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El Ocupante de la Silla


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12/03/2013


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Eran las 10 de la mañana con 50 minutos del 19 de abril de 2005 y en mi ciudad, empezaron a repicar las campanas de la Catedral de una forma bastante alegre. Muy pronto se escucharon al resto de las Iglesias aledañas unirse al gozo. Apenas habían pasado los días de duelo en el Estado Vaticano y se iniciaba un Cónclave para la elección del nuevo Papa. Los reportes periodísticos refieren que ésta había sido una de las elecciones más rápidas en la historia de la Iglesia, o cuando menos del Estado Vaticano cuya fundación data de mediados del siglo pasado.








Habíamos sido convocados a una reunión de trabajo y el personal de la oficina del entonces Alcalde de la ciudad, nos despejaba las dudas respecto al hecho. - ¡Ya eligieron al Papa! – decía, su secretaria con singular alegría. Inmediatamente, el Doctor Stadelmann encendió el televisor.  CNN en español daba cuenta del hecho, en una retransmisión que decía “Hace unos minutos” La inconfundible voz de José Levi y Daniel Blumenthal nos ponían al tanto del suceso. Con cara menos alegre, el Cardenal Jorge Arturo Medina hacía el anuncio en diferentes idiomas: “Queridísimos hermanos y hermanas” dijo, en perfecto castellano,  siguiendo un mensaje en un solo idioma. “Annuntio vobis gaudium magnum, ¡Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, dominum Josephum Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger, qui sibi nomem imposuit Benedicti XVI. (Les anuncio con gozo, ¡Tenemos Papa! El eminentísimo y reverendísimo Señor, señor José, Cardenal de la Santa Iglesia Romana Ratzinger, que ha adoptado como nombre, Benedicto XVI). Rostros que reflejaban la alegría por la designación de su nuevo líder espiritual, la cabeza de la Iglesia de la fe que profesaban. Recuerdo haber visto llanto en alguno de los fieles y contradicción en los menos. Pero los laicos poco pueden hacer en una elección papal. Su papel, era precisamente el que habían jugado, de simples espectadores. No por nada, hay quien ha llegado a señalar que la Iglesia Católica, es la última monarquía absoluta viva sobre el planeta.





Las dudas eran despejadas, aunque sobradamente, se sabía de la influencia del Cardenal alemán en el Vaticano y de las amplias posibilidades para suceder a Karol Wojtyla. Solo el italiano Ángelo Sodano podía hacerle sombra, aunque en ambos, pesaba ya la edad, pues era evidente, que de ser electo cualquiera de los dos, tendrían un pontificado bastante breve. Lejos quedaron aquellos quienes pretendían que la Iglesia fuera dirigida por un Cardenal Progresista y más aún quienes deseaban un líder con el carisma de los dos últimos ocupantes de la silla papal. Ratzinger, lejos, muy lejos de ser carismático, era un hombre culto y profundamente inteligente. Casi tanto como Giovanni Montini (Pablo VI).





Por aquellos años muy cerca, algunos buenos amigos se dieron el lujo de “estrenar” el papado. Acudieron a la Jornada Mundial de la Juventud, en Colonia Alemania. Recuerdo, en alguna ocasión, haberlos visto por breves instantes en la cobertura que EWTN tuvo sobre el evento. Auténticos mexicanos, sin duda. Pero era evidente que Ratzinger distaba mucho de ser Wojtyla. Ni siquiera pretendía serlo. Su rostro no era tan amigable como el de su antecesor ni tampoco generó una buena relación con los medios de comunicación, lo cual, no dudo, ni siquiera le quitaba el sueño. El nuevo Papa se alejó de América Latina y enfocó sus energías en “recuperar” Europa, cada vez más cerca del Islam o en casos que a la Iglesia alarmaron del secularismo cada vez más ateo.





En su breve gobierno, el acercamiento con otras confesiones fue importante, acercando al mundo a la idea de la existencia de dios. Sabía que divisiones de antaño habían sido fundamentales en la secularización mundial, por lo que buscó el acercamiento con determinados tradicionalistas, aquellos que celebraban aún el Rito Tridentino, específicamente la Fraternidad San Pío X y los católicos ortodoxos, esos que en alguna ocasión excomulgaron al Papa con la reciprocidad del Pontífice de Roma. Salieron a la luz importantes delitos como los cometidos por curas pederastas, de los que él tenía conocimiento, al haber sido Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la que, pesaba la orden eclesiástica Crimen Sollititationis, que impide dar cuenta a la autoridad civil de la existencia de estos ilícitos, siendo la autoridad eclesiástica la que se apropia de la jurisdicción de los mismos.





Sin embargo, en un mundo cambiante, una institución de líder espiritual y Jefe de Estado con poderes absolutos resulta anacrónica, y de mucho peso  para un hombre que está a punto de cumplir 86 años de edad. Su antecesor, a ésta edad ya había dejado de existir. De hecho Ratzinger ya figura en el sexto lugar de la lista de los pontífices más ancianos desde que se puede contar la edad, cuando menos a partir del año 1400. Por algo, en su propia forma de gobernarse, la Iglesia Católica ha establecido la renuncia de los Obispos a una determinada edad. Hay quienes piensan que el Obispo de Roma no tendría por qué ser la excepción.





Ratzinger lo sabía, el papado a su edad sería una dura carga, tanto es así que lo representó en su escudo de armas, donde aparece un oso con una carga en su lomo. Esta simbología si bien nos remite a la leyenda aquella de San Corbiniano que pretendía hacer un viaje a Roma, atravesando el bosque fue atacado por un oso que mató al Caballo. El obispo acabó por domesticar al oso y lo obligó a cargar con él y su equipaje. Y así llegó a Roma. Ratzinger es el oso y la carga que lleva consigo, es precisamente el Pontificado.





La sucesión Papal reviste una especial importancia no solo para el mundo católico, sino en general, para una buena parte de la humanidad, no solo por los principios religiosos de quienes profesan la fe católica, sino por las repercusiones que tiene en el mundo quien ocupa la silla papal, pues no hay que olvidar que el Vaticano es un país que si bien, territorialmente es de los más pequeños,  tiene un tremendo poderío económico y político al tener gran influencia sobre un alto porcentaje de los habitantes del globo terráqueo.





Los que saben, dicen que en el proceso de sucesión existen tres importantes bandos. Los cercanos a Juan Pablo II, críticos de Benedicto XVI, sobre todo por el trato que dio a los casos de pederastia y el asunto del tristemente célebre mexicano Marcial Maciel, así como la filtración de la información en el asunto Vatileaks. Aunado a ello, el último pontificado les resto poder; se autodefinen como los diplomáticos y son encabezados por el Cardenal Angelo Sodano, quien “por el bien de la iglesia” busca revancha con el grupo que los quitó del poder. Por otro lado, el Cardenal Tarciso Bertone, se supone, representaría el interés de Ratzinger, pero de todos es sabido la mala relación que de un tiempo a la fecha sostiene con el hoy Papa emérito. Bertone se convirtió en el hombre detrás del poder. Los analistas dicen que paró la idea de desenmascarar la red de prostitución que en el Vaticano. De ahí sus problemas con el Jefe del Estado Vaticano. El tercer grupo es de conservadores (aún más) cercanos a Joseph Ratzinger, integrado principalmente por los últimos 22 nuevos cardenales ordenados por Ratzinger. En su grupo figuran sus dos favoritos: Angelo Scola (El más fuerte candidato) y Gianfranco Ravasi.







De la fecha en la que asumió el poder Benedicto XVI hasta nuestros días, el mundo ha cambiado de manera vertiginosa.  Fue precisamente la ese día, el de su renuncia,  que me enteré a través, paradójicamente, del perfil de Facebook Ateo por Naturaleza, de la noticia de que Ratzinger había dimitido.  Apenas habían pasado unos segundos del suceso, cuando ya las redes sociales manejaban las posibles causas y hasta los candidatos a sucederlo. No hubo repique de campanas, solo un mundo cristiano consternado y la esperada respuesta de los fieles en apoyo a la decisión de su líder tardó una infinidad de tiempo en llegar. Debió ser algo de suficiente peso, sin duda, pues todos los Pontífices que le antecedieron en su renuncia lo hicieron por causas muy extremas y ninguno por el cansancio que refirió Ratzinger, aunque es claro y palpable lo avanzado de su edad. 





El mundo cristiano, especialmente los católicos, y su nuevo Papa, se enfrentan a un tremendo reto y que es el que asuman posturas acordes al tiempo que nos ha tocado vivir. Las familias abiertas y los derechos de las mujeres y su rol dentro de la iglesia y en la sociedad en general, así como el tema sobre el celibato sacerdotal, son los menos espinosos. Ya pretender que flexibilicen sus posturas con relación al matrimonio homoparental, el aborto y la eutanasia, creo que sería soñar demasiado, cuando menos en estos tiempos y con quienes se disponen a ocupar la Silla de Pedro. La decisión es exclusiva de unos cuantos, impuestos por la decisión del ocupante de la silla en turno. No fueron electos democráticamente ni tampoco representan el sentir de la mayoría de quien dicen representar. Simplemente se asumen como la punta de la pirámide, que tienen tanta edad como mi única abuela viva y algunos hasta más, y son precisamente ellos quienes deciden con criterios del siglo pasado, el modo de actuar y de creer de aquellos de quienes viven y nacen en éste siglo.



Etiquetas:   Vaticano   ·   Benedicto XVI

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