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El tsunami según José Emilio Pacheco


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12/05/2011

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José Emilio Pacheco (México, 1939) aceptó el Premio Cervantes en 2009, con el que se le reconoce su obra literaria que abarca casi todos los géneros. Se trata de uno de los grandes renovadores de la poesía en lengua hispana, que en su momento supo cantarle al mar, visitar sus habitantes y atender a sus quejas

 

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“Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica”, dijo José Emilio Pacheco en su discurso de aceptación (y aquí la palabra “aceptación” resuena lata; pronuncia su significado total) del Premio Cervantes 2009. Aceptar es de novias, es sucumbir.

José Emilio aceptó, a su pesar y merecidamente, él que es uno de los más grandes renovadores de la poesía en lengua española de la segunda mitad del siglo pasado.

Llega a mis manos un librito que una amiga me trae como obsequio de un viaje a México: Los trabajos del mar(Ediciones Era, 2007) de José Emilio Pacheco, una edición modestísima, en cuyas páginas aguardan varias suites de poemas del mexicano (opto por la categoría musical de suite, puesto que detesto la palabra “poemario”, que rima consonante con dromedario y todos los que quisieron ser poetas y no lo fueron pese a haber publicado mucho más de un poemario por cuenta propia –esas vanidosísimas ediciones de autor--cuando no por la indulgencia de alguna Casa de la Cultura municipal)

La cita que inicia estas líneas es de esos pensamientos con los que uno amuebla la siempre desamoblada existencia de quien quiera con talento y honestidad ejercer la escritura.

José Emilio Pacheco no es un optimista. Ningún poeta verdadero lo es, aunque eso no excluye la esperanza que es un atavismo. Y hay en la poesía de este mexicano un tono terminal, de belleza terminal. Un poema breve, un carnet, un apunte casi: “Mis paginitas, ángel de la guardia, fe/ de las niñeces antiquísimas, no pueden, nada logran, son inútiles/contra el horror creciente de este mundo./ Y en dónde yace la esperanza, de dónde/ va a levantarse el día que sepulte/la noche nuestra interminable y doliente”.

 

El mar reclama

En los años sesenta, el crítico cubano Roberto Fernández Retamar empezó a hablar de “poesía conversacional” para referirse a una tendencia que se decantaba de las vanguardias, pero ya despojada de todo aspaviento experimental. El término lo dice: se trata de una poesía que se aleja de la prosodia y la métrica en busca de un tono coloquial, hablado, como de conversación.

No han faltado quienes han visto en esta poesía renovada el atajo a las dificultades de la versificación, los tercetos y sus rimas, la exigente notación de octosílabos y alejandrinos de la poesía canónica. Pero, no. Al librarla de la forma preceptiva, lo conversacional establece una franja aun mucho más sutil entre lo que es y no es poesía.

En ese límite es que Pacheco aparece como el gran maestro, cuando por ejemplo en el libro citado le habla a un pulpo como a un viejo y admirado amigo, cuando parodia un decir popular como es el de “la inmortalidad del cangrejo” para otorgarle una profundidad oceánica: “Y de inmortalidades sólo creo/ en la tuya, cangrejo amigo/Te aplastan te echan en agua hirviendo, inundan tu casa/Pero la represión y la tortura/ de nada sirven…el cangrejo inmortal/toma la playa”.

En Los trabajos del mar, el poeta contempla con terror y ternura al gigante oceánico, exiliado de la tierra, de la que una vez fuese su amo absoluto, y ahora reclama su lugar con furia inusitada: inundaciones, tormentas, anegaciones, el tsunami masivo y letal; ese vengativo prisionero de los puertos: “El mar bullente en el calor de la noche/el mar que lleva adentro su cólera,/ el mar sepulcro de las letrinas del puerto(…) No hay olas en este mar encadenado”.

En lo que va de año y a partir de que aceptara el Premio Cervantes, las ediciones y reediciones del gran escritor mexicano se multiplican y el breve libro que ocupa estas líneas asoma entre el merecido follaje editorial. Lo escribió entre 1975 y 1983. Mucho antes de la fiebre “verde” (el ambientalismo de última hora) que ha contagiado apenas muy recientemente a gobiernos, estados y multinacionales.

Solo el poeta atendió al planeta doliente hace más de 30 años, a su mar que no deja de quejarse con su oleaje y pese a todo: “Chartres de hierro, catedral de los mares/ Cuánto poder y levedad en este puente/ en este triunfo contra el mar enemigo/que arde allí abajo…el regreso/ de California hasta el rumor de las aguas”.

¿Cuánto falta para que todo sea el puro rumor de las aguas? Ya en 1983, el poeta advertía, sin pretender ser profeta: “Ya progresamos hacia el fin del mundo”.





Publicado en El Mundo Economía y Negocios

www.elmundo.com.ve









 






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