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Comadres del buen tono


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23/02/2013

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COMADRES DEL BUEN TONO






Vicente Adelantado Soriano





El mundo da muchas vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes estuvo. Por eso digo yo que andando hacia delante, andamos hacia atrás.

Benito Pérez Galdós, Las tormentas del 48





Hay situaciones en esta vida, como algunos lugares y personas, que terminan por producir cansancio, hartazgo, agonía y hasta cámaras y vómitos. Tal vez porque no está en nuestras manos evitar los lugares, solucionar dichas situaciones, o porque, y es lo más probable, en el fondo nadie desea cortarlas ni acabarlas. Entonces se les da vueltas, o se gira en torno a ellas, una y otra vez, como burro enganchado a la noria. También puede suceder que dichas situaciones se reproduzcan como las cabezas de la Hidra. Inútil es esperar la aparición de un Heracles cualquiera.

Estoy hablando, como habrá adivinado el pío y paciente lector, del ya manido tema de la corrupción y de la falta de ética de una gran parte de la clase política en general, y de la española muy en particular. Sucede con esto lo mismo que con los compañeros de trabajo: siempre, en todo lugar cerrado, y lo es una oficina, un instituto y hasta un barrio o pueblo, termina por formarse capillas, grupos de compañeros que, a su vez, no pueden soportar a otras capillas que, igualmente, no tienen ninguna simpatía ni por tirios ni troyanos. Y unos y otros, siempre in absentia, hablan y se critican poniéndose cual no digan dueñas. Y así, entre y ante amigos, se erigen estos y aquellos en normas del bien actuar llegando a la catarsis y a una aparente felicidad: la que da el pertenecer a una manada. Nadie, sin embargo, cambia las reglas del juego. Y siempre, en consecuencia, se reproducen las mismas actuaciones.

Es inútil, en infinidad de ocasiones, tratar de cambiar de conversación; y más tratar de abrir nuevas vías de comunicación. Está bien hablar de un tema cuando de las palabras se puede pasar a la acción, y con ella se hace desaparecer aquello que está atormentando a un grupo determinado de personas. Pero cuando no existe tal posibilidad, o no se aborda, la conversación termina por enquistarse, y las palabras ya no producen sino dolor de cabeza. Se comprende el orgullo de Cicerón ante sus propias palabras, pues con ellas, con las famosas Catilinarias, fue capaz de vencer un complot que estaba poniendo en peligro a la República y a la vida de muchos senadores. Sus discursos, como es sabido, no quedaron en mera retórica, ni, mucho menos, en una cuidada catarsis individual.

Es cierto sin duda que se puede definir como sabiduría el saber estar; el ser capaz de convertir cualquier situación, por muy desfavorable y negativa que sea, en una situación propicia. No sé cómo se hace esto, imagino que cada caso requerirá una actuación diferente; pero el tiempo que invertimos en lamentarnos, en quejarnos y en criticar a los vecinos, tal vez fuera mejor invertirlo en el estudio y en la reflexión. En analizar la situación, y en tratar, por todos los medios posibles, de buscar su lado positivo, aquello que pueda favorecernos, o propiciar, cuanto menos, que desaparezca la situación molesta. Una cabeza menos.

No hace mucho estuve hablando con una persona a la que no conocía de nada. Seguramente estaba de paso. O vino a echar un vistazo. Estos encuentros, hasta hace bien poco, me daban un poco de miedo: por regla general se termina soportando a quien no aguantan ni las piedras del acueducto de Segovia. No creo que fuera este el caso de aquella persona. Dejó el periódico sobre la mesa, me miró con cara de resignación y me dijo:

-Siempre las mismas cosas: se regodean con el tema y no lo sueltan hasta que no llegan al hartazgo.

Imaginé a lo que se refería. Por eso mismo ni me molesté en echarle un vistazo al periódico. Sin decir nada depositó sobre la mesa dos cafés con leche. Me lo tomé por deferencia.

-Imagino -comenzó a decir sin que yo lo hubiera invitado a que se sentara- que también usted estará harto de leer siempre las mismas noticias.

-Sí. De hecho ya hace días que ni veo la televisión, ni conecto la radio, ni leo la prensa. Me dedico a leer libros y a oír música.

-No obstante, es un error no estar informado. Aunque no se sabe muy bien para qué.

-Usted mismo lo ha dicho: no se sabe muy bien para qué. Hace ya tiempo Cicerón se quejaba de la separación que se había establecido entre la justicia y lo honesto, o lo honesto y lo útil, ya no recuerdo.1 Hoy hay tanta separación entre el saber y el actuar, que el saber no sirve más que para amargarse la existencia.

-Es esa una buena observación. Evidentemente se debería crear un sistema político en la que el hombre, de forma inmediata, tuviera acceso a las determinaciones para poder votar todas y cada una de ellas.

-Eso -dije-, como usted comprenderá es más que imposible: las discusiones se eternizarían, y no haríamos nada útil y provechoso.

-Sí, tiene usted razón. También yo lo he pensado. Y es un problema de difícil solución. De hecho un pariente mío siempre decía, contradiciéndose, que el mejor sistema político es el de la dictadura: el dictador hace lo que quiere; y cuando hace las cosas mal, se prescinde de él.

-Seguramente -repuse tras apurar mi café con leche- su pariente estaría pensando en los dictadores romanos, aquellos que eran nombrados para casos especiales: guerras, invasiones... y que dejaban el poder una vez había cesado la causa que los había encumbrado.

-Sí, sé de lo que me habla. Lo malo es cuando el dictador no quiere entregar el poder, cuando desea aprovecharse de él para su propio beneficio.

-Sí, y quizás ese defecto esté en la masa de la sangre de mucha gente. Es peligroso darles el más mínimo poder...

-¿Y entonces? ¿Qué hacemos?

-No lo sé. También ese es un tema que a mí me ha preocupado a menudo. Y las soluciones a las que he llegado no sirven para nada, son una perfecta inutilidad...

-Yo antes pensaba -prosiguió el hombre del periódico- que la educación iba a ser capaz de terminar con muchas cosas, con muchos defectos del hombre.

-Cada uno tiene que creer en su propio trabajo. De lo contrario la vida se convierte en peor de lo que ya es de por sí.

-Sí, es cierto. De no ser por los espejismos o las ilusiones que nos creamos, nos pareceríamos a esos condenados a los que obligan a hacer un agujero, a taparlo y a volverlo a hacer el día siguiente. Un trabajo inútil puede volver loco al hombre más cabal.

-Y quizás eso explique de la forma en que hemos terminado. A no ser que juzgue útil un trabajo, sea el que fuere, porque le da de comer, y le sirve para pagar los desperfectos que se van amontonando en una casa.

-Triste que sólo sirva para eso, ¿no le parece?

- No es poco. ¿Se puede hacer algo más?

-Sí, por supuesto que sí. Mire -dijo señalando el periódico que había traído con él- leyendo todas las noticias sobre la corrupción, sobre la falta de ética de políticos y cercanías, me he estado preguntando qué han visto ellos en la sociedad para creerse con derecho a actuar como lo están haciendo; y a pensar que nada les iba a suceder, o que nadie les iba a pedir cuentas.

-Creo que la respuesta es muy sencilla: tienen en sus manos los medios de comunicación, cuentan lo que les interesa, o se avienen con periódicos y periodistas, y ocultan aquello que les puede perjudicar. Y sin cuentas claras, o sin transparencia, ya que tanto les gusta la palabra a los opacos, no puede haber democracia.

-Sí, en eso tiene razón. Pero también sucede así porque la gente no tiene interés, es acomodaticia y deja hacer con tal de que la dejen a ella descabezar un sueño en el sofá de su casa.

-Creo que fue Nietszche quien daba gracias, a no sé qué dios, por no tener que ocuparse todos los días del Imperio romano.

-Quizás esté ahí el error.

-¿Usted se imagina una casa en la que, todos los días, padres e hijos se reunieran para sacar cuentas y analizar en qué se han gastado los jornales que han ganado, lo que han ahorrado...

-Si los padres son honestos no hay porqué hacerlo así.

-Ya sé donde quiere llegar -le dije sin poder evitar un gesto de fastidio-; pero desengáñese, amigo mío: siempre tendrá corruptos y asesinos, no los va a poder exterminar. A no ser que cambie al hombre de tal forma que no lo conozca ni la madre que lo parió.

-Y usted cree que eso es imposible, lógicamente.

-Lógicamente. Para ilustrarlo podemos, si quiere, hablar de Cicerón, de Séneca, de Sócrates, de Erasmo... No, no le digo que el hombre no sea perfectible, que lo es. Ahora bien, será mejor o más perfecto cuando le interese a él, o cuando no pueda seguir como lo ha hecho hasta el momento. Mientras...

-Es decir -me dijo con cara de estupefacción- que según usted el medio es superior al hombre.

-Bueno, es una forma de decirlo. Como comprenderá, a estas alturas las palabras no me producen ningún tipo de miedo. Y por supuesto que también el hombre actúa e influye sobre el medio... Lo malo es que siempre da la mismas respuestas.

-Ya. Guerra y paz.

-Sí. Y hay guerra mientras las lanzas, por decirlo con los griegos, no están ahítas de sangre. Y como el hombre se cansa de todo, también se harta de la paz, o de la situación a la que ha llegado...

-O a la que lo han conducido.

-Nadie lo hubiera conducido a donde está si él no lo hubiese permitido.

-O si hubiera tenido otro tipo de dirigentes, de políticos.

-¿Qué cree usted que lleva a una persona a dedicarse a la política?

-¿Qué le ha llevado a usted a dedicarse a su trabajo?

-La necesidad. Nada más. O si quiere que se lo diga con otras palabras, no fui yo quien escogió a mi mujer: fue ella quien siempre llevó la voz cantante, y fue ella quien se inclinó por mí. Luego, por supuesto, como persona noble que soy, le correspondí con todo mi amor.

-Se me está yendo usted por la tangente, querido amigo.

-¿Usted cree? Podríamos hacer ahora una encuesta aquí en el bar, o en la residencia, y preguntar a la gente qué vocación tenían de jóvenes, y hasta qué punto la han llevado a la práctica. O, lo que es más sangrante, pregunte a la gente joven aquello tan famoso de qué quieres ser de mayor. Muchos de ellos se morirán sin haberlo averiguado.

-Y otros quizás por falta de medios no puedan llevarlo a la práctica.

-Para el caso es lo mismo: será el trabajo quien los escoja a ellos. Y a ellos, y a mí con ellos, no nos quedará más camino que la resignación o las bellísimas palabras de Cicerón, y perdone que insista con las citas de este viejo amigo.

-No me molesta que me lo saque a colación. Me gustan estas conversaciones y lecturas, siempre trufadas de citas.

-Sí, les dan un cierto sabor, como el perejil al pescado o el pimentón a las patatas.

-Tiene razón. Además, las patatas asadas con pimentón están bien buenas.

-Efectivamente. Es un toque de alegría. Y más cuando los participantes son algo sosos, como yo.

-¿Y qué decía Cicerón?

-Decía lo siguiente: Trabajaremos, por consiguiente, con especial ahínco en aquellas cosas para las que seamos más aptos. Si la necesidad nos obliga alguna vez a hacer algo extraño a nuestro natural, habrá que poner todo el cuidado, la meditación, la diligencia para que podamos hacerlo, si no con la perfección deseada, lo menos mal posible.2

-Eso supone una gran honestidad. Y para lograr que le hombre llegar a esos niveles, habría que educarlo.

-No creo que consiga nada con la educación. Al hombre lo que le gusta en el fondo es no hacer nada. Así que, en cuanto pueda, seguirá robando para no hacer nada, y para asegurarse de no hacer nada el resto de su vida. Si tienen suerte, y lo meten en la cárcel, lo consigue a medias. Por eso no entiendo la resistencia a ser juzgados y condenados por parte de algunos politicastros.

-Creo que la cosa está clara. No es lo mismo vivir en la playa que en una celda de clausura.

-Era una broma, como habrá comprendido. Y antes de que me diga nada: estoy harto de la corrupción, de oír hablar de ella, y de discutir sobre ella.

-Lo comprendo. Llevamos una larga temporada dándole vueltas a lo mismo. Y como diría usted, sin muchos visos de que esto cambie.

-Efectivamente. Sin visos de que cambie nada. Así que déjeme que le diga que a Cicerón lo asesinaron sus enemigos. Y no sólo lo mataron, sino que lo decapitaron y clavaron su cabeza, y sus manos, con las que escribió las Catilinarias y las Filípicas, en el senado de Roma, en los Rostra o en algún lugar parecido. Y no es que le tenga miedo a la muerte. Lo que le estoy diciendo es que no se equivoque con respecto al género humano. No hay nada que hacer.

-¡Hombre! No se puede ser tan pesimista. Siempre se necesita de una ilusión para vivir.

-Es cierto: todos tenemos ilusiones. A mí me basta con la de ver amanecer y tener un libro a mi lado. Treinta o cuarenta años antes de Cristo, es decir, hace la friolera de 2.030 ó 2.040 años, y se lo digo a la antigua, ya dijo el mentado Marco Tulio Cicerón que mal van las cosas cuando lo que se debe alcanzar a través de los buenos méritos, trata de lograrse mediante el dinero.3 Ya iban mal las cosas entonces. Y nada ha mejorado mucho que digamos.

-Hombre, hoy en día no hubieran matado a Cicerón.

-Claro, claro. Pero no pierda la esperanza: amanecerá Dios y medraremos todos.

-Está usted imposible.

-Tiene usted razón: no me ha sentado bien el café con leche. Está horrible. En fin, a ver si al mediodía me dejan tomarme un vaso de bon vino y me quita el mal sabor de boca de la Roma de Cicerón y de la España de los mediocres.

-Confiemos en ello.

-Confiemos.

1Cicerón, Sobre los deberes, libro II, III, 9



2Ciceron, Sobre los deberes. Traducción, introducción y notas de José Guillén Cabañero, Alianza editorial, Madrid, 2008, p. 117



3Cicerón, Sobre los deberes, Libro II, 6, 22





Etiquetas:   Comunicación   ·   Corrupción

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