. En este ámbito, podemos situar a los llamados
biblioclastas, es decir, aquellas personas dedicadas a destruir a la cultura
impresa en libros.
Un golpe bajo, en cuanto al
amplio espectro cultural, es cuando se ataca a los escritores desatando la furia contra los libros. La censura no es un acto imprevisto, sino por
el contrario, un hecho minuciosamente premeditado. Pensemos por un instante qué
puede llevar a determinada persona a decidir qué es bueno o malo en el input
cultural de una sociedad… la respuesta es simple: la manipulación, el
sometimiento, el adoctrinamiento. Entonces, ante una doctrina finamente
delineada, también las intenciones de cada paso determinante en la misma, lo
son.
Si bien al hablar de
prohibiciones de libros, editoriales y escritores, estamos haciendo mención de
una amplia (tristemente) cantidad de damnificados, voy a recortar mi relato a
lo que es mi país Argentina y a un
momento clave en su historia, el último golpe de Estado de 1976.
Por aquel entonces, tanto
Argentina como toda Latinoamérica se veían envueltas en sangrientas dictaduras. Las ideas eran
impuestas a través de un viejo y asqueroso mecanismo: el terror (herencia de
discursos fascistas y nazis, por excelencia). La necesidad imperiosa del
gobierno de turno era acrecentar el
apoyo a su labor, motivo por el cual, se expandieron en la conquista de la
Argentina social, económica y política de ese entonces. En el ámbito de la
sociedad, además de perseguir y ultrajar a más no poder, se centraron en la
censura (no sólo de literatura, sino de películas, cantantes, etc.).
Ahora bien, todos
sabemos que la cultura es una
construcción colectiva, que une e identifica a una sociedad, que incluye
valores, costumbres, etc. Es entonces claro, el por qué se atacó directamente a
su eje. Lo que estos genocidas deseaban fragmentar era la cultura. Y comenzaron
entonces atacando por el sector que, a mí entender, posee más armas: aquel
sector que conoce, que sabe, que se expresa.
Cabe destacar que uno de mis
mayores interrogantes al encarar esta investigación (la cual me ha llevado
mucho tiempo y aun no finaliza) fue el por qué censurar, si un ser autónomo lee
y elige entre sus gustos qué leer, qué creer, qué pensar. No obstante, al
profundizar en mis labores investigativas, la nómina de libros prohibidos era
extensa pero no heterogénea. Se censuraba todo libro que permitiera pensar en
un país sin imposiciones, en un país libre con ciudadanos solidarios,
comprometidos con su patria. Estas pautas golpeaban fuertemente en las
pretensiones de la cúpula de gobierno.
Fue una época muy oscura,
donde las personas que poseían libros que contradijera la doctrina impuesta,
debían quemarlos o esconderlos, a fin de salvar sus vidas. Y no exagero. Se los
perseguía, luego se los detenía en campos clandestinos y luego de torturarlos,
unos pocos salían de allí con vida.
Muchas personas
contemporáneas al golpe aseguran que esta persecución, tuvo un profundo impacto
en la calidad de la producción y del consumo literario de nuestro país. La
misma se vio disminuida y llevará muchos años recuperarla.
Como se ha dicho al comienzo
del presente texto, esto no ocurrió solamente en Argentina. Lamentablemente ha
sucedido y sucede en todo el mundo. Por ello, los amantes de los libros debemos
desatar una batalla contra esta herejía. “El
libro” no se pierde por los avances en computación o tecnología, pues
solamente cambiará, para aquellos quienes lo prefieran, el soporte de los
mismos. “El libro” se perderá
mientras que ciertos dictadores sedientos de obediencia desmedida, sigan
censurando a los productores de textos, con el fin de silenciar al pueblo.
Melina Jaureguizahar Serra