. Cuando les pregunto cuáles de sus condiciones
personales les fueron determinantes en la construcción de sus empresas, es muy
difícil que me contesten que son sus saberes técnicos, sus conocimientos del
mercado o sus habilidades comerciales, que sin duda todos ellos poseen.
Generalmente, cuando hacen un balance de lo que les posibilitó crear, mantener
y desarrollar la empresa y hacer frente a todos los avatares y desafíos que se
les fueron presentando, la mayoría de ellos rescata su espíritu emprendedor, su
entusiasmo para promover nuevos proyectos, su temple para afrontar las
adversidades, su capacidad para generar confianza y compromiso en sus equipos
de trabajo. Reconocen sus competencias emocionales como uno de los aspectos que
han marcado una diferencia en la cotidiana construcción de sus organizaciones.
Es su Fortaleza Emocional la que les ha
posibilitado soportar la incertidumbre en la toma de decisiones, afrontar las
dificultades, superar el temor al fracaso, asumir el riesgo de la innovación y
tener el temperamento para conducir el barco a destino.
Este reconocimiento de lo emocional como un factor
determinante en la efectividad de nuestros comportamientos es un hecho
relativamente nuevo, no sólo en el mundo empresarial sino en la sociedad en
general. A pesar de la importancia y centralidad que poseen las emociones en
nuestras vidas, tradicionalmente fueron visualizadas como algo subalterno del
ser humano, e incluso como un área de nuestra existencia que había que dominar
y someter en aras de la racionalidad y la inteligencia.
Las emociones poseen omnipresencia en todos los
aspectos de nuestro quehacer cotidiano. Representan la experiencia más
personal, íntima e intransferible que poseemos. La forma de sentir y expresar
nuestras emociones marca nuestro existir, determina nuestra calidad de vida y
nos constituye en el ser que somos. Sin embargo, durante siglos se ha definido
al ser humano como “ser racional”, entendiendo que es la racionalidad lo que
nos determina como personas.
Esta interpretación propuesta por Descartes y aceptada
en forma generalizada en occidente por más de 350 años, nos hizo concebir la
emoción como algo contrapuesto a la racionalidad y, por lo tanto, a la
efectividad. Este paradigma planteó un ideal de ser racional liberado de la
tensión emocional, partiendo de la base de considerar las emociones casi como
un lastre, como una carga de la cual las personas deberían librarse para poder
ejercer su racionalidad con plenitud. Se partía del supuesto de que cuanto más
pudiera una persona controlar, dominar y someter sus propias emociones, más
inteligente, lúcido y brillante sería.
Tanto la razón como la emoción constituyen al ser
humano como tal y en la práctica cotidiana se manifiestan en una relación de
interdependencia y mutua influencia. Es por esto que más que determinar la
prevalencia de uno de ellos, es menester plantearse el desarrollo de ambos en
un contexto de armonía y equilibrio.
Las emociones se expresan y manifiestan como
disposiciones corporales para la acción y por lo tanto condicionan nuestro
desempeño. Dependiendo del estado de ánimo en que nos encontremos, ciertas
acciones nos son posibles de realizar y otras no. Cada emoción nos predispone
para un tipo de acción diferente y es por esto que la emocionalidad impacta
fuertemente en la efectividad laboral de los individuos y equipos de trabajo, e
incide en la productividad organizacional y en la competitividad
empresaria.
Hay estados de ánimo que nos conducen a efectuar
acciones que nunca hubiéramos querido realizar (por ejemplo cuando tenemos un
ataque de ira) y hay otros estados de ánimo que nos imposibilitan ejecutar
acciones que necesitamos realizar (por ejemplo cuando no nos animamos a hablar
en público por miedo o vergüenza). Pensemos, por ejemplo, cuando estamos
sumidos en la emocionalidad de la tristeza, el enojo, la alegría o el miedo.
Cada una de estas emociones nos determina qué cosas podemos hacer en ese estado
emocional y cuáles no podemos realizar. En este sentido podemos afirmar también
que las emociones generan la energía que nos impulsa hacia determinado tipo de
acciones. Nos proveen del carburante y movilizan nuestras disposiciones
corporales para que las conductas sean posibles.
La Fortaleza Emocional es
la capacidad de las personas para conocer y gestionar sus emociones. Hay tres componentes
imprescindibles y a su vez complementarios entre sí para lograr la capacidad de liderar los
estados emocionales que sean funcionales a las acciones que debemos realizar:
1. La Conciencia Emocional es la
capacidad de interpretar y comprender nuestras emociones y estados de ánimo. Abarca
cuatro aspectos:
ü Identificar lo que
sentimos: implica ser conscientes de
nuestros estados emocionales en cada momento.
ü Interpretar nuestras
emociones: está relacionado con poder determinar qué pensamiento o qué
interpretación de las circunstancias está disparando nuestra emocionalidad.
ü Evaluar la funcionalidad
de nuestros estados de ánimo: es determinar si un estado anímico es
funcional o disfuncional a los efectos de la eficacia de nuestras conductas.
ü Responsabilizarnos por
nuestra emocionalidad: supone hacernos cargo de lo que sentimos sin
pretender buscar culpables entre la gente que nos rodea.
Al tomar conciencia de nuestra emocionalidad abrimos la posibilidad de
intervenir en su diseño y transformación.
2. El Autodominio
Emocional implica adquirir las herramientas necesarias para salir de
los estados de ánimo disfuncionales, en función de poder responder
de la forma más eficaz y apropiada a cada situación que se nos presente. Las
distintas “estrategias de intervención” que nos permiten transmutar los estados
de ánimo que consideramos disfuncionales son:
ü Cambio de interpretación
ü Respiración consciente
ü Distanciamiento emocional
3. El Liderazgo
Emocional es la capacidad para
generar los estados emocionales en nuestro entorno laboralque sean funcionales a
la calidad de nuestros vínculos y que
posibiliten la realización de las acciones que debemos efectuar con la
efectividad necesaria para el logro de nuestros objetivos. Por ejemplo, tener la
habilidad de crear un clima de serenidad si debemos tomar una decisión
consensuada, de apertura y confianza si estamos en un proceso de negociación, o
de entusiasmo y motivación si debemos afrontar grupalmente un desafío.
Dimensionar la importancia y complejidad del fenómeno emocional en el
comportamiento humano, nos conduce a considerar el desarrollo de la Fortaleza Emocional como un
componente central de la Maestría Personal y el liderazgo.