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¿Por qué hacéis guerras de tomates?


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13/03/2013


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En las clases de inglés para “newcomers” ("recién llegados". Bonito eufemismo para maquillar el muy español “putos inmigrantes”), que financia el gobierno canadiense y a las que acudo diariamente, me tocaba realizar una presentación en powerpoint sobre España. Cada día un alumno tiene que pasar el mal trago de balbucear en inglés ante el resto de compañeros unos cuantos tópicos sobre su país de origen, y hacerlo además con gracia y salero. Vamos, que tanto miedo provoca maltratar el idioma como aburrir al personal. Generalmente se trata de hablar de las bondades del país y de ofrecer una imagen lo más idílica y contemplativa posible, como si participáramos en un mercado de destinos turísticos o de garantías democráticas. Creedme, intentar hablar bien de tu país sin resultar panfletario y hacerlo con un vocabulario escaso de recursos es lo más próximo a regresar a los primeros años de escolarización.




Así es que durante la última semana me apliqué como un atribulado colegial en el diseño de un powerpoint con fotos bien seleccionadas y textos que contaran lo básico sobre nuestra historia, monumentos, cultura, sociedad, economía y nuestros tópicos más universales. Me obstiné en no resultar pesado ni prolijo pero creo que pequé de excesivo en mi intento por ofrecer una imagen lo más fiel a la realidad de España. Cuando uno habla de lo suyo generalmente es incapaz de establecer jerarquías y de imponer filtros. ¿Qué es más importante, la Alhambra de Granada o la Catedral de León? ¿La Reconquista o la Guerra Civil? Ante el aprieto, hablo de los dos y asunto resuelto. Cada vez que me enfrentaba a un dilema similar lo resolvía de la misma forma. En todos los casos mi mano tremolaba. Y de esos temblores salió una presentación de casi una hora. Eterna.

He de confesar que resultó impactante y que generó más debate que cualquiera de las que se habían realizado en los días previos. Mis compañeros de clase quedaron encantados con las cosas bonitas que yo les contaba del país pero muchos se mostraron perplejos. Perplejos ante desconocidos episodios de nuestra historia, ante la arquitectura de muchos de nuestros monumentos, la existencia de un archipiélago español en la costa africana, la viva memoria del legado musulmán, la presencia de grandes montañas allá donde sólo se intuían playas o la celebración de unas procesiones que se parecían sospechosamente a los desfiles del Kukus Klan. Al menos les acojonaron como si fueran tales. Podría incluir detalles menores como la sorpresa general que causó el descubrir que Antonio Banderas no era mexicano o que existió un arquitecto que se llamaba Gaudí y que dejó a medio hacer la Sagrada Familia. Alguien me preguntó también si Mallorca todavía pertenecía a España. ¿Sigo? Debería apostillar finalmente que el perplejo fui yo.

Mi clase es como un "tubo de ensayo" de la sociedad canadiense, un ecosistema que te obliga a enfrentarte permanentemente a lo que eres y a lo que te gustaría ser; hay una vietnamita, una indonesia, una irakí, un afgano, una india, tres pakistaníes (suníes y chiitas), dos chinos, una polaca, una búlgara, una chilena, un venezolano, un croata, un filipino, una libanesa y un español. La mayoría dejaron sus países por razones económicas o políticas. Muchos de ellos poseen carreras universitarias y renunciaron a sólidas trayectorias profesionales que, sin embargo, nunca les permitieron abandonar situaciones de miseria y riesgo. Canadá se nutre en buena medida de este tipo de emigrantes con historias muy parecidas.

Con esta diversidad el país te concede la verdadera medida de tu lugar en el mundo. Pone a cada uno en su sitio. Y España, he de decir, pinta poco y se conoce menos. Lo que ocurre es que llegamos aquí con el angosto horizonte de nuestras certezas de origen y observamos a los demás con lentes convexas, sin advertir que ellos hacen lo mismo con nosotros. Yo compruebo también a diario lo poco que sé de otros países y de otras culturas. Así que más o menos estamos en paz.

Estas presentaciones son un interesante experimento sociológico que ofrece un retrato muy certero del ser humano. Aunque se presenta como una oportunidad para practicar nuestro “speaking”, acaba siendo un concurso en el que se dirime quién la tiene más larga y, lo más decisivo, quien la tiene desde hace más años. Lo importante es enseñar cosas que sean muy antiguas o demostrar que fuiste el primero en hacer algo, lo que sea. Así se busca impresionar a la audiencia basándose en la teoría de que sólo lo muy viejo nos hace auténticos y civilizados. Y cuando uno se empeña en este tipo de retos acaba ofreciendo su lado más ridículo e insustancial. Las presentaciones derivan en una sucesión de mercadeos con el verbo de los vendedores de feria para convencer al resto de oyentes de que en nuestro país está la iglesia más grande de Occidente, el botijo de doble caño más antiguo del mundo o los cantos guturales más populares del oeste asiático. Todo sea por destacar en algo.

Pero es comprensible. ¿Quién quiere dedicarse a contar a los demás las miserias de su país? Aunque estuve tentado, finalmente quité una última pantalla que había titulado “Cosas que no me gustan de España”. Quería hablar de los toros, la iglesia católica, los políticos corruptos, la monarquía y alguna cosa más. Así es que yo no puedo reprochar a Abdulah, el afgano, que no hablara en su presentación de los Señores de la Guerra; que Mishia, la irakí, pasara por alto el desastre de la invasión norteamericana; o que Gretta, la libanesa, siguiera refiriéndose a su país como “la Suiza de Oriente”, aunque Beirut sea tan solo una parodia de lo que fue antes de la guerra. Todos nos dedicamos a revolver en nuestros cajones para sacar la bisutería de la abuela.

Lo que no sé determinar es si obramos así porque en realidad tenemos una capacidad muy limitada para hablar de nuestros respectivos países o porque intentamos edulcorar el sabor a fracaso que en mayor o menor dosis llevamos encima todos los emigrantes. Probablemente la mejor manera de demediar ese marbete es practicando un ejercicio práctico de orgullo patrio y aplicando la amnesia selectiva. Algo así como hacer notar continuamente que estamos aquí porque queremos. Pero en Canadá he aprendido que casi nadie emigra impulsado por un espíritu aventurero, que sería como atribuir una naturaleza hedonista a una decisión que generalmente implica grandes sacrificios y traumas.

Cuando uno va a hablar en público tiene que tener bien presente tres cosas: a quién se dirige, qué quiere contar y qué errores no puede cometer de ninguna de las maneras. Yo me armé con unos cuantos guiños para complacer a todos los sectores de mi audiencia. Viejo truco para manipular voluntades y arrancar complicidades. Expliqué, porque así lo creo, que la presencia árabe en España ha sido una de las etapas más lúcidas de nuestra historia. Las compañeras musulmanas asentían con la cabeza mientras les hablaba de la Alhambra, de la Mezquita de Córdoba y del legado andalusí. Pero se pusieron guerreras cuando Jeg, un chino de Sanghai, se interesó por el sentido y estética de las procesiones de Semana Santa y por la pintoresca tendencia de los católicos a la penitencia física. En Mishte y Humiara, ambas pakistaníes, creció de repente la estatura moral para recordar que el islam no permitía esta clase de redentoras exhibiciones públicas. Punto para ellas. Greg, un filipino de Manila, mantuvo al resto en un pesado silencio mientras contaba la experiencia de los penitentes que se flagelaban y se crucificaban cada Semana Santa en su país. Me acordé en ese momento de la cruzada católica contra el relativismo. ¿Qué hay más relativista que aceptar este tipo de rituales?

También intenté crear asociaciones entre España y Canadá para hacerle la pelota a Bob, mi profesor, un divertido quebecois vegetariano, amante de la música cubana y cínico insobornable. Pero fracasé en el intento. Bob desconocía que Frank Ghery, el arquitecto del museo Guggenheim de Bilbao, era canadiense; y tampoco había oído hablar de la Allen Lambert Gallery, la espectacular galería comercial de Toronto diseñada por Santiago Calatrava. Debo decir que en ese momento mi estado de ánimo se precipitó por los suelos. Los canadienses tienen un curioso problema sobre el que se ha hecho mucha literatura pseudocientífica: piensan que muchos compatriotas que triunfan por el mundo son en realidad estadounidenses. No sé si es desidia o baja autoestima, pero ocurre.



Bob no se quedó quieto. Contraatacó con algunas preguntas muy propias de quien observa tu país como un exótico destino perdido en algún remoto lugar del planeta en el que hace mucho calor y la gente tiene la extraña costumbre de jugarse la vida delante de los toros. ¿Por qué España y Portugal no son el mismo país?, me inquirió. Mi reacción fue rápida e inusualmente original para lo que acostumbro: “Es lo mismo que me pregunto cada vez que veo en el mapa que Alaska no es canadiense”. Bob, que tiene la sonrisa desproporcionadamente grande, aceptó el golpe. Ante la segunda invectiva ya no puede hacer nada: “¿Por qué los españoles hacéis guerras de tomates? Pensé entonces que quizá hubiera sido mejor hablar de la divertida corrupción española, algo de lo que todo el mundo entiende y no necesita explicaciones.



Etiquetas:   Cultura

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