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Cuando hoy en día discutimos
agriamente sobre la paridad hombre-mujer, Lorenzo Mediano nos traslada en esta
novela hasta hace una docena de milenios, al final del Neolítico, en una
Mesopotamia ya plenamente ocupada por el ser humano, donde se vislumbran los
cambios climáticos y biogeográficos que habrían de llegar.
La esencia del relato no es
tratar acerca de la geografía humana, del paisaje, de los usos del territorio,
de los recursos naturales, sino de algo que abarca todo eso: del poder, del pensamiento
humano y de las luchas por la supervivencia -no sólo contra los elementos, sino
contra los propios miembros de la tribu-. De hecho, en realidad, la
protagonista es la tribu -Zewi Khemi- y la vida y la muerte. Los personajes
principales, cuya vida vemos avanzar, están claramente diferenciados: por un
lado, las mujeres, que se amoldan a la idea de espiritualidad, pero muy
pragmáticas; por otro, los hombres, cada vez con menor participación social y
que están sometidos a los designios de una diosa femenina en un matriarcado dominado
por las portadoras del saber (y de las conchas Cauri), y jerarquizado por
Aster, cuyo linaje será la espina dorsal del argumento.
Una buena dosis de imaginación no
le ha faltado al autor para explicar el cambio de rumbo de la Historia Universal,
pues el varón acabará descubriendo un secreto que tirará por tierra el concepto
imperante de la hembra como máxima expresión del poder, por ser capaz de dar
vida a otro ser humano y por conocer los imprescindibles rudimentos agrícolas.
Mientras, el hombre es un simple mal menor del que se sirve la tribu para
conseguir alimento, en todos sus sentidos.
Ahkim, la fuerza, y Koshmar, la
inteligencia. Ha sido necesario este binomio para crear el mundo imaginado por
el autor. Pero bien podría ser un único individuo, prototipo de un líder, tal y
como tendemos a idealizar a los líderes. Son ambos hombres quienes romperán el
círculo, yendo de la mano en la historia hasta su desenlace. Reconozco que éste
parece un libro escrito por un hombre, aunque se lo haya dedicado a una mujer
(a “quien sabe que es su diosa”, según dice en su dedicatoria). Solo un varón
es capaz de hacer protagonista al hombre en un mundo de mujeres. Hasta el punto
es así que Koshmar, el personaje que más me atrae de toda la novela, al carecer
de las virtudes necesarias para ejercer de cazador o de guerrero, desarrolla el
pensamiento, analizando el mundo de las ideas que le han enseñado, como haría
un filósofo. También es el protagonista, junto con su hermana, del pasaje quizá
más impactante. Además, su final como eremita me lleva a pensamientos eternos
acerca del hombre y la mujer, del mundo tal y como lo concebimos o vivimos, del
ser humano actual... Mediano, dado que no podía ya inventar la ganadería y la
agricultura, ha creado en esta novela la última guerra neolítica y ha ideado la
cruel esencia de la esclavitud.
A pesar de que los dos personajes
masculinos sean el punto de inflexión de la historia, el peso de la trama recae
en las mujeres, pues son ellas las que sobrellevan la carga social del grupo, las
decisiones, la ideología y el poder. Ellas, que son más creyentes que ellos en
su diosa, tienen un secreto que esconden y que solo es conocido por las
elegidas, que defienden con gran represión, llegado el caso. Este secreto es
descubierto accidentalmente por un tullido que discurre en sus ratos libres,
mientras fabrica herramientas y una de las armas fundamentales de la época
moderna. El secreto de la Diosa es la esencia de la vida y motivo del
desequilibrio y nuevo orden de poder.
Es ésta una novela muy cruda por
el modo con que trata el día a día de la tribu. Cierto es que es tan dura como la
vida actual, que oímos o vemos con cierta insensibilidad y diariamente en los
medios de comunicación. Lorenzo Mediano logra en su redacción ser fiel a lo que
considera los comienzos de la Humanidad, pues bien pudiera ser posible lo que
cuenta en ella, que no es otra cosa que la apasionada vida del ser humano.