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Los contrastes del liderazgo priista


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11/03/2013

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Confesiones.


 

Los contrastes del liderazgo priista.

 

En política los contrastes obedecen a intenciones, estas por supuesto no pueden ser producto de la casualidad, simple y llanamente surgen de propósitos que persiguen fines específicos.

La transformación estatutaria del Partido Revolucionario Institucional, es pues un reflejo fiel de nuevas reglas de juego, que no son más que una vuelta al origen, el restablecimiento de un formato original y probado.

Mecanismos que son herramientas de poder, bajo la interpretación personalísima del Presidente de la Republica, en su vertiente de máximo líder actuante de su partido.

Nos referimos entre otras modificaciones, a la eliminación de candados para elegir candidatos a cargos de elección popular, que es de suyo el mayor contraste en la larga historia de este partido.

Lo es no solo porque en su momento la discusión para democratizar al partido cobro muchas y muy caras facturas, también porque ha sido el cuestionamiento ideológico mas trascendente de su vida institucional.

La intención democratizadora y la exigencia al respeto a la carrera de partido, provoco rebelión y profundas distancias, señaladas decíamos en una abierta discrepancia que enfrento a la militancia con la dirigencia.

Es que la divergencia supone una disparidad de criterios abrumadora, porque mientras Ernesto Zedillo como Presidente, siendo el mismo un tecnócrata, quiso limitar el ascenso de los de su especie, imponiendo reglas bajo las cuales el mismo nunca hubiera podido ser Presidente.

Al instaurar la obligatoriedad de construir carrera de partido y acotar las postulaciones a cargos de elección popular, un tecnócrata fue quien más y mejor reconoció el valor de la militancia.

A Zedillo se le acusa de que el supuesto alejamiento, habría que ver que tan real fue, entre la presidencia y el partido, fue uno de los factores principales de la derrota contra el PAN.

Por supuesto esa razón no puede ser la única, el PRI que perdió ante Acción Nacional, porque sufría un tremendo desgaste producto de décadas de imposiciones y corrupción.

Ahora un Presidente eminentemente político, cambia las reglas para favorecer una vez más las posibilidades de los tecnócratas, toda vez que no hay ya obstáculos estatutarios para ello.

Esta reforma le da la más amplia potestad al Presidente, para seleccionar y postular como candidatos, a quienes él quiera bajo su personal criterio, pasando por encima, de la militancia tradicional.

Pero lo más importante como siempre sucede en estos casos, son las formas, porque el Presidente Peña Nieto, en uso de sus facultades y atribuciones políticas, emanadas de la investidura, reinstaura la disciplina interna a raja tabla.

Peña Nieto recupera un liderazgo acéfalo por doce años, lo hace de manera completa, de forma que no quede la menor duda de sus intenciones, bajo el símbolo de la fuerza de su posición.

En el Revolucionario Institucional por decreto se acabo la polémica, lo que hay a partir de ahora es un mando único absolutista, que no deja espacio a la discusión y el debate.

Bajo la consideración de que no se trata de una regresión, simplemente por sus características el sistema priista funciona mejor, en la línea de la obediencia y la disciplina.

Aun y cuando las cosas han cambiado mucho desde que Zedillo marco la sana distancia, porque en general existe una mayor apertura y los procesos democráticos avanzan, la apuesta del Presidente Peña en su partido es por el control total.

Esto quedo plenamente demostrado precisamente cuando en vez de votación del consejo político para modificar los estatutos, lo que hubo fue una sumisa aclamación, nadie se atrevió siquiera a cuestionar.

Este nuevo PRI se parece cada vez más al viejo, al menos en la aplicación y cumplimiento de las formas tradicionales, que se fundamentan como ya apuntábamos en la total obediencia de la línea.

La cultura priista se construyo y creció en la disciplina, no en el debate ni en la apertura, en una vida interna limitada a los designios del máximo líder sexenal, como un brazo político ejecutor de la presidencia.

En el PRI, no puede haber más posiciones que las que establezca su liderazgo, estas se acatan por unanimidad, porque no se trata de un asunto de criterios, sino de plena sumisión.

La estrategia del Presidente Peña se observa pues en dos grandes vertientes funcionales, por un lado con una gran tendencia y facilidad a la interlocución con las fuerzas que le suponen oposición, con la intención de poder construir acuerdos.

Porque está claro que en las condiciones actuales, aun y con toda la fuerza y poder presidencialista, la apertura exige nuevas rutas de convivencia, eso demanda una actitud conciliadora, en la que mediante la negociación política, todas las fuerzas obtengan algún beneficio.

Por otro lado la imposición hacia el interior, del más férreo control de los suyos, que permite concentrar los esfuerzos en los consensos con las otras representaciones políticas, de forma que pueda legitimar sus acciones.

De tal suerte que el partido vuela a ser una especie de Secretaria de Estado para elecciones, una maquinaria para la competencia comicial, que obedece a la fuerza e impulso del estado, visto como un todo.

Claro que hablando de nueva cuenta de contrastes, se hace impresionante ver la transformación inmediata de los ánimos de un priismo que hasta hace poco, nos remitimos a la época de la campaña electoral, eran abiertamente beligerantes.

Ese priismo, sobre todo el que representan las nuevas generaciones, contestatario y en ocasiones incluso agresivo, se transformo de facto, en una mayoría silenciosa y obediente, que ya no discute y se limita a acatar.

Un priismo que por su edad no vivió las épocas de esplendor del mayor poder absolutista presidencial y que hoy en automático, se pliega haciendo a un lado esa animosidad que lo caracterizo.

Un nuevo priismo, que quizá ya entendió que en su sistema, la única forma de permanecer y avanzar es obedeciendo, someterse a un formato que nunca se fue, que quizá solo experimento una pausa de doce años, para regresar con mas fuerza.

Claro que si ese es el parámetro, entonces habría que reconocer que el liderazgo del Presidente Peña Nieto, hacia el interior de su partido, es de suyo tanto o más fuerte como el que en su momento pudieron tener sus antecesores, quizá pueda llegar a ser el más consolidado.

 

guillermovazquez991@mn.com

twitter@vazquezhandall



Etiquetas:   Política   ·   Gobierno

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