que por eso mismo
tendrá una visión muy especial de las cosas.
Un hombre de reconocida inteligencia, que con toda humildad
muestra signos de reencauzar el trabajo pastoral a la parte espiritual, mover a
la iglesia a sus fundamentos básicos, donde la opulencia pasa a un segundo
término para privilegiar la parte humana.
En las formas de Francisco I se pueden vislumbrar tanto la
sensación de la irrupción de su figura, como su poder de contacto, lo que
sugiere la presentación de un Papa que de inmediato será mas allá de su
investidura una figura primordial del acontecer mundial.
guillermovazquez991@msn.com
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