Argo

ARGO

 

. Argo ha sido galardonada con el óscar a la mejor película. Si la utilizamos como sinónimo de cilicio, el premio es justo y merecido. Pues soportando las dos horas de duración del film, queda claro que el jurado, o los jurados, o los miembros del mismo, han premiado más una pretendida labor patriótica, el rescate de unas personas del Irán de Jomeini, que el saber hacer cine, o cualquier novedad que este pudiera presentar al respecto. Y no todos somos americanos, ni nos hemos sentido identificados con las naderías que se narran, o molestos porque se quemen trapos llamados banderas. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Además, muy inteligentemente, Ben Affleck, que, sin duda, buscaba ser premiado, rinde homenaje a la gente del cine sin cuya colaboración hubiera sido imposible el imposible rescate de los pobres compatriotas. Se han cambiado los cromos entre ellos, y todos nos hemos quedado tranquilos.

La película, dirigida por el mismo Ben Affleck, un mediano actor, no aporta nada: todo es sabido y previsible desde el primer encuadre. Como sabido y previsible es que el mundo se divide en dos: los americanos, que son los buenos; y el resto del mundo que, al parecer, está mal de la cabeza. Con semejantes principios ya no hace falta analizar nada, explicar el porqué del descontento de un pueblo, porqué asaltan la embajada de Estados Unidos, porqué persiguen al personal de la embajada, y porqué el resto de los países se niega a dar asilo a los seis americanos que lograron salir de su sitiada embajada. Para decirlo en dos palabras, Affleck aprovecha un historia real, la huida de esas seis personas que encontraron refugio en casa del embajador de Canadá, para contar una historia irreal, o para hacer un tebeo tan plano como los dibujos del mismo. Y la verdad, viendo el resultado tampoco se entiende muy bien porqué los iraníes se han enfadado tanto con este boceto de película. A estas alturas deberían saber que todo país que se precie tiene su épica, sus leyendas y sus historias que no son sino un canto y alabanza de ellos mismos. Tal vez no podía ser de otro modo. No hay comparación posible entre una cosa y otra; pero esto vendría a ser como si los árabes se enfadaran porque en el Poema de mio Cid son presentados como enemigos del caballero de Vivar. Aunque en dicho poema, por supuesto, también los árabes pueden ser amigos del Cid, y de hecho lo son, como los cristianos sus enemigos, que también lo son. A las hijas de don Rodrigo las azotan los indígenas en el Robledal de Corpes. Y les da auxilio un moro. El Cid, el poema, entendámonos, le gana en hondura a esta película que ni rodada en 3D hubiera tenido profundidad: nadie da lo que no tiene. Dicen los iraníes que van a hacer una anti-Argo. Esperamos la película con ansiedad a fin de poder formarnos una idea, tras escuchar a las partes en litigio. Y si nos van a contar mentiras, es un suponer, por favor que lo hagan bien, con un mínimo de inteligencia, haciendo una buena novela o una buena película. No es lo mismo, como se comprenderá, leer el Poema de mío Cid o La ilíada, que tragarse estos interminables kilómetros de cinta que se parecen a esas anguilas mal cocinadas y peor servidas: dan un poco de asquito y no saben a nada. Por cierto, en el cine nunca consigo hablar con el señor que está en la cabina de proyección. Y me gustaría saber una cosa: las películas actuales ¿se siguen rodando en celuloide o se utilizan ya las nuevas técnicas, discos o un soporte distinto? Es que me parece un gasto inútil tantos metros de película para resultados tan mediocres.

UNETE



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