.- Médico Cirujano Traumatólogo del Hospital Clínico Universitario de Valladolid.- Es habitual, que toda persona operada de cadera, ya
sea por fractura o por artrosis, para realizar una artroplastia con una
prótesis total o parcial, en algún período de su vida, padece un dolor lumbar
más o menos incoercible, debido fundamentalmente a la más mínima dismetría de
miembros inferiores existente, secundaria a este tipo de cirugía, debiendo prestar
atención para actuar en consecuencia y no hurgar más en la llaga que añada más
dolor.
Asiduamente, en la clínica diaria, se visitan
pacientes en los que se encuentran afectados, en la exploración física
exhaustiva, en sus recorridos articulares, varios segmentos corporales, verbi
gratia, la rodilla y la cadera en diferente grado, así como la columna vertebral
lumbar con una ciática/pseudociática ipsilateral, pero sin una clara afectación
neurológica, debiendo ser extremadamente cuidadoso en la anotación comparada
con el lado contrario que descarte inmediatamente cualquier dolor
referido/irradiado que confunda el diagnóstico definitivo de la patología que
se trata de curar. Hay que observar al paciente más que a la enfermedad para
conseguir una evaluación imparcial que ayude a la naturaleza.
Es ahí, donde se impone una reflexión concienzuda
del cirujano ortopédico, especialista en aparato locomotor, asesorado
correctamente para redactar un planteamiento ante la solicitud de una batería de exámenes
complementarios, en el orden que se desee, que comience con una radiografía
simple para orientar debidamente las estructuras oseoarticulares; una
tomografía axial computarizada; una resonancia magnética nuclear; una
gammagrafía ósea al technecio (entre otras varias indicaciones sirve para
observar si existe, o no, aflojamiento de materiales metálicos implantados);
una electromiografía y electroneurografía de ambos miembros inferiores; etc.
Todo dentro de un comportamiento que exija medidas razonables y prudentes para
que no correr riesgos innecesarios.
En ocasiones, y este caso, dadas las circunstancias
actuales, evidentemente así lo parece, el análisis de los resultados requeridos
son tan abrumadores, complejos y contradictorios, que lo suyo es preferible
plantear un nuevo comienzo partiendo de cero recurriendo a la máxima de la lex
artis médica que dice: primum non nocere, olvidando los
estudios anteriores, antes de enfocar el dificilísimo papel de decidir el qué y
cómo se debe intervenir quirúrgicamente para impedir irremediablemente que el
final sea una silla de ruedas. Las prisas son malas consejeras, sobre todo
cuando no se agotan otros tratamientos médico-rehabilitadores como
fisioterapia, electroterapia, ortesis, medicamentos tipo neurotróficos, antioxidantes,
enzimáticos, coenzimáticos, etc. que ayuden a recobrar la funcionalidad del
tejido dañado.
Está meridianamente claro que todo cirujano opera a
personas, no a sus pruebas complementarias, y siempre hay que estar muy seguro
para seguir adelante ante la decisión correctamente tomada, sin olvidar que, antes
de operar, conviene preguntar al afligido paciente qué se imagina conseguir en
el postoperatorio para saber si ello es factible y no hacerse demasiadas
ilusiones.
Acompañando a la edad, si no se siguen diariamente
ciertos ejercicios de mantenimiento físico desde la más tierna infancia,
continuando en la juventud y senectud, que ayuden a tonificar la musculatura
corporal, las articulaciones degeneran y se colapsan lo mismo que el canal
vertebral se estenosa debido a la amiotrofia, atonía, desuso e insuficiencia de
la musculatura paravertebral causante de multitud de intervenciones quirúrgicas
innecesarias, precio que hay que pagar por haber conseguido el trofeo del
sedentarismo. A todo esto se añade que la prescripción de un tratamiento
prolongado con corticoides hace que la persona tenga grandes riesgos de sufrir
infecciones, disminuir sus defensas, aumentar la fragilidad en todas estructuras
óseas (fémur, vértebra, radio, etc.), retardar la cicatrización de heridas,
etc.
Es total y absolutamente extraordinario que una
persona de cierta edad, operada varias veces de la misma cadera, que irremediable
e inexcusablemente le genera dolor lumbar secundario a una dismetría de
miembros inferiores, se le diagnostique de hernia discal lumbar cuando lo
habitual es que a una columna degenerativa le hayan crecido hernias discales como
hongos. Consecuentemente también es más que justificable hacer un diagnóstico
diferencial con una fractura aplastamiento osteoporótico de alguna vértebra
lumbar (nada extraño si existe como antecedente una fractura de cadera) cuyo
dolor local es superior al de una lumbociática. Incluso puede ocurrir que estas
dos patologías sean concomitantes. Tampoco estaría de más diferenciar el dolor
lumbar irradiado/referido con cualquier otra patología abdominal (intestino,
vejiga, riñones, uréteres, próstata, hígado, vesícula, vías biliares, páncreas,
estómago, peritoneo, aneurisma aórtico, sacroileitis, etc.).
Una persona puede tener una o varias hernias
discales y no padecer ninguna sintomatología toda su vida y viceversa, porque las
hernias discales vertebrales, se quiera o no, se activan y se desactivan, según
profesión/oficio. Una hernia discal no operada rebela la misma imagen en una
resonancia magnética nuclear que una hernia discal operada porque el anillo
discal fibroso roto no es tan elástico como para volver a su sitio, tras haber
realizado una descompresión, de ahí el error de reintervenir imágenes en lugar
de personas.
En tan poco espacio de tiempo, pongamos unos 3
años, ningún cuerpo, aunque se trate de un regio doliente, puede recuperarse
con total normalidad tras someterle a múltiples intervenciones quirúrgicas más
la que se avecina. Abundando algo más, se puede añadir, por último, que el
dolor del segmento lumbar se incrementa cuando no se utilizan correctamente los
dos bastones de codo. No obstante, impresiona leer cómo el equipo quirúrgico ha
cogido una carrerilla que lleva hacia ¿dónde? La dinámica de este círculo
vicioso emprendido debe ser finalizar o las consecuencias a corto plazo serán
inasumibles.
La experiencia unida a la veteranía que proporciona
una dilatada vida profesional dicta que hay que estar seguro al 100% de lo que
se pretende hacer en una persona que ha sido operada varias veces de la misma cadera
antes que de la columna, pues lo habitual es que ya nunca jamás vuelva a ser la
persona que fue.
Tener a disposición una alta tecnología quirúrgica,
cara aunque necesaria, como es el donut O-Arm intraoperatorio, por cuyo monitor
del equipo navegador se deslizan todas las imágenes virtuales operatorias en
forma de cortes tomográficos tridimensionales, no es la panacea de la
artrodesis instrumentada de columna lumbar, si uno no está curtido anteriormente
con un amplificador de imágenes unidimensional a tiempo real, lo mismo que tampoco
garantiza el buen resultado al 100% y diseca, cada plano quirúrgico, con manos
decididas y expertas.
A estas alturas de la película se supone que la
Casa Real ha profundizado meticulosamente en la elección de un cirujano
ortopédico experimentado en raquis, en este caso lumbar, con
vigor físico, valor sereno (sin la menor duda, el material humano con el que
tiene que lidiar pertenece al aparato locomotor: músculos, huesos,
articulaciones, cápsulas, ligamentos, discos) para que consiga minimizar las
complicaciones intra y postoperatorias que se puedan derivar.
Es posible que el próximo domingo, 3 de marzo
de 2013, además de las manos habilidosas que intervendrán a Su Majestad Juan
Carlos I, sea necesario pedir ayuda al Universo, así como encender, hasta la
extinción, alguna que otra vela, cruzar los dedos, o gritar simplemente, a
pecho descubierto, Dios salve al Rey.
Fdo.: Alfonso
Campuzano, Médico Cirujano Traumatólogo del Hospital Clínico Universitario
de Valladolid