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Mujer que sabe latín


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07/03/2013


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I.


Mi madre, que era muy buena lectora, fue la primera que me hizo caer en cuenta del sentido de la frase de Rosario Castellanos: Mujer que sabe latín ni encuentra marido, ni tiene buen fin. No deseaba para mí una vida condenada a la pobreza y el escarnio, como la de tantos escritores. Ya había tenido yo una primera noción de lo que pensaban los otros al respecto a los tempranos nueve años, cuando le mostré a sor Carmen, mi maestra, unas coplas que había escrito en honor a la Virgen María. Ella me dijo que los versos eran muy bonitos, pero tenía que enfocarme en mis estudios y en hacer algo útil dentro de las labores propias de mi sexo, con lo que dejaba claro, ella creía, que hacer versos no era acción edificante ni provechosa para la sociedad. Entendí todos los mensajes, aunque de una manera distinta a la que habían pensado las juiciosas emisarias: me dediqué a leer y escribir en la soledad de mi habitación y en mucho nocturno y clandestino silencio.





II.

Los oficios relacionados con la Literatura han dejado de ser tan tabúes desde hace apenas unas cinco décadas. Y eso, más o menos. Lucila Palacios, talentosa narradora guayanesa, tuvo que escoger ese nombre, su pseudónimo, para no causar molestia o vergüenza a su familia, según sus propias palabras. Nacida y criada el seno de una familia de intelectuales, mujer lectora y creativa, aún así tuvo que escribir en contra de la corriente social. Su tío Félix Montes lanzó su candidatura presidencial en uno de los procesos electorales preparados por Juan Vicente Gómez para simular una democracia. Por esa causa fue perseguido, sus bienes, y los de toda la familia, incautados y él yéndose al exilio saliendo por el Orinoco hacia Trinidad.

Ella tomó entonces una posición política de oposición al gomecismo que le fue cobrada con altos precios: su esposo, Carlos Arocha, fue encarcelado a causa de la militancia política de su esposa Mercedes Carvajal de Arocha sin que él tuviera algo que ver al respecto. El criterio de entonces era que si una mujer se metía en política, el culpable era el marido, por no ponerle preparo. Viéndose sola y con dos hijos pequeños, abrumada por la culpa y la pobreza, tuvo que trabajar en la calle, es decir, como secretaria en la Casa Blohm de Ciudad Bolívar, por lo cual fue sojuzgada y soslayada por la sociedad de su tiempo. No era entonces conveniente que, además, se supiera que escribía cuentos y novelas y que mantenía correspondencia con otros intelectuales y redactores de revistas literarias.

Su paisana y contemporánea, Luz Machado (firmó de Arnao sus primeras publicaciones) no tuvo que ocultarse, pero a la larga perdió su matrimonio. El asunto del apellido de casada ha sido largamente una causa de conflictos para las mujeres escritoras e intelectuales. Mientras no haya celos profesionales, la situación de las parejas funciona. De lo contrario, la relación puede quebrarse. En ocasiones, la pareja sirve de apoyo también, como en los casos de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre. O de Virginia y Leonard Woolf.





III.

Aunque las mujeres hemos escrito desde hace mucho tiempo, la escritura femenina siempre se ha considerado un discurso fronterizo. Un discurso cuyo valor no se mide con los mismos parámetros que el de los hombres. La escritura femenina tiene ciertas características que la definen: es más emotiva, más ida hacia paisajes interiores, más descriptiva, más memoriosa.

La polémica que hay sobre la autoría del Cuarto Evangelio, o el Evangelio según Juan, se basa principalmente en el análisis de la morfosintaxis del mismo, tan diferente en tono y texto de los otros Evangelios, los sinópticos. Entonces hay una tradición muy fuerte que reconoce en esa escritura la de una mujer: María Magdalena. Sin embargo, ésta ha sido sistemáticamente descalificada. Otras escritoras, Teresa de Ávila (o de Jesús) y Sor Juana Inés de la Cruz, han tenido que refugiarse dentro de monasterios para poder ejercer su pasión escritural.

 Antes de eso, hace dos mil seiscientos años, Safo de Lesbos tuvo que crear una Academia, la llamada Casa de las servidoras de las Musas. Allí sus discípulas aprendían a recitar poesía, a cantarla, a confeccionar coronas y colgantes de flores, a dibujar y elaborar frescos. Esa Academia ha sido vilipendiada y se ha conocido como un espacio de amor lésbico donde se realizaban orgías. Otra descalificación.





 IV.

En este contexto de referentes históricos e intelectuales es bueno deslindar dos aspectos: en primer lugar, las escritoras siempre han estado bajo el lente de aumento de una sociedad, que tiende a desprestigiarlas o a minusvalorizar sus obras. En mi novela El diario íntimo de Francisca Malabar  la protagonista dice lo siguiente:

 

porque en este mundo la condición de mujer es siempre determinante y si una mujer hace un trabajo, por muy hermoso y perfecto que éste sea, siempre es vista como un animal parlante por la sociedad, y a veces no lo puede resistir, como en el caso de Virginia Woolf, por ejemplo, o Silvia Plath, por ejemplo, o Alejandra Pizarnik, o Isadora Duncan, o Marilyn Monroe, por ejemplo, y conste que no soy feminista, ni nada.

 

La novela se desenvuelve en torno a una mujer que desea escribir literatura y choca con los prejuicios de un pequeño pueblo y una sociedad que exige a las mujeres quedarse en la casa, aunque en ella sufriera abusos.

En segundo lugar, si bien existen unas características que identifican el discurso femenino, aislándolas es posible reproducirlo. Así, el discurso de Marguerite Yourcenar en las Memorias de Adriano, o el texto del Orlando, de Virginia Woolf, son ejemplos de una escritura que no se puede meter en un discurso propio del género. En Venezuela, Harry Almela escribió un poemario con la voz de una mujer, Cantigas (1990) y Yolanda Pantín, en Poemas del escritor (1989) recurrió a la voz de un hombre. Es decir, ambos poetas utilizaron las marcas del lenguaje atribuído a un género distinto del suyo para enmascararse, ficcionalizar un personaje. De esta manera, es posible concluir que hay un texto literario (un texto diseñado, estructurado, realizado, con intención claramente estética) que puede ser escrito por un hombre o una mujer consciente de esa intención y que lo desarrolla de acuerdo con su cultura y sus contextos.

Eso, hasta allí, para enfocar el asunto con seriedad y rigor académico. Porque el título que se ha dado a esta lectura no parece correcto, a menos que se coloquen signos de interrogación: las escritoras ¿mujeres de la calle, mujeres de la casa? Es cierto que cualquier mujer profesional, trabajadora de esta era contemporánea que impone a las mujeres la necesidad de trabajar fuera del hogar, además de las tareas cotidianas en el hogar, puede sentir que ése es su dilema.





V.

En el Pedagógico de Caracas, aquellos lejanos días de 1968, identificaban a las estudiantes del Departamento de Castellano, Literatura y Latín con un destino de soltería. De hecho, la gran mayoría de las profesoras de aquel tiempo eran solteras. Sobre alguna caía a veces la luz ámbar de una aventura amorosa que había terminado en dolor. Así se cumplía en parte el dicho de Rosario Castellanos sobre la mujer que sabe latín.

Pero los cambios que surgieron en ese Renacimiento de los 60s han conducido a transformaciones en los paradigmas. El feminismo y sus vertientes han abierto paso a formas menos intransigentes de ubicar el papel femenino. Mas, sin embargo, aún el status de las mujeres escritoras se ubica en una franja limítrofe de la sociedad: ni de la calle, ni de su casa, sino todo lo contrario. Ejercitar la escritura requiere de la habilidad de conjugar el tiempo de escribir, el de ganarse la vida y el de atender las labores domésticas. Madre, esposa, colaboradora económica: todos esos roles se interponen entre el objeto del deseo más profundo y la mujer. Y la obra se construye contracorriente. Generalmente, durmiendo poco y comiendo a saltos.

Eso, además de las dificultades de publicación y distribución que son iguales para cualquier escritor, con algunas variables. Hace unos años, un intelectual venezolano reconocido me dijo que las mujeres debían pagar con sexo el derecho a ser publicadas. Es decir, prostituirse. Yo andaría por los veinte indómitos años y le dije que así no publicaría jamás.

Los tiempos cambiaron, evidentemente. Cuánto cambiaron es la cuestión.

 

Milagros Mata Gil

@milagrosmatagil

7 de marzo de 2013



Etiquetas:   Literatura   ·   Mujer

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