LOS AMANTES PASAJEROS: el regreso a la comedia de Almodóvar

"Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia". La advertencia explícita -y concienzudamente falsa- con la que Pedro Almodóvar abre Los amantes pasajeros (2013), esperado retorno a la comedia pura que el manchego abandonó hace 25 años con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), nos lleva automáticamente a pensar que este espectáculo, que desde sus primeros compases lleva implícito la libérrima y purificadora personalidad de su autor, va a ser, en efecto, de todo menos casual. El director español en activo más importante en la actualidad demuestra que es una de las piezas angulares de la marca España, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, con una película que, aunque su máximo responsable se haya dedicado a negarlo por activa y por pasiva, radiografía un país tan sin rumbo y tan a la deriva como ese Airbus 340 en el que se desarrolla la acción; un metafórico escenario, pilotado por incompetentes e irresponsables, en el que Almodóvar confirma ser un maestro en eso de la historias corales, elaborando un nada fácil tejido narrativo en el que se entralazan, con mayor o menor protagonismo, la casi veintena de personajes -y sus circunstancias- a los que se va encargando de focalizar.

 

. La advertencia explícita -y concienzudamente falsa- con la que Pedro Almodóvar abre Los amantes pasajeros (2013), esperado retorno a la comedia pura que el manchego abandonó hace 25 años con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), nos lleva automáticamente a pensar que este espectáculo, que desde sus primeros compases lleva implícito la libérrima y purificadora personalidad de su autor, va a ser, en efecto, de todo menos casual. El director español en activo más importante en la actualidad demuestra que es una de las piezas angulares de la marca España, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, con una película que, aunque su máximo responsable se haya dedicado a negarlo por activa y por pasiva, radiografía un país tan sin rumbo y tan a la deriva como ese Airbus 340 en el que se desarrolla la acción; un metafórico escenario, pilotado por incompetentes e irresponsables, en el que Almodóvar confirma ser un maestro en eso de la historias corales, elaborando un nada fácil tejido narrativo en el que se entralazan, con mayor o menor protagonismo, la casi veintena de personajes -y sus circunstancias- a los que se va encargando de focalizar.
Los amantes pasajeros, de entrada, se estrenó con el peor de los estigmas que puede padecer una película: una expectación abismal. Su público de siempre, y también el que se ha ido sumando a lo largo de esos 19 ejercicios de plena y absoluta libertad creativa, esperábamos encontrar el arrebato, la locura, el ingenio y ese aroma a políticamente incorrecto del que hacían gala, principalmente, sus primeros trabajos; films a los que hace un guiño al otorgar a Antonio Banderas y Penélope Cruz -musa del director a la que, por cierto, acierta a rendir homenaje, atención, con el nombre amputado de la compañía aérea: "Pe"- los primeros cameos de la obra. Lamentablemente, de la totalidad de personajes de la trama, sólo el desternillante trío de azafatos -integrado por Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo- y la camaleónica e intensa Lola Dueñas atesoran la casi totalidad de frases y momentos hilarantes de una película que se nos ha vendido como una chispeante comedia pero que, en el fondo, encierra una alarmante falta de comicidad. Descartado el humor como tabique principal -por mucho que la píldora musical de I´m so excited, de The Pointer Sisters, en el que la película se refugia y se recrea con conocimiento de causa,  esté predestinado a ocupar una de los capítulos de oro en la comedia española- ¿cuál es el punto de vista desde el que hay que observar este nuevo ejercicio pop del director para hacerla recomendable?

Como sí funciona Los amantes pasajeros es como un espejo de la España actual: aeropuertos vacíos consecuencia de una mala gestión política, banqueros corruptos que parten hacia el extranjero en busca de la redención, estrellas del espectáculo que aseguran conocer la intimidad de la persona más importante del país -aunque, en un genial y calculado golpe de efecto, nunca se haga referencia a quién es, detalle que además llama a la reflexión acerca de la (presunta) libertad de prensa que existe en España-, ese tradicional padre de familia que mantiene escarceos homosexuales en sus ratos libres -como paradigma de la hipocresía como uno de los males mayores de las sociedad, sobre todo la que se desprende de los cargos de cierta responsabilidad-, la casi rocambolesca credibilidad que una parte de la sociedad otorga a falsas médiums, o profesionales de la estafa, quizá porque son las únicas en las que ya se puede confíar, etc. Almodóvar, en este sentido, no deja títere con cabeza. Por este motivo, es especialmente doloroso que el director no termine de explotar este punto de vista, y se rinda, sin embargo, al humor (excesivamente) escatológico y repetitivo, que presume de -dudosas- ínfulas de modernidad -confundir llamadas con mamadas está pasado de rosca- y, contra todo pronóstico, atascado en lo rudimentario, lo fácil y, lo que es peor viniendo de Almodóvar, en lo ya visto mil veces. El manchego sucumbe a lo que este cronista nunca hubiera podido imaginar: anteponer la comercialidad -explotar las claves del éxito de taquilla- a la calidad de un guión que, en su 80%, se antoja  poco elaborado, inconcluso, falto de cohesión y, nunca mejor dicho, aparatoso. 

No obstante, es de justicia reconocer que el estilo visual y la originalidad formal del director sigue impoluta, así como la maestría de Almódovar de convertir cada plano en todo un acontecimiento cinematográfico. Tampoco hay que pasar por algo su alegórico tramo final, ese brutal choque con la realidad a la que la sociedad se ha visto abocada en los últimos años. Con todo, quizá el único (y gran) problema de fondo de la película es que, al fin y al cabo, es un título menor en medio de una filmografía gloriosa. ¿Decepción? No ¿Un triunfo? Tampoco. 

UNETE



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