Los contrastes del
liderazgo priista.
En política los contrastes obedecen a intenciones, estas por
supuesto no pueden ser producto de la casualidad, simple y llanamente surgen de
propósitos que persiguen fines específicos.
La transformación estatutaria del Partido Revolucionario
Institucional, es pues un reflejo fiel de nuevas reglas de juego, que no son
más que una vuelta al origen, el restablecimiento de un formato original y
probado.
Mecanismos que son herramientas de poder, bajo la interpretación
personalísima del Presidente de la Republica, en su vertiente de máximo líder
actuante de su partido.
Nos referimos entre otras modificaciones, a la eliminación
de candados para elegir candidatos a cargos de elección popular, que es de suyo
el mayor contraste en la larga historia de este partido.
Lo es no solo porque en su momento la discusión para
democratizar al partido cobro muchas y muy caras facturas, también porque ha
sido el cuestionamiento ideológico mas trascendente de su vida institucional.
La intención democratizadora y la exigencia al respeto a la
carrera de partido, provoco rebelión y profundas distancias, señaladas decíamos
en una abierta discrepancia que enfrento a la militancia con la dirigencia.
Es que la divergencia supone una disparidad de criterios
abrumadora, porque mientras Ernesto Zedillo como Presidente, siendo el mismo un
tecnócrata, quiso limitar el ascenso de los de su especie, imponiendo reglas
bajo las cuales el mismo nunca hubiera podido ser Presidente.
Al instaurar la obligatoriedad de construir carrera de
partido y acotar las postulaciones a cargos de elección popular, un tecnócrata
fue quien más y mejor reconoció el valor de la militancia.
A Zedillo se le acusa de que el supuesto alejamiento, habría
que ver que tan real fue, entre la presidencia y el partido, fue uno de los
factores principales de la derrota contra el PAN.
Por supuesto esa razón no puede ser la única, el PRI que
perdió ante Acción Nacional, porque sufría un tremendo desgaste producto de
décadas de imposiciones y corrupción.
Ahora un Presidente eminentemente político, cambia las
reglas para favorecer una vez más las posibilidades de los tecnócratas, toda
vez que no hay ya obstáculos estatutarios para ello.
Esta reforma le da la más amplia potestad al Presidente,
para seleccionar y postular como candidatos, a quienes él quiera bajo su
personal criterio, pasando por encima, de la militancia tradicional.
Pero lo más importante como siempre sucede en estos casos,
son las formas, porque el Presidente Peña Nieto, en uso de sus facultades y
atribuciones políticas, emanadas de la investidura, reinstaura la disciplina
interna a raja tabla.
Peña Nieto recupera un liderazgo acéfalo por doce años, lo
hace de manera completa, de forma que no quede la menor duda de sus intenciones,
bajo el símbolo de la fuerza de su posición.
En el Revolucionario Institucional por decreto se acabo la
polémica, lo que hay a partir de ahora es un mando único absolutista, que no
deja espacio a la discusión y el debate.
Bajo la consideración de que no se trata de una regresión,
simplemente por sus características el sistema priista funciona mejor, en la
línea de la obediencia y la disciplina.
Aun y cuando las cosas han cambiado mucho desde que Zedillo
marco la sana distancia, porque en general existe una mayor apertura y los
procesos democráticos avanzan, la apuesta del Presidente Peña en su partido es
por el control total.
Esto quedo plenamente demostrado precisamente cuando en vez
de votación del consejo político para modificar los estatutos, lo que hubo fue
una sumisa aclamación, nadie se atrevió siquiera a cuestionar.
Este nuevo PRI se parece cada vez más al viejo, al menos en
la aplicación y cumplimiento de las formas tradicionales, que se fundamentan
como ya apuntábamos en la total obediencia de la línea.
La cultura priista se construyo y creció en la disciplina,
no en el debate ni en la apertura, en una vida interna limitada a los designios
del máximo líder sexenal, como un brazo político ejecutor de la presidencia.
En el PRI, no puede haber más posiciones que las que
establezca su liderazgo, estas se acatan por unanimidad, porque no se trata de
un asunto de criterios, sino de plena sumisión.
La estrategia del Presidente Peña se observa pues en dos
grandes vertientes funcionales, por un lado con una gran tendencia y facilidad
a la interlocución con las fuerzas que le suponen oposición, con la intención
de poder construir acuerdos.
Porque está claro que en las condiciones actuales, aun y con
toda la fuerza y poder presidencialista, la apertura exige nuevas rutas de
convivencia, eso demanda una actitud conciliadora, en la que mediante la
negociación política, todas las fuerzas obtengan algún beneficio.
Por otro lado la imposición hacia el interior, del más
férreo control de los suyos, que permite concentrar los esfuerzos en los
consensos con las otras representaciones políticas, de forma que pueda
legitimar sus acciones.
De tal suerte que el partido vuela a ser una especie de
Secretaria de Estado para elecciones, una maquinaria para la competencia
comicial, que obedece a la fuerza e impulso del estado, visto como un todo.
Claro que hablando de nueva cuenta de contrastes, se hace
impresionante ver la transformación inmediata de los ánimos de un priismo que
hasta hace poco, nos remitimos a la época de la campaña electoral, eran
abiertamente beligerantes.
Ese priismo, sobre todo el que representan las nuevas
generaciones, contestatario y en ocasiones incluso agresivo, se transformo de
facto, en una mayoría silenciosa y obediente, que ya no discute y se limita a
acatar.
Un priismo que por su edad no vivió las épocas de esplendor
del mayor poder absolutista presidencial y que hoy en automático, se pliega
haciendo a un lado esa animosidad que lo caracterizo.
Un nuevo priismo, que quizá ya entendió que en su sistema,
la única forma de permanecer y avanzar es obedeciendo, someterse a un formato
que nunca se fue, que quizá solo experimento una pausa de doce años, para
regresar con mas fuerza.
Claro que si ese es el parámetro, entonces habría que
reconocer que el liderazgo del Presidente Peña Nieto, hacia el interior de su
partido, es de suyo tanto o más fuerte como el que en su momento pudieron tener
sus antecesores, quizá pueda llegar a ser el más consolidado.
guillermovazquez991@mn.com
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