RUBY SPARKS: los sueños pueden hacerse realidad

Tras el enorme campanazo mundial que supuso Pequeña Miss Sunshine (2006), uno de esos sleeper cuya frescura y  magnetismo permanece impasible al paso del tiempo, no era fácil para sus directores enfrentarse a un nuevo proyecto cinematográfico. El listón estaba por las nubes y tanto Jonathan Dayton como Valerie Faris sabían que las más exigentes miradas del mundo del cine estaban puestas en su segundo largometraje. Con estas altas expectativas llegó Ruby Sparks (2012), la confirmación de que el matrimonio sigue manejando las reglas del cine tan bien como en su citada opera prima. Si bien es cierto que no alcanza las cotas de perfección ni golpea las conciencias de forma tan contundente que en el cuento de esa niña que quería ser modelo, Ruby Sparks se trata de la confirmación de que lo que caracteriza al cine de este tándem es, además de por el hecho de dejar un poso irrefrenable de ternura y un excelente sabor de boca -algo sólo al alcance de muy pocos-, el abismal componente de humanidad y pulcritud que hay en cada uno de sus trabajos.

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/02/05/que-significa-realmente-ser-un-fracasado/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/02/05/que-significa-realmente-ser-un-fracasado/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none; font-family: 'Helvetica Neue', Helvetica, Arial, 'Nimbus Sans L', sans-serif; font-size: 15px; line-height: 24px; text-align: justify;">Pequeña Miss Sunshine (2006), uno de esos sleeper cuya frescura y  magnetismo permanece impasible al paso del tiempo, no era fácil para sus directores enfrentarse a un nuevo proyecto cinematográfico. El listón estaba por las nubes y tanto Jonathan Dayton como Valerie Faris sabían que las más exigentes miradas del mundo del cine estaban puestas en su segundo largometraje. Con estas altas expectativas llegó Ruby Sparks (2012), la confirmación de que el matrimonio sigue manejando las reglas del cine tan bien como en su citada opera prima. Si bien es cierto que no alcanza las cotas de perfección ni golpea las conciencias de forma tan contundente que en el cuento de esa niña que quería ser modelo, Ruby Sparks se trata de la confirmación de que lo que caracteriza al cine de este tándem es, además de por el hecho de dejar un poso irrefrenable de ternura y un excelente sabor de boca -algo sólo al alcance de muy pocos-, el abismal componente de humanidad y pulcritud que hay en cada uno de sus trabajos.
A partir de un guión de la nieta de Elia Kazan, Zoe Kazan, que además encarna a la protagonista del film, la trama es una versión libre de la leyenda del Pigmalión, personaje mitológico que se enamoró de una estatua que él mismo había creado y que, para su sorpresa, más tarde se convertiría en humana. En esta ocasión,  Calvin Weir-Fields (Paul Dano), un otrora lúcido escritor pero sumido ahora en un proceso de bloqueo creativo, se pone en la piel de dicho Rey, mientras que la propia Kazan (Ruby Sparks), la musa de la nueva novela del novelista, ocupará el rol de Galatea cuando, en efecto, se convierta en alguien de carne y hueso. A partir de tan original y fantasioso punto de partida, que supone todo un giro de tuerca a las comedias románticas y a su tradicional e implícito punto punto de partida de chico conoce chica, se sustenta un film elaborado en base al surrealismo extremo; surrealismo que, y esto es lo chocante de la película, nunca es echado en cara por un espectador que no tarda en conectar con el juego que plantea la película. A ello ayudan tanto una pareja de actores muy bien escogida que, además de conectar desde el minuto uno, se aleja, por lo menos en el caso de él, del prototipo de hombre varonil y rudo al que nos tienen acostumbrados este tipo de historias. Mención especial merecen también el extraordinario uso enfático de la música, perfectamente insertada. 

Aunque la película agrade a los amantes de las comedias románticas, es tan sólo una excusa que emplean sus directores para insertar, de forma muy hábil, sus ya características dosis de carga (o crítica) social. La óptica desde la que hay que observar Ruby Sparks es la de ese tributo a la libertad de la imaginación, a través de la cual se pueden crear infinidad de mundos paralelos y a la que permanece ligado, inexorablemente, la figura del escritor, máximo emblema de la libertad creativa a la que casi parece venerar la película. Un profesión que puede presumir de, una vez creada esa realidad paralela, moldearla, alterarla y desarrollarla al gusto. Todo este trasfondo termina imponiéndose a la mera historia de amor, por otra parte muy bien llevada y nada empalagosa, que se cuenta en una película que gane puntos si se entiende como una contundente condena a la rutina diaria, al conformismo y el hecho de permanecer impasible a la variedad de oportunidades que brinda la vida. En este sentido, la película muestra sus costuras de espectáculo dirigido, camuflado en su condición de indie, a las masas, a las que no tarda en meterse en el bolsillo. Porque Ruby Sparks arranca sonrisas, te recorre por dentro y, en última instancia, te regenera el alma. 

Sólo hay dos detalles en Ruby Sparks que no terminan de convencer: los personajes de Antonio Banderas y Annette Bening, que parecen metidos con calzador y que no aportan nada a la historia, y la sucesión de desenlaces del tramo final rendido, contra todo pronóstico, al más puro tópico made in Hollywood. Nada que no pueda compensarse con uno de los mejores carteles promocionales del cine reciente y el alentador mensaje de una película que, sin salirse de lo plausible, nos recuerda que no hay imposibles, que hasta las cosas más disparatadas pueden hacerse realidad. Sólo hay que proponérselo. 

UNETE



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