. De aquí hasta fines de la década, en buena parte de sus países se
recordarán, con mayor o menor importancia local, la segunda centuria de una
serie de eventos que han sido determinantes para la historia americana y del
mundo.
Si bien el 2010 fue el momento
de la conmemoración de muchas primeras juntas de gobierno o primeros hitos de
independencia, lo que ocurrirá en los años siguientes de la actual década será
la conmemoración bicentenaria de un conjunto de eventos que determinaron que
aquellos primeros hitos se convirtieran en procesos realmente emancipatorios,
dando nacimiento a un grupo de naciones con identidad propia, fruto de una
común voluntad de romper con los lazos de dependencia y de dominación.
Este año se celebran los 200
años de existencia de los primeros parlamentos o Congresos, de la ejecución de
Hidalgo, de los primeros estatutos de gobierno de varias repúblicas. El año
siguiente algunos notables hechos de armas y el rol de Miranda en Venezuela. En
el 2013 comenzará a adquirir importancia el recuerdo de la figura de Bolívar, O´Higgins,
San Martin y Artigas. Y así seguiremos sumando memoria de hombres, hechos y
consecuencias, hasta más allá del año 2020.
Creo que esas conmemoraciones
debieran llevar a la intelectualidad latinoamericana a hacer una serio esfuerzo
para entender de manera profunda lo que fue el proceso de emancipación, y volcarse
a la construcción de una afirmación que fortalezca las identidades y las
potencialidades de un conjunto de naciones que tienen mucho que decir de manera
mancomunada en el mundo que nos toca ahora vivir y que vivirán nuestros hijos o
nietos.
Porque, más allá de ciertas
eventualidades, es evidente que nuestras independencias nacionales obedecieron
a la acción de una generación de jóvenes que estuvo profundamente ligada por
propósitos comunes, reflejando en sus convicciones la buena nueva que implicó
para la espiritualidad humana el siglo de las luces y la dimensión
intrínsecamente humana del acontecer de las sociedades y del hecho histórico.
Los padres de las patrias de
América Latina estuvieron unidos por una común idea, un común propósito,
surgido de un lazo fraterno que fue formidable mientras no se perdió el
objetivo específico de su estrategia. Fue el lazo que construyó Miranda y que
se difundió por Cádiz, cruzó el océano y se difundió por las capitanías y
virreinatos. De México hasta el Cono Sur la subyacente acción de ese lazo hizo
posible que se impusiera la libertad frente al yugo colonial y al contubernio
realista y papal a toda aspiración emancipacionista.
Los intereses locales de los
mercaderes y de las terratenientes aristocracias criollas, y el absolutismo de
los caciques, luego que pasó la primera hora de la independencia, torcieron el
ideal mancomunado de aquellos que hicieron posible la libertad. Luego, los
maridajes con las potencias industriales y los intereses foráneos hicieron que
aquella libertad conquistada con tanto esfuerzo se relativizara y, en no pocos
casos, quedara absolutamente relativizada, cuando no postergada.
Hoy, los países de América
Latina están en un nivel de mucha mayor independencia política, como no se
había dado en su historia. Su institucionalidad política ha madurado de un modo
impensado a lo que ocurría hace cincuenta años, donde las predeterminaciones de
su poderoso hermano mayor – y uso esta referencia fraternal porque EE.UU. es
hijo del mismo proceso histórico que sus hermanos del sur – subordinó en
términos políticos y económicos de manera subyugante a gran parte del
subcontinente.
Efectivamente, de una manera
significativa, América Latina – en parte importante de su historia – estuvo
bajo la presión de la influencia o la subordinación de EE.UU. situación que hoy
la propia maduración de los sistemas democráticos ha permitido una autonomía y
una autodeterminación que, desde hace más de 100 años, no se había manifestado
con tanta intensidad. Nadie puede decir
que esa presión ha desaparecido, pero se encuentra mucho más limitada y en
muchos casos no tiene efecto alguno.
El mundo se ha diversificado y
los escenarios políticos y económicos son cada vez más complejos, haciendo que
nuevos actores relativicen las zonas de influencia que un día caracterizaron el
demencial mundo de la guerra fría, que tantos daños y dolores desencadenaron en
los sistemas políticos y en las gentes. El último esperpento regional de la
guerra fría – la doctrina de la Seguridad Nacional – sucumbió bajo el impulso
de la democratización, proceso este que ha seguido consolidándose y los años de
cuartelazo y del militarismo han ido desapareciendo de cualquier lógica
política presente y futura.
Cada proceso eleccionario en
América Latina se da en un contexto de solidez y de robusta
institucionalización, alejado de todo intervencionismo y dramatismo rupturista.
A algunos puede que no les gusten los resultados o las opciones electorales,
pero nadie puede poner en duda que los pueblos están eligiendo las autoridades
que prefieren. Los sistemas tienen falencias o desajustes que, a veces, no
expresan de manera coherente los niveles de representación, pero en general
nadie quiere patear la mesa y producir desestabilización.
Se suma a ello que las condiciones económicas son propicias para
generar un gran desarrollo, basado en la complementación y la potenciación
económica a partir de oportunidades comunes que se dan hacia el gran escenario
Asia-Pacífico. Las condiciones son
propicias, como nunca, para hacer un esfuerzo más significativo en diversos
planos de integración, retomando el legado histórico del proceso de
emancipación.
Aprovechar los eventos
bicentenarios como instancias de reconstrucción del origen común,
restableciendo el relato que hizo posible la independencia nacional, es generar
una oportunidad para construir fortalezas hacia políticas comunes, hacia
voluntades constructivas, que enderecen el timón hacia lo que la historia dejó
perfectamente alineado, pero que se desalineó como consecuencia de las
particularidad de determinados intereses mezquinos, potenciando el aislamiento,
el ensimismamiento y la afirmación localista.
Es cierto que hoy siguen
apareciendo los eternos nacionalistas trasnochados, los provocadores de la
xenofobia percudida, y los agitadores de la fantasmagoría decimonónica, que
siguen alimentando la flama de los mismos problemas y circunstancias que
frustraron el proyecto común, sin embargo, lo que hay que estimular es la
recuperación del pensamiento común, de la cultura de la integración, y para
ello es fundamental que los intelectuales, los académicos, los cultores de la
ética y la estética se pongan a trabajar en función del futuro. Esta década
bicentenaria es una buena motivación para pensar de nuevo el sueño de los libertadores.