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Un cierto descontento


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09/03/2013

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UN CIERTO DESCONTENTO






Vicente Adelantado Soriano





Decía Quevedo, si no me falla la memoria, que la última filosofía del saber reside en aceptar aquello que viniere. No cabe más lógica ni más sentido común. Imagino que, en esa frase, se encierra el consejo de tratar de vivir de la mejor forma posible con lo que no podamos evitar. Mal que bien he tratado de hacerlo así a lo largo de mi vida; a veces me he convertido en mi propio conejillo de indias, y he descubierto que don Francisco tenía razón; otras, he debido esperar la acción del tiempo por más que me esforzaba por adaptarme para actuar como pedía Quevedo. También me he percatado de que los consejos tardan en calar: son los repetidos desengaños, o las repetidas acciones erróneas, las que llevan a una persona a cambiar el enfoque de ciertos aspectos de su vida, o la forma de actuar.

-¿Y ha encontrado usted la tranquilidad o algo que se le parezca? -me preguntó una perspicaz doña Paquita una tarde de lluvia, solos los dos en la pequeña salita.

-No, por supuesto que no. Usted sabe que eso de la tranquilidad de espíritu sólo se consigue con los años, con el paso del tiempo.

-Con la vejez, vamos -me dijo sonriendo.

-Sí, ¿por qué no? Con la vejez. Todas las edades tienen sus cosas buenas. Y esta también, claro. Pero hay cosas que resisten.

-Siendo joven -me confesó cerciorándose de que estábamos solos- a veces me asustaba llegar a esta edad, tan próxima ya a la muerte.

-Creo que esos temores los hemos tenido todos. Y todos, creo, nos hemos quedado desolados en algún momento de nuestras vidas.

-Sí, es posible que tenga usted razón. Yo, en esos instantes, trataba de imaginar lo que sentiría un reo cuando van a buscarlo a la celda para ejecutarlo.

-Deben de ser unos momentos terribles. Pero también es una situación que no tiene vuelta atrás. No sé lo que haría en esas circunstancias, no lo sé. Pero, desde luego, es mejor aceptar lo inevitable... Por más que chille y forcejee el reo no van desistir de llevarlo hasta el cadalso. Me acuerdo, ahora que lo ha nombrado usted, de la ejecución de un personaje galdosiano, un pobre maestro viudo, y cuyo hijo ha muerto en las guerras contra el Narizotas... Acepta la muerte con tal entereza, y sin aceptar la mediación de la iglesia, que hasta los frailes lo declaran loco.1

-No recuerdo esa novela -me dijo doña Paquita sonriendo-. Pero sí me acuerdo de otra que me impresionó a mí tanto como a usted la impresionó la de Galdós.

-No he dicho que me impresionara...

-De no haberlo hecho -replicó sonriendo- no lo recordaría. No hace falta que añada “a esta edad”.

-Tiene usted razón. Prosiga.

-A mí se me quedó grabada a fuego la ejecución del padre del buscón don Pablos, ¿se acuerda usted? Aquel subir con arrogancia las escaleras del patíbulo; el detenerse para advertirle a su hermano, y verdugo suyo, que un escalón está hendido y que lo remocen ya que no todos tienen su hígado; el decirle al teatino que rece un poco de credo por no parecer prolijo...2

-Sí, me acuerdo, me acuerdo. Y cómo contrasta esa escena con la ejecución de Riego. Esta es menos conocida.

-Hoy estamos un poco macabros, ¿no? -me preguntó sonriendo.

-No veo porqué no podemos hablar de la muerte de la misma forma, o con la misma naturalidad, que hablamos de otras cosas.

-Es cierto. Y abundando en eso, ¿no le parece que la muerte más ejemplar es la del pobre don Quijote? Siempre se ha dicho, y repetido hasta la saciedad, el tópico de que don Quijote es la sátira de las novelas de caballerías; pero en la muerte de Alonso Quijano está encerrada la buena muerte, propia de la Edad Media, y de los caballeros medievales. ¿No le recuerda a usted la actitud de don Quijote la del Condestable relatada por su hijo en las Coplas a la muerte de su padre?

-Pues ahora que lo dice -respondí un tanto sorprendido.

-¡Claro! Y es la misma muerte, aunque en un escenario distinto, de Roldán, aquel Par de la dulce Francia.

-Sí, es verdad -dije sin recordar muy bien las lecturas que evocaba doña Paquita-. Y contrasta todo esto -añadí refiriéndome sobre todo a la ejecución de don Patricio Sarmiento- con la muerte que le infringieron al pobre Riego, el que se sublevó contra Fernando VII en las Cabezas de san Juan.3

-Yo -me dijo con una sonrisa de disculpa- no he leído a don Benito con tanta intensidad como usted.

-No se puede ser sublime sin interrupciones -bromeé-. El pobre hombre -proseguí hablando del general Riego- pidió perdón y clemencia cuando fue capturado por las tropas de Fernando VII; pero el Narizotas no estaba dispuesto a olvidar que Riego fue uno de los que, en Cádiz, pidió que lo declaran inepto, enajenado e incapaz de reinar; y lo hizo ahorcar... El pobre general tuvo que ser arrastrado hasta la horca, llevado en un serón.

-¡Pobre! -exclamó compasiva la buena mujer.

-Creo que era un ingenuo. Nunca, leyendo el relato de Galdós, se me ha ocurrido tildarlo de cobarde.

-Eso de la cobardía y de la valentía es tan sutil.

-Yo creo que, en el fondo, el general no se creía lo que le estaba sucediendo: no había hecho daño a nadie, había luchado por las libertades... Aunque, claro, lo hizo en un país que echaba vivas a las cadenas y mueras a la libertad.

-¡Ah, la ignorancia es muy atrevida! Hace muchos años, al poco de terminar la carrera, estuve trabajando en un colegio de monjas. Los alumnos llevaban uniforme. Pero un año a las monjas se les ocurrió abrir la mano, y dejaron que los alumnos mayores fueran sin el susodicho uniforme. A los pocos días estuvieron a punto de expulsar a una alumna por la ropa que llevaba. Yo tampoco lo comprendía. No entendía cómo su madre la dejaba salir vestida de esa forma... Coincidí con esa alumna en dirección. Allí, estando solas, reivindicando el ir como le diera la gana, me hizo un canto y alabanza de Franco y del franquismo. Estando él en el poder, me dijo, nadie le hubiera dicho qué ropa tenía que llevar y cómo la debía llevar.

-Desde luego. Hubiera ido tapada de arriba abajo.

-Sí, pero para ella la dictadura que alababa, y que no conocía, significaba lograr todo aquello que las monjas le prohibían. Ignorancia, qué atrevida eres.

-¿Y qué es nuestra vida más que una eterna ignorancia? Algunos ni viviendo catorce o quince vidas llegaríamos a alcanzar el más mínimo sentido común, o la más mínima de las sabidurías. ¿No es terrible irse de este mundo sin comprender nada ni saber nada?

-¿Qué quiere que le diga? A veces me sucede lo mismo que a usted. Y me lleno de tristeza.

-Es una pena -dije intentando bromear- que no nos conociéramos cuando teníamos veinte años.

-¿Por qué? ¿No fue usted feliz?

-Sí, lo fui con quien me tocó serlo. Y mucho.

-Yo también. Demos gracias ahora por poder tener estas conversaciones mientras la salud nos lo permita. Y no nos lamentemos por aquello que no podemos cambiar, y que, tal vez, ni lo deseamos.

-Parece usted Quevedo reencarnado. Tiene usted razón. Lo que quiero decir -volví a retomar el tema de nuestra conversación- es que el general Riego no contaba con que el ser humano es voluble, acomodaticio; y que muchas veces no le interesa ser libre porque es más cómodo no serlo: así no tiene que pensar ni preocuparse por nada.

-Entiendo que usted quiera salvar al señor Riego; pero en un general no me cuadra mucho el miedo a la muerte. ¿Qué quiere que le diga?

-No sé. Tal vez tenga usted razón; y, en el fondo, sea todo ignorancia, no saber dónde estamos ni el mundo que habitamos. Problemas que, por desgracia, no soluciona la escuela ni la universidad.

-La que usted y yo hemos conocido. Pero hay otras, o debería haberlas.

-¿Y usted cree que serviría de algo?

-Si no lo intentamos, no lo sabremos.

-¿Sabe? Una de las cosas que más me ha apasionado en mi vida ha sido la historia. Pero no la historia contada a grandes rasgos, en voluminosos manuales, y largos capítulos dedicados a la evolución de la economía, y todo eso. No. Cada día me gustaban más y más las historias particulares, aquello de cómo era la vida cotidiana en la Edad Media o en siglo XIX. Me resultaba más interesante tropezarme con un diario de una persona desconocida, o con cartas de la época. Por eso me interesó tanto Pérez Galdós, dejando de lado sus grandes méritos como gran novelista.

-Es posible que se puedan conciliar las dos cosas, ¿no cree?

-Yo tuve esa sensación cuando estudié el siglo XIX y leí, al mismo tiempo, a don Benito. Es una pena que no exista lo mismo para otras épocas. Este país necesita más Episodios nacionales.

-Quizás no haya un estudio tan sistemático, pero sí que habrá otras obras u otros medios para aproximarse al hombre medio. A través, por ejemplo, del teatro y de la novela. Y de la poesía, por supuesto.

-Sí, en eso tiene usted razón -le reconocí-. Las ciencias y las artes son complementarias las unas de las otras. Pero a lo que yo me refería es que, muy a menudo, la historia se nos va por los cerros de Úbeda.

-Usted me dirá a dónde quiere llegar.

-No, no quiero llegar a ningún sitio.

-Entonces es esto un simple cambio de impresiones.

-Nunca mejor dicho. Un cambio de impresiones. Mire -dije animándome por unos segundos, como si hubiera estado perdido y hubiese dado con el camino que lleva a casa- hace algunos años, cuando el país estaba envuelto en uno de los tantos y tantos casos de corrupción, y los partidos políticos andaban a la greña, y los periódicos defendiendo a sus sucios y oxidados paladines, di yo en leer un libro de historia.

-Intuyo de lo que me va a hablar -dijo doña Paquita con un mal disimulado gesto de fastidio-. Y me sorprende un poco en usted.

-No, no tema -respondí-. No voy a recurrir a lo facilón. Me interesa la historia. Y el estudio o discusión de que, tal vez, el pasado no exista: todo es presente e invención de ese presente.

-Creo que lo entiendo, pero ¿puede ser un poco más explícito? A veces me cuesta mucho entender a Quevedo, o a otro autor de su época. Y no creo que sean creaciones del presente...

-No sé muy bien cómo explicarlo -le confesé-. Creo que lo mejor será ir a la anécdota pura y dura. Mire, cuando yo comencé a ir a la escuela, hace millones de años, los críos llevábamos una gruesa enciclopedia en la que había de todo.

-Sí, la recuerdo. Todavía tengo un par de ellas por casa. Están nuevecitas, por cierto.

-Recordará entonces que en las lecciones de historia de dicha enciclopedia se narraban las gestas de Viriato.

-No me acuerdo muy bien, pero tiene usted toda mi confianza.

-Gracias. La dichosa enciclopedia no podía ser más tendenciosa. Por ejemplo colocaba a Séneca entre los españoles famosos en el Imperio Romano, y hablaba de Viriato como el libertador de Castilla.

-Eran cosas de la época -dijo con una sonrisa-. Y hay que saber desligarse de ellas. De esa y de otras.

-Evidentemente. Recuerdo una tarde de invierno... Cada vez desconfío más de mis recuerdos; pero... sí, nevaba. Hacía frío. Cerca del estrado de don Dionisio, mi buen e impagable maestro, ardía la estufa. Y este, de pie, como dándonos un regalo, nos contaba la historia del caudillo lusitano.

-Del Terror romanorum -dijo doña Paquita sonriendo, como si hubiera recuperado un millón de recuerdos-. Estuve en Zamora hace muchos años, con mi marido; vimos la estatua de Viriato en alguna plaza o parque, y nos hizo mucha gracia. Yo sentí pena: pobre hombre, con el frío que hace en Zamora, y me lo tienen allí casi en ropas menores.

-¡Qué sería de este mundo sin las mujeres! -murmuré esperando que siguiera ella con sus recuerdos. No lo hizo. Continué yo tras un breve silencio-. Don Dionisio, lo recuerdo perfectamente, nos contó las andanzas del pastor lusitano, y los enfados de los romanos por no poder vencerlo en ninguna batalla. Y nos contó el asesinato del caudillo a manos de tres de sus generales y allegados. A estos los romanos les habían prometido darles dinero a cambio de la cabeza de Viriato. Pero cuando llegaron al campamento romano, el centurión les dijo, con mayúsculas, como aquel que siente que está hablando para la Historia, que Roma no paga a traidores. Y se produjo la catarsis, y todos nos quedamos contentos y satisfechos, pese a la muerte de aquel buen hombre.

-Y ahora ha descubierto -dijo doña Paquita adelantándose a lo que yo quería contar- que Viriato formaba parte de las fuerzas oscuras, de la negra tradición de este país.

-No la entiendo -dije sorprendido-. ¿Qué quiere decir?

-Me temo que me va a montar usted el paralelismo de Viriato con el Cura Merino o con los guerrilleros, los defensores de la patria, y va a criticar a Larra, a Goya y a todos los afrancesados, que, al parecer, la querían perder.

Doña Paquita me dejó perplejo y sin habla durante unos segundos.

-No se me había ocurrido semejante visión de las cosas -le confesé-. Y no creo que sea muy afortunada.

-Perdóneme. No tenía que haber dicho nada. Tiene razón: es un tanto descabellado comparar a unos con los otros.

-Ignoro -dije de todas formas- si Roma representaba en aquellos momentos la cultura y la civilización opuesta a un pueblo de pastores, atrasado e inculto, como sucedía con la Francia del siglo XIX con respecto a la España de Larra y de Fernando VII. No lo sé. Sé, por el contrario, que leyendo la historia de la conquista de Hispania por parte de Roma, rara vez aparece esa virtud, los valores del patriciado, la justicia, la equidad, y todas esas palabras tan bonitas puestas en boca de Cicerón4. Y que según él eran los valores de los hombres de la República.

-Las guerras justas y entre caballeros no existen más que en las novelas de caballerías. Nada más inhumano y bestial que una guerra, sea la que sea.

-Estoy de acuerdo con usted. Y quien lo dude no tiene más que leerse los Episodios nacionales, de don Benito. Pero yo no quería hablar de la guerra. Afortunadamente usted y yo nos vamos a morir sin haber conocido ni una. Vamos a tener esa suerte. Yo, ahora, quería centrarme en cómo tres personajes, allá por el año 128 o 130 antes de Cristo, fueron capaces, por dinero, de traicionar a su jefe y amigo, y de vender a su pueblo entero.

-El eterno tema: la ambición y la corrupción. Y la conciencia que se acalla con un montón, a veces con un simple montoncito, de monedas de oro. Hasta Dios fue traicionado. ¿A qué barbaridad no se atreverá el ser humano?

-¿No es triste que siempre se esté repitiendo la misma y vieja historia?

-Fatigoso sí que es. ¿Y qué hubiera hecho usted con los traidores de Viriato? ¿Condenarlos a muerte como al general Riego?

-Me horrorizaría decidir sobre la vida y la muerte de nadie... Yo los hubiera enviado a vivir con los romanos.

-Usted, querido amigo, tal vez hubiera perdido todas las batallas.

-No, yo nunca hubiera tenido poder. Además, seguro que me hubieran matado en el primer encuentro. No lo lamento. Me hubiera liberado de muchas penalidades.

-No le quepa duda. Luego, eso sí, aparecerán los romanceadores de novelas de caballerías y nos hablarán de la lucha por la libertad, por la dama, por el Unicornio o por acabar con las fuerzas del mal.

-Como no nos matemos a nosotros mismos lo llevamos claro.

-Sería mejor que leyéramos a don Francisco de Quevedo y tratásemos de recordar la poca distancia que media entre la cuna y la sepultura.

-Yo también pondría, como libros de lectura, los Episodios, de don Benito, seguido de algunos libros de Manuel Chaves Nogales. Hablo de libros como A sangre y fuego o El maestro Juan Martínez que estuvo allí.

-Menos mal que ya estamos jubilados.

-Sí, menos mal.

-¿No echa de menos dar clases?

-No. En absoluto. Viendo el comportamiento de muchos alumnos me volvía más pesimista de lo que ya era. Mentían, negaban lo evidente, hacían trampas y todo tipo de memeces con tal de salvar una nota o de salir indemnes tras haberle robado el móvil a cualquier compañero... Así, lejos de ellos, ni me acuerdo de lo que debo ni de lo que me deben. O dicho en román paladino: ojos que no ven, corazón que no siente.

-Sí, nos hemos ganado nuestra parcela de paz y tranquilidad.

-Y hemos de continuar cultivándola. Tenemos que seguir hablando. Es muy importante la tranquilidad.

-Cuente usted conmigo para eso.

-Cuento con usted. Y muchas gracias por su compañía.

-Lo mismo le digo.

1El personaje está hablando de don Patricio Sarmiento, cuya ejecución narra Galdós en el episodio titulado El terror de 1824. Véanse los capítulos XX y ss. Nota del autor



2Doña Paquita está contando la ejecución del padre de don Pablos, véase Francisco de Quevedo, El buscón, cap VII. N.del A.



3Una vez más el personaje se refiere al episodio de Galdós El terror de 1824. La ejecución del general Riego se narra en el memorable capítulo V.



4Puede verse al respecto Guerras ibéricas, Aníbal, de Apiano. Traducción de Francisco Javier Gómez Espelosín, Madrid, 2006, p. 127 y ss.





Etiquetas:   Corrupción   ·   Muerte

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