Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Bitcoin   ·   Criptomonedas   ·   Pandemia   ·   Escritores   ·   Lectores   ·   Periodismo   ·   Coronavirus   ·   Crisis Social   ·   Crisis Económica



Tecnología


Inicio > Filosofía
09/03/2013

1298 Visitas



Los problemas relativos a las ciencias y las tecnologías, su uso ético y bioético, y en general todas aquellas cuestiones que abarcan el epígrafe «Ciencia, Tecnología y Sociedad», son sin duda un tema muy importante en la actualidad. Es necesario sin embargo remontarse a la genealogía de estudios sobre la tecnología para comprender su importancia.








El texto más antiguo que nos indica el origen de la técnica es el Mito de Prometeo que relata Hesiodo en sus Trabajos y días, y también Platón en el Protágoras, donde el titán Prometeo roba el fuego sagrado de Zeus (la técnica) para beneficiar a los hombres. La técnica aportada por Prometeo sería una suerte de «ortopedia» para suplir las deficiencias naturales humanas (idea defendida en tiempos contemporáneos por autores como Klages u Ortega). La técnica (techne) se opone así a lo divino (tyche) e inmodificable por el hombre. La techne no es artesanía, sino una repetición rutinaria no científica, que sería propia de los esclavos. De ahí deduce Platón en su República las tres partes de la ciudad: los dedicados a la techne son los productores, los dedicados a la milicia los guardianes y los dedicados a la vida contemplativa los gobernantes. Lo que le conduce a distinguir entre la techne del demiurgo, el artesano ideal que trabaja con las Ideas, la del obrero que produce cosas teniendo el modelo de las Ideas y la producción artística, no relacionada con las Ideas y por lo tanto de simulacros.















La techne sería así un conocimiento cercano a la episteme pero incompleto, contingente, algo que reforzará en su Metafísica y su Ética a Nicómaco Aristóteles, distinguiendo la ciencia (la metafísica) como conocimiento de lo universal, dedicada a la vida contemplativa, al estudio de los primeros principios, eternos e inmodificables por el hombre, y la técnica, en tanto que es modificación de un entorno natural, tiene como finalidad el ser útil, contingente y por lo tanto no científico. Es una modificación de la naturaleza, de la physis que define Aristóteles. La técnica sería algo vil incluso para uno de los  «ingenieros» de la época helenística, Arquímedes, quien concibió que no merecía la pena que sus artefactos perdurasen, por ser una aplicación de la geometría a lo sensible y por lo tanto no sujeto a ley, algo vil por relacionarse con la utilidad y lo práctico.





De esta contraposición entre la técnica y las humanitas de Cicerón nacerá la distinción medieval entre artes liberales (que necesitan del estudio y la vida contemplativa para ser aprendidas) y las artes serviles o mecánicas. El Mundo seguirá siendo inmodificable por el hombre, aunque no eterno sino imagen de su creador, Dios. Tanto artes liberales como serviles estarán subordinadas a la ciencia sacra, la Teología. Así se mantendrá la perspectiva hasta que en la Edad Moderna la técnica deje de verse como una imagen falsa del mundo y pase a ser una forma efectiva de transformación del mundo, gracias a su ligazón con la ciencia.







Sin embargo, esta idea de técnica como algo práctico y contingente y la ciencia como algo teórico, pese a que se mantuvo durante siglos, es realmente artificiosa. Y es que ya con los filósofos presocráticos, que eran reconocidos geómetras, las técnicas estuvieron ligadas a las ciencias efectivas. Anaximandro fue el primero en dibujar un mapamundi en base a la teoría de la esfera, que corroboraría Eratóstenes en sus mediciones del siglo III Antes de Cristo, e incluso Alejandro Magno, con su proyecto de expandir la polis fundado en rodear el mapamundi de Anaximandro, o en la Edad Media la idea del Cristo pantocrator que guarda en su mano izquierda el globo terráqueo de Ptolomeo, señalaban que la ciencia, la Geometría en este caso, no era algo ajeno a la práctica.









Y es que en realidad estas cuestiones técnicas ya son cuestiones tecnológicas. La tecnología, a diferencia de la técnica, implica la ciencia. Un canto rodado pulimentado, tal como el hacha de sílex, es resultado de una técnica que implica una normatividad institucional, pero un misil atómico necesita de teoremas y principios científicos, tales como la Ley de la Gravedad de la Física. La ciencia, por lo tanto, se relaciona con la tecnología como respuesta a determinados conflictos producidos en el orden tecnológico. Como ejemplo ajustado al período clásico hemos de citar el problema de la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado. Planteado por los pitagóricos a nivel de mensurabilidad práctica (su proyecto de aritmetizar el universo quedaba así varado), sólo puede resolverse a partir de la ampliación del campo de los números, de los naturales a los reales, en el contexto de la ciencia matemática. Las relaciones entre ciencia y tecnología son indisolubles: la tecnología se transforma con el desarrollo de las ciencias, y las propias tecnologías influyen en la formación de nuevas ciencias y la transformación del mundo.





Así, la concepción de la tecnología como elemento transformador del mundo empezará a gestarse con la concepción medieval de un mundo creado por Dios, que pondrá las bases para lo que conocemos como «inversión teológica», de tal modo que no será Dios «aquello de lo que se habla», sino que pasará a ser «aquello desde lo que se habla», asumiendo el hombre su papel como transformador del mundo que le rodea. Así, la «inversión teológica» condujo al descubrimiento de América en 1492 a cargo de Cristóbal Colón, pues ya en el siglo XV la proliferación de mapamundis inspirados en Ptolomeo y Pomponio Mela indicaban la posibilidad de acortar el trayecto desde Europa hasta Asia avanzando de frente y no rodeando la costa africana, considerando así erradas las medidas de Ptolomeo, especulaciones que encontraron base práctica en un instrumento tecnológico ya diseñado por Eratóstenes, la esfera armilar, que basa su diseño en la esfericidad terrestre y su representación a pequeña escala. Así se produjera el descubrimiento de un nuevo continente, América, que no era un mero desvelamiento, sino que alteraba por completo el conocimiento del mundo que hasta entonces se había sostenido.





De esta idea de la inversión teológica surgirán posteriormente concepciones filosóficas de la tecnología como el materialismo histórico de Marx, seguramente la más importante por su poderosa explicación de las causas del desarrollo del mundo moderno. Según el materialismo histórico, no son las distintas concepciones del mundo que los hombres sostienen las que explican el desarrollo humano, sino que es la forma en que los hombres transforman su mundo en distintas épocas históricas (los modos de producción), lo que nos permite entender por qué los hombres mantienen determinadas concepciones del mundo y no otras. Sin embargo, el materialismo histórico marxista encuentra su mayor lastre en su concepción hegeliana de una naturaleza humana primigenia que se enajena al exteriorizarse en lo que Hegel denominó Espíritu Objetivo. Feuerbach definirá esa exteriorización como alienación de una naturaleza humana primigenia cuya manifestación objetiva y positiva encontrará Marx en la tecnología y el trabajo, y más concretamente en el modo de producción capitalista y la forma en que los trabajadores proletarios quedan subordinados a las máquinas resultado de la revolución industrial. El objetivo de la revolución socialista habría de ser la destrucción del dominio de clase de la burguesía sobre los trabajadores proletarios y la supresión de la propiedad privada de los medios de producción, para acabar así con el Estado y el capitalismo como forma de alienación y explotación de los trabajadores. Esta concepción metafísica de una naturaleza humana primigenia alienada al manifestarse en el trabajo es sin duda una de las causas del fracaso de la URSS.





No obstante, hemos de prestar atención al crecimiento en el siglo XX de las disciplinas científicas y las tecnologías asociadas a ellas, en todo tipo de artefactos no sólo industriales sino bélicos, como la bomba atómica o las tecnologías de manipulación genética, las tecnologías de la información (internet, teléfonos móviles, &c.), no hubiera sido posible desde una óptica tradicional de la ciencia como actividad privada o de una elite ociosa, en la línea de la vida contemplativa de Aristóteles. Es necesario un programa dirigido por poderosos grupos, ligados a las Naciones políticas resultantes de la liquidación del Antiguo Régimen y la sociedad industrial, para poder desarrollar toda esta explosión tecnológica. Es lo que se denomina desde determinados círculos como el tránsito de la Little Science (Pequeña Ciencia) a la Big Science (Gran Ciencia), que influirá sin duda en el estudio filosófico de la ciencia.









Los estudios específicos de la ciencia moderna más destacados en el siglo XX fueron los relativos al positivismo lógico y el denominado Círculo de Viena, donde autores como Carnap o Schlick plantearon la posibilidad de una ciencia unificada en base a  proposiciones lógicas que describieran determinados estados del mundo correspondientes a las ciencias. Esta posición verificacionista en la que habría un progreso lineal partía de una supuesta evidencia que distinguía, según Hans Reichenbach, entre un contexto de descubrimiento y un contexto de justificación, siendo el primero segregable y el segundo el central en el estudio de la ciencia, entendida como proceso inductivista. Esta sería la denominada «concepción heredada» de la ciencia.









Sin embargo, Karl Popper cambió tal concepción empirista lógica por otra en la que las teorías no eran verificadas por la experiencia, sino «falsadas» por los datos empíricos negativos (el falsacionismo). De esta concepción popperiana surgirá la teoría de las revoluciones científicas de T. S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (1962), donde se postularía que la ciencia avanza a saltos, mediante los cambios de paradigmas, con Hanson y su carga teórica de la observación, Toulmin, el anarquismo epistemológico de Feyerabend y la sociología relativista del conocimiento, tal como el Programa Fuerte de David Bloor o Barry Barnes, EPOR, etnometodologías, estudios de laboratorio, enfoques de género, teoría de redes-actores, y otras muchas líneas diferentes. Todo ello englobado bajo la rúbrica de movimiento CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad), que plantea, en base a este enfoque darwiniano de la ciencia, donde unos paradigmas son rechazados por otros sin que haya un progreso lineal en el proceso. El problema de esta nueva forma pluralista de analizar la ciencia, en relación a condicionamientos sociales, en realidad no pueden ser imparciales. Su relativismo acabaría siendo una conversión de la ciencia en una actividad más. De hecho, los historiadores de la ciencia inspirados por Popper y Kuhn (quien distinguía entre historia de la ciencia y filosofía de la ciencia como distintos gremios sin conexiones entre sí), convierten la actividad científica en mera teoría: Joseph Needham llegó a decir que las pirámides de Egipto se han edificado sin ciencia como prueba de ello.









Este relativismo distingue dos posturas relativas a la tecnología: el tecno-optimismo propio de la filosofía de los ingenieros y el tecno-pesimismo que caracteriza a los humanistas (Ortega, Heidegger, Marcuse, &c.). Pero ambas posturas suponen bien que existe una naturaleza humana a la que, desde un punto de vista «tecnooptimista», se le añade la técnica como ortopedia (el Mito de Prometeo), o bien  que se produciría un extrañamiento del «Hombre» respecto a la «Naturaleza» por intercalación de la «técnica». Desde esta perspectiva, destaca el «tecnopesimismo» de Martin Heidegger, que consideraba el dominio de la técnica como una suerte de Ser «inauténtico» que oculta la verdadera naturaleza de las cosas (tesis por otro lado que recuerda a la propia de la época clásica griega). Posturas que siguen manteniendo la artificiosa dicotomía entre ciencia y tecnología.









En resumen, el problema de los estudios denominados bajo la rúbrica «Ciencia, Tecnología y Sociedad» es que, desde esa artificiosa distinción entre una «tradición humanista» y una «tradición ingenieril» ocultan en realidad una posición tecnocrática en la que la tecnología es el único conocimiento válido realmente. Lo que se trata, en definitiva de una versión remozada del fundamentalismo científico que considera a la ciencia el motor del desarrollo de una humanidad no menos metafísica que sus propias concepciones sobre la tecnología.





Etiquetas:   Ciencias   ·   Tecnología

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20653 publicaciones
5132 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora