Narcisismo y Somatización o Cuando la Soberbia Enferma al Cuerpo

Conferencia dictada el 2 de Marzo de 2013

 

.F., México

 

El pecado capital es el exceso que daña al cuerpo. El término “capital” hace referencia a que de estos pecados se originan muchos otros, según explica Tomás de Aquino.

Pero el pecado no es más que la prohibición o el tabú en el ámbito de la religión y la palabra “capital” proviene del latín capitis que quiere decir cabeza, y nunca mejor aplicados ambos términos que al traerlos al terreno del psicoanálisis cuyos fenómenos objeto de estudio se puede decir, metafóricamente, ocurren en “la cabeza” y donde dar nombre o expresión por medio de la palabra al tabú, en tanto su condición implícita de innombrable, es el pan de cada día.

De los siete pecados capitales o vicios señalados por la Iglesia, la Soberbia es considerada el pecado originario, el más grave y serio de los pecados porque de él emanan los demás.

No en vano se le atribuye a Lucifer la comisión del mismo por aspirar a ser igual a Dios, como menciona John Milton (1667) en “El Paraíso Perdido”.

La Real Academia de la Lengua Española define la Soberbia como la “satisfacción y el envanecimiento propios”  y al narcisismo como la “excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades u obras”.

Otras definiciones de soberbia hablan de la sobrevaloración del Yo con menosprecio de los otros junto con un anhelo exagerado de ser visto, admirado, reconocido y halagado por los demás. El narcisismo, por su parte y en alusión al mito griego de Narciso, es también considerado como el amor a la imagen de uno mismo.

¿Y qué es entonces el Narcisismo sino una manifestación más de la llamada soberbia?

Ovidio, en el mito de Eco y Narciso, relata cómo la ninfa Eco queda prendada del bello Narciso quien, al estar enamorado de sí mismo, desprecia a todo aquel que lo pueda bien amar. Ante el desprecio de Narciso el cuerpo de Eco se consume en melancolía quedando únicamente su voz, una voz sin forma que repite, a lo lejos, la última palabra que se pronuncie.

La misma tragedia se repite en aquel que infatuado en sí mismo destina gran cantidad de energía psíquica a su envanecimiento personal en lugar de distribuirla de mejor manera hacia actividades y personas del mundo exterior.

Tal es el destino de los soberbios u orgullosos -como les llama Dante Alighieri (1300) en La Divina Comedia- que, víctimas de una fuerte disociación entre las funciones del cuerpo y las funciones mentales, alojan a Narciso en su mente mientras su cuerpo hace las veces de Eco que se consume poco a poco por dar voz a lo que la mente no logra poner en palabras. Y el eco que expresa lo que la mente reprime, toma forma de enfermedad fisiológica que degrada al cuerpo sin tener una razón biológica inicial, de manera que, víctima de la compulsión a la repetición, el cuerpo repite y repite, aunque le cueste la vida.

Podrán preguntarse qué será aquello que el eco de la mente repite con tanta insistencia a través del cuerpo. Pues bien, el mismo Ovidio nos da más datos sobre el personaje de Narciso, a quien ubica como producto de la violación de la náyade Liriope a manos del dios Cefiso, es decir que Narciso es, entonces, un hijo de la violencia o, como podríamos decir en toda regla y sin temor a causar ofensa alguna: Narciso es un hijo de la chingada –en el entendido de que la chingada hace referencia a la madre violada- y por ello ha de cargar, desde los inicios de su historia, con el fuerte peso de la rabia, el dolor, la impotencia y el rencor, que, como mecanismo de defensa, convertirá en una sobrevaloración que contiene en su núcleo más profundo la agresión de sus orígenes repitiendo, por tanto, a través de la somatización, esa agresión hacia sí mismo.

En otras palabras y retomando a Sigmund Freud (1920), la energía dedicada a la auto-admiración del soberbio merma las pulsiones de vida, dejando a eros en el olvido ante la incapacidad de poderse vincular con los demás y fortaleciendo las pulsiones de muerte o de auto-conservación que defienden al individuo de aquellos peligros exteriores que pudieran terminar con su vida y que, de alguna forma, representan causas ajenas a su control.

De tal suerte que las enfermedades psicosomáticas estarían aliadas a estas pulsiones de muerte que “aseguran al organismo un morir a su manera” de causas internas y no a raíz de un evento exterior como el que lo trajo a la vida y el cual no pudo controlar.

¿Puede haber algo más soberbio que esto? ¿Llegar al extremo de enfermarse a uno mismo por considerarse capaz controlar las causas que habrán de llevarlo a la muerte? Es así que el enfermo psicosomático, víctima de su soberbia o de su narcisismo  está, de alguna forma, pretendiendo constituirse en un ser omnipotente… ser como Dios, tal y como el mismo Lucifer -ejemplo de belleza y sabiduría- ganó para sí la condena eterna a los infiernos.

“En el pecado se lleva la penitencia”, reza la sabiduría popular de corte católico y, metafóricamente, la enfermedad psicosomática es sólo un ejemplo de la penitencia con la que el soberbio ha de cargar por considerar que nada le está prohibido. Pues es también esta consideración la que impulsa al soberbio a enfermar su cuerpo a través de todo exceso posible en la búsqueda incesante de satisfacer todas y cada una de las necesidades y los deseos que le proporcionen placer.

Esta situación nos remite al inicio del presente trabajo y explica el por qué se le atribuye a la soberbia el carácter originario de otros pecados capitales, específicamente aquellos que corresponden al exceso. Este último claramente relacionado con una dificultad para controlar los propios impulsos y que llevan al hombre a sobrepasar cualquier límite de la mesura.

Esta característica excesiva proviene de los dos tipos o momentos que el psicoanálisis distingue en relación al narcisismo, en donde en un primer momento toda la energía interna está destinada a la satisfacción de las propias necesidades y, en un segundo momento, se considera que los objetos y personas existen únicamente en función de las necesidades y los deseos del sujeto. Entonces el narcisista ve al otro cuando le conviene y su presencia desaparece al momento en el que deja de serle de utilidad.

En todo caso, se vea como se vea, la soberbia o el narcisismo son una tragedia que desploma al individuo de las alturas de su propia y fingida encumbración a las profundidades más inmundas de los infiernos que nuestra mente es capaz de generar, plagados  siempre de demonios dignos de la Divina Comedia de Alighieri o de los seres más corruptos y decadentes que habitan los niveles más obscuros del Claustrum del psicoanalista contemporáneo Donald Meltzer.

UNETE



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