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Censura Cultural


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17/02/2011

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La historia mundial rebela cientos (por no exagerar y decir miles) de ejemplos de violaciones a la cultura de determinado país. En este ámbito, podemos situar a los llamados biblioclastas, es decir, aquellas personas dedicadas a destruir a la cultura impresa en libros.


Un golpe bajo, en cuanto al amplio espectro cultural, es cuando se ataca a los escritores  desatando  la furia contra los libros.  La censura no es un acto imprevisto, sino por el contrario, un hecho minuciosamente premeditado. Pensemos por un instante qué puede llevar a determinada persona a decidir qué es bueno o malo en el input cultural de una sociedad… la respuesta es simple: la manipulación, el sometimiento, el adoctrinamiento. Entonces, ante una doctrina finamente delineada, también las intenciones de cada paso determinante en la misma, lo son.

Si bien al hablar de prohibiciones de libros, editoriales y escritores, estamos haciendo mención de una amplia (tristemente) cantidad de damnificados, voy a recortar mi relato a lo que es mi país  Argentina y a un momento clave en su historia, el último golpe de Estado  de 1976.

Por aquel entonces, tanto Argentina como toda Latinoamérica se veían envueltas  en sangrientas dictaduras. Las ideas eran impuestas a través de un viejo y asqueroso mecanismo: el terror (herencia de discursos fascistas y nazis, por excelencia). La necesidad imperiosa del gobierno de turno  era acrecentar el apoyo a su labor, motivo por el cual, se expandieron en la conquista de la Argentina social, económica y política de ese entonces. En el ámbito de la sociedad, además de perseguir y ultrajar a más no poder, se centraron en la censura (no sólo de literatura, sino de películas, cantantes, etc.).

Ahora bien, todos sabemos  que la cultura es una construcción colectiva, que une e identifica a una sociedad, que incluye valores, costumbres, etc. Es entonces claro, el por qué se atacó directamente a su eje. Lo que estos genocidas deseaban fragmentar era la cultura. Y comenzaron entonces atacando por el sector que, a mí entender, posee más armas: aquel sector que conoce, que sabe, que se expresa.

Cabe destacar que uno de mis mayores interrogantes al encarar esta investigación (la cual me ha llevado mucho tiempo y aun no finaliza) fue el por qué censurar, si un ser autónomo lee y elige entre sus gustos qué leer, qué creer, qué pensar. No obstante, al profundizar en mis labores investigativas, la nómina de libros prohibidos era extensa pero no heterogénea. Se censuraba todo libro que permitiera pensar en un país sin imposiciones, en un país libre con ciudadanos solidarios, comprometidos con su patria. Estas pautas golpeaban fuertemente en las pretensiones de la cúpula de gobierno.

Fue una época muy oscura, donde las personas que poseían libros que contradijera la doctrina impuesta, debían quemarlos o esconderlos, a fin de salvar sus vidas. Y no exagero. Se los perseguía, luego se los detenía en campos clandestinos y luego de torturarlos, unos pocos salían de allí con vida.

Muchas personas contemporáneas al golpe aseguran que esta persecución, tuvo un profundo impacto en la calidad de la producción y del consumo literario de nuestro país. La misma se vio disminuida y llevará muchos años recuperarla.

Como se ha dicho al comienzo del presente texto, esto no ocurrió solamente en Argentina. Lamentablemente ha sucedido y sucede en todo el mundo. Por ello, los amantes de los libros debemos desatar una batalla contra esta herejía. “El libro” no se pierde por los avances en computación o tecnología, pues solamente cambiará, para aquellos quienes lo prefieran, el soporte de los mismos. “El libro” se perderá mientras que ciertos dictadores sedientos de obediencia desmedida, sigan censurando a los productores de textos, con el fin de silenciar al pueblo.

 Melina Jaureguizahar Serra



Etiquetas:   Lenguaje

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2 comentarios  Deja tu comentario


Melina Jaureguizahar Serra, Educación Gracias Lesbia!!!! Un abrazo!!


Lesbia Quintero, Letras Hola Melina, felicidades por este excelente artículo.




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