Reflexiones privadas sobre la universidad de hoy



REFLEXIONES PRIVADAS SOBRE LA UNIVERSIDAD

 

. El contenido cambia, pero la atmósfera es siempre la misma; recuerdan a los sectarios reunidos alrededor de un cubo. Eso es válido para cualquier despilfarro del espíritu. No habría que darles demasiada importancia. ¿A qué conduce eso, en definitiva? Con sus mutuas conversaciones se confirman entre sí en la imperfección del mundo. Entonces se envían señales de socorro y encienden los fanales de la esperanza. La distancia a las estrellas no es menor porque uno se suba al techo.

 I.

 Hay dos niveles reconocibles en la circunstancia que hoy vive la universidad como institución. Uno está relacionado con las crisis de la modernidad: por una parte, está ese enfrentamiento entre racionalidad e intuición que viene siendo arrastrado desde el abrupto fin que la Enciclopedia puso (impuso) al Renacimiento. Por la otra, la falta de operatividad que en los actuales momentos tiene el esquema de tradicional de jerarquización de los saberes que impone la academia. Gravemente heridos, los lenguajes se han convertido en núcleos insuficientes por cuanto están cortados unos de otros. No se trata de complejidades de información que pasan vertiginosas ante los ojos del espectador indefenso: docente, investigador o aprendiz. No se trata tampoco de la obliteración de la literatura, considerándola como objeto incapaz de acceder a las transformaciones del mundo contemporáneo. Ni siquiera del soslayamiento de la filosofía, que antes era la madre de cualquier otro conocimiento científico. Ni de su devaluación o el gesto de ignorarla. Se trata de que la universidad en sí, como institución y como instrumento de reflexión, transmisión de conocimientos y apertura de horizontes de discusión, es insuficiente. Su tiempo está fragmentado. Las pretensiones científicas no coinciden con los cargos de autoridad real. Las ciudadanías universitarias se han limitado a los territorios de las ideologías políticas y hasta de los partidos, generando grietas aparentemente irreparables en lo que debería ser el Cuerpo Magno y Magmático del Saber.

 El otro elemento se vincula con el fracaso del proyecto autogestionario en lo social y lo económico: con el resultado de una casi total dependencia de la Universidad como institución frente al Estado. Esa dependencia ocasiona un germen de irrespeto de los burócratas y hasta de la policía con respecto de las autoridades académicas y con respecto de la actividad académica en sí. Se llega al punto de considerar la academia como un aditamento innecesario dentro del contexto moderno de una Nación y mucho más si en esa Nación se está atravesando por el campo minado de una crisis socio-económica gravísima, potenciada por la ruptura del corpus axiológico de la sociedad. En medio de un espacio donde se eleva el estandarte de La Deshonestidad como Valor, la institución universitaria no está en capacidad de sacar a relucir sus banderas en contra de tal estigmatización. Por ineficacia o por falta de honradez, sus líderes suelen estar sentados al banquillo de las acusaciones. Y cuando, en momentos gremiales, salen a relucir aspiraciones generalmente planteadas en términos monetarios, cualquier Secretario de Despacho se permite la befa o el irrespeto, sin que se pueda evitar el asunto.

 Una de las cosas que más llama la atención es que muchos profesores lanzan virulentos discursos contra el Estado y llaman a desobedecer las reglas del Orden establecido. Lo hacen, sobre todo, para llamar la atención de sus alumnos. Pero, al mismo tiempo, esperan que ese mismo Estado al que critican les pague puntualmente el sueldo, la pensión, los bonos y demás sinecuras y que, por lo tanto, y al menos en ese sentido, contribuya al mantenimiento del Orden. La mano izquierda cierra el puño en tanto que la derecha se abre para recibir el dinero. Y así marcha el mundo.

De cualquier manera, y volviendo a los dos factores señalados al principio, es más factible encontrar interlocutores para una discusión en el segundo que en el primero. Considerado en los terrenos del bizantinismo, la gente prefiere ir a lo práctico antes que delinear ensayísticas sobre teorías.

 II.

 A menudo he pensado que el problema básico reside en la popularización de la universidad: en la laxitud que tienen sus fronteras y sus jerarquíasEllo ha resultado en masificación y, como se sabe, toda masificación conduce al aflojamiento de los controles de calidad para satisfacer el mercado. En este caso, el mercado es cierto discurso del populismo que garantiza a todos igualdad, libertad y fraternidad.

La universidad ha perdido su rigidez medieval. Ha perdido la disciplina del establecimiento de órdenes y jerarquías. Por lo menos cierta universidad latinoamericana, para ser más específicos. Pública. Partidizada. Particionada para su mejor control. No existe un sistema real de clasificación de los alumnos: no existen sistemas de selección reales, ni compartimientos que permitan las revisiones, los trasvasamientos y, sobre todo, el crecimiento del individuo que se inserta en el sistema. No existen factores de clasificación para los profesores. Es decir, factores que vayan más allá del título académico, del promedio de calificaciones del pregrado o de su forma de vestir y que promuevan lo más importante: saber y producción dentro del saber.

 La universidad debería regresar a su estructura medieval, pero dotada con los elementos tecnológicos actuales. Tendría que generar suficiente dinero para invertir en el proceso de mejoramiento y actualización de la academia: docencia, investigación y promoción de la cultura. Tendría que generar redes para facilitar la consulta, la información y la comunicación entre pares. Tendría que gerenciar sus recursos para impedir la parasitación de uno o varios sectores del complejo académico. Tendría que proponerse y proponer retos cada vez más sólidos y competitivos, sin hacer distinciones entre las ramificaciones cognoscitivas que se cubran. Ello permitiría que cada cual evolucionara en conocimiento y funciones de acuerdo con su ritmo. Impediría los compartimientos estancos. Iluminaría los rincones oscuros donde se ocultan los perezosos y los parásitos: esos que permanecen en el sistema por pura inercia vital. Pero ello implicaría indispensablemente la desaparición del concepto de popularización (inútil en una sociedad académica que se regiría por la meritocracia). Ello implicaría, además, la transformación del sistema actual de relajamiento disciplinario y/o pedigüeñería militante y la asunción de la Honestidad como Valor.  Supongo que suena cruel, tiránico, moralista, cursi y, obviamente, anacrónico, mas no, me temo, demodée.

 

Milagros Mata Gil

@milagrosmatagil

 

22 de febrero de 2013