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La renuncia


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16/02/2013

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LA RENUNCIA






Vicente Adelantado Soriano





Hacía un frío que pelaba. No me apetecía salir, y no porque le tenga miedo a la lluvia ni a la nieve sino porque, en el cine, no proyectaban nada que tuviera el más mínimo interés para mí. Tampoco tenía muchas ganas de pasear: mis piernas, y otras partes de mi cuerpo, necesitaban un descanso. Había pasado toda la mañana leyendo, así que mis ojos me lo presentaban todo un tanto borroso. No podía con la televisión, por ese y por otros motivos. Me fui, pues, a la sala común con cara de resignación. Nada más entrar, me mostraron un periódico con la foto del papa en primera plana. Ya había leído la noticia en Internet. Entré al trapo inmediatamente. Hablar casi siempre me ha gustado.

-Vaya por delante -les dije a los integrantes de la tertulia de aquella tarde en tanto me sentaba- que no tengo nada ni en contra ni a favor de la Iglesia; pero me ha resultado muy reconfortante el gesto del papa presentando su renuncia.

-Sí -afirmó doña Paquita-. Cosas veredes, Sancho, que farán fablar a las piedras. Fíjese, con los años que llevo sobre esta tierra, y antes he visto la renuncia de un papa que la dimisión de un político.

-Pero es que en la iglesia -lo pronunció así Tomás, el viejo sindicalista, con minúscula- no hay intereses partidistas...

-¿Quién ha dicho eso? -preguntó Jordi el nacionalista poniéndose de pie y mirando furibundamente a su alrededor-. ¿Conoce alguien de algún sitio en el que no haya intereses, capillas, grupúsculos y demás? Sospecho -añadió sentándose de nuevo- que algunos de los políticos no han renunciado a su cargo por presiones de su partido.

-En eso no le falta razón -asintió doña Paquita hablando con su acostumbrada dulzura- porque a veces, tras un escándalo, da pena verlos en la tele, y causa sonrojo oír las cosas que dicen y defienden. ¿No se dan cuenta de que están haciendo el ridículo? ¿A quién se le ocurre decir, a bombo y platillo además, que hacer pública la declaración de renta es hacer un ejercicio de transparencia?

-¡Ay, señora Paquita! -exclamó el señor Tomás, el sindicalista- más cornadas da el hambre.

-Pero, hombre, -replicó la buena mujer- si todos estos, políticos, asesores y demás, dejan el cargo cuando pierden las elecciones, y se colocan enseguida de consejeros de empresas, o de conferenciantes. No creo que ninguno de ellos pase necesidad.

-Sí, es verdad -intervine-. Es una cosa que siempre me ha causado un cierto desasosiego: ¿qué asesoran o aconsejan esas personas? Porque hay algunas de ellas que se dedicaron a hundir bancos y cajas de ahorros, y luego las meten de consejeros...

-Bueno -intervino el sindicalista- eso es porque les devuelven viejos favores. Seguramente, les montarán un despacho, les pondrán una secretaria y un ordenador, les darán un buen sueldo, y nadie hará caso de lo que digan o dejen de decir.

-En eso tiene razón -aseguró el viejo nacionalista-, pues enviarlos a casa cobrando un sueldo, y sin cubrir las apariencias, sería demasiado descarado. Aunque al grado de desfachatez que hemos llegado...

-¿Y ustedes creen -preguntó doña Paquita- que esto del papa traerá cola? Quiero decir que si con su renuncia abrirá el camino a nuevas renuncias y dimisiones.

-No creo -repliqué-. Los habrá dejado a todos un poco descolocados, es innegable; pero políticos y banqueros pensarán, con toda la lógica del mundo, que, al fin y al cabo, el papa no tiene hijos, ni una familia que mantener... Es un ejemplo a seguir, por supuesto; pero para los demás.

-Eso es pura demagogia -me replicó doña Paquita con la mejor de sus sonrisas.

-¿Y qué es un político sin demagogia, y más si es español? Un jardín sin flores, un militar sin uniforme, y la Gioconda sin su enigmática sonrisa -así de poético se nos puso don Tomás, el viejo sindicalista.

-En más de una ocasión -pensé en voz alta- se me ha ocurrido soñar con una especie de aparición divina. Zeus, o alguien barbado y con poder sobre la vida y la muerte, me decía que me iba a regalar una vida completa, y que no lo considerara tiempo perdido porque luego me regalaría todas cuantas quisiera, hasta que me hartara de vivir...

-¿Y para qué quieres eso? -me preguntó el nacionalista que, de vez en cuando, tenía la manía de tutearme. En más de una ocasión me mordí la lengua para no llamarlo Jorge de san Jorge por esa falta de respeto suya.

-Para mal gastarla, para meterme en un partido político y ver cómo funciona por dentro; y para tratar de escalar puestos hasta llegar a ser el líder. Y tal vez hasta presidente de la nación.

-Valiente tontería -me replicó-. Funciona un partido político como funciona todo en esta vida. ¿Acaso no lo sabe? Los mediocres se rodean de mediocres para que no les hagan sombra. Ya lo ha dicho doña Paquita: ¿es que no los oye hablar?

-Siempre hay excepciones -replicó doña Paquita haciendo el gesto de escribir sobre una pizarra.

-Es posible -le replicó el viejo sindicalista-. También dicen que existen los unicornios. El que uno no los haya visto no quiere decir nada.

-No creo que el papa haya llegado a la silla de san Pedro por enchufes -dijo doña Paquita un tanto ingenuamente.

-Mire, señora -respondió el sindicalista- de lo que es la iglesia -otra vez con minúscula- yo sé bien poco. Pero no le quepa duda de que también en ella hay sus corrientes, y sus más y sus menos. Como en todas partes -dijo mirando al señor Jordi significativamente.

-¡Hombre, qué cosas tiene usted! -exclamó el nacionalista-. Por supuesto que hay corrientes e intereses. Es un viejo problema. Ya viene de la Edad Media, por no hablar de las catacumbas. Unos querían llevar un tren de vida más que pasable, y otros pretendían vivir como vivió el pobre Jesús. Montescos contra Capuletos. La eterna historia.

-¡Pobre hombre! -dijo maternal doña Paquita refiriéndose a Jesús-. Lo traicionaron todos. Como a san Francisco.

-Es lo que suele pasar siempre -intervine yo-. No recuerdo quién dijo aquello de Dios me guarde de mis discípulos que de mis enemigos ya me cuido yo.

-¿Dónde ha leído eso? -me preguntó asombrada doña Paquita.

-No lo recuerdo -reconocí-. Me parece que me lo acabo de inventar. Creo.

-No, no se lo ha inventado.

-Ya, ya lo sé. Es demasiado profundo para que se me haya ocurrido a mí solito.

-Nadie inventa nada. O casi nadie -me dijo conciliadora y sonriendo-. Lo que sucede es que, a lo largo de la vida, vamos acumulando experiencias, frases oídas y pensadas, y uno termina por no saber distinguir unas cosas de otras.

-Sí, tiene razón. A veces también me quedo un poco asombrado: me acuerdo de cosas que no sé si las he soñado, las he vivido, las he visto en alguna película, o las he leído...

-La vejez tiene estos problemas -dijo el sindicalista-. Es difícil distinguir unas cosas de otras. Y eso que aun estamos pasables.

-Siempre es difícil distinguir -dije yo, no muy dispuesto a achacarle a la vejez cosas que no eran de su completo dominio.

-El que no se consuela en esta vida es porque no quiere -intervino el nacionalista.

-No se trata de consolarse o dejar de hacerlo. Además, ¿me tengo que consolar por ser viejo? ¿Y eso me devolverá mi dorada juventud? ¿Y quién les ha dicho a ustedes -remarqué el ustedes- que yo quiero volver a ser joven? Eso es una pura necedad.

-¿No te gustaría volver a tener veinte años? -me preguntó el nacionalista tuteándome de nuevo.

-No -dije resuelto y agresivo-, señor Jorge de san Jorge. Es como volver al inicio del camino cuando ya se está al final del mismo. No le veo la gracia. ¿Volver a vivir lo mismo? ¿Repetirme? Por favor, qué cosa más absurda.

Me encantó su cara de asombro ante el nombre que le había espetado.

-Sí que lo es -me ayudó doña Paquita-. Además, es una discusión absurda: lo queramos o no, estamos donde estamos, y no hay vuelta atrás.

-Exacto. Así que disfrutemos el día. O dicho con más claridad, carpe diem.

-Eso sin tener en cuenta -volví al tema- que uno no sabría si tenía que revivir los sueños, lo vivido, lo real o lo imaginado...

-Nadie se baña dos veces en el mismo río -apuntó didácticamete doña Paquita.

-Y uno no sabría, además, qué vivir. Yo de joven, y me imagino que ustedes también, lo tenía todo claro: las cosas eran blancas o negras; no dudaba de nada, y menos de las cosas en las que creía...

-Sí, pero el paso del tiempo todo lo resquebraja -dijo el nacionalista Jordi-. Nada permanece inmutable. Ni nosotros mismos.

-Exactamente -le respondí sintiendo que comenzaba a serme simpático por aquella frase-. Y al cambiar nosotros, también cambian las cosas en las que creíamos. Y entonces se comienza a percibir que nada es uno, duradero y eterno. O dicho de otra forma, hay tantos pareceres como bachilleres.

-Todo es relativo -volvió a intervenir doña Paquita.

-O todo es mentira -le respondí yo.

-¿Todo, todo?

-¿Sabe? -le contesté-. Siendo todavía joven, o relativamente joven, me interesé mucho por Julio César, por su vida y por sus milagros. Me tropecé con una biografía sobre él que lo ponía por las nubes. Y, por el contrario, denigraba a Cicerón. Me aferré a esa biografía como a un clavo ardiendo. De tal forma que Cicerón siempre fue para mí un reaccionario. Y Julio César el héroe no comprendido.

-Y lo era -intervino el sindicalista asombrándome-. Hablo de Cicerón. Fue uno de los tantos nobles, o recién llegados, que son los peores, que se opuso al reparto de tierras.

-Hoy le daría la razón -le dije-; pero no estoy tan seguro de hacerlo mañana. Recuerdo que cayó en mis manos un libro suyo, Sobre los deberes, donde expone, muy bien, porqué no está de acuerdo con ese reparto de tierras.

-Porque era un defensor de la nobleza, de un determinado modo de vida.

-En eso tiene razón. Y ahí sí que se le puede acusar de reaccionario, dándole a esta palabra un sentido distinto al que tenía en nuestra juventud. Busca el regreso al pasado porque busca un sistema de valores, la virtud, la nobleza, el trabajo, la parquedad, la palabra dada... que ya no existían en la sociedad de Catilina, César, Marco Antonio, Augusto y demás.

-Digamos que existían con otros matices o interpretaciones. Y eso suponiendo que esos valores, tal como los quiere él, existieran en la República.

-Sí, de acuerdo. Y con eso llegamos al punto crucial, a donde yo quería llegar.

-Que nada es verdad y nada es mentira -terció la inevitable doña Paquita.

-Yo no diría eso -le contesté rápidamente-. Más bien diría que los hechos son tan breves que apenas si existen; y que nosotros, a lo largo de nuestras vidas, y de la historia, los reinventamos puesto que los interpretamos una y otra vez... Es decir, el mismo hecho contado por dos personas se convierte en dos hechos diferentes.

-Por eso me daba miedo a mí -volvió a terciar la antigua maestra- estudiar derecho, que es la otra carrera que me atraía: ¿cómo juzgar a una persona? ¿cómo saber si es culpable o inocente?

-Muy fácilmente -le respondió el señor Tomás, el sindicalista-. Es culpable todo aquel que no ha respetado la ley, que se la ha saltado a la torera. Por ejemplo, la inmensa mayoría de los políticos de ahora son culpables, unos de robar y otros de ocultarlo.

-No estoy de acuerdo -dijo doña Paquita golpeando la mesa con el dedo índice la mano derecha-. No todos son iguales. Mire, cuando estaba en el instituto, me hartaba de oír hablar de los alumnos. Y siempre se hablaba de los mismos, y por las mismas cosas. Jamás nombrábamos a los que estudiaban o tenían un comportamiento adecuado... Creo que fue Schopenhauer quien dijo que recordamos más el mal que el bien que nos hacen.

-El hombre es así de ingrato -corroboró en Jordi el nacionalista-. Yo no sé, la verdad, si lo que recuerdo es mentira o no. No lo sé. Sé que siempre tengo el mismo amargo regusto de boca... No me porté bien con mis padres. No. Y conforme me hago mayor más y más me amarga su recuerdo y mi actuación con ellos. El recuerdo se va haciendo cada vez más patente, y más duro de soportar.

-No se preocupe mucho -le consoló doña Paquita-. Eso es lo que hacemos todos los hijos. Tal vez esté en la naturaleza humana...

-Es posible que tenga razón. Yo llegué a pensar, en infinidad de ocasiones, que las cosas que he hecho por mis hijos las hacía más por lavar mi nefasto comportamiento con mis mis padres que por cariño hacia mis criaturas. Era una especie de venganza al revés. No sé si me entiende.

-Claro que lo entiendo. ¿No lo he de entender? Y sus hijos serán, o habrán sido, ingratos con usted; y luego “se vengarán”, si me permite la expresión, con sus propios hijos.

-Y así una y otra vez -intervine yo-. Por lo tanto no vale la pena volver a los inicios del camino. Aquí se está muy bien.

-A menos -dijo el nacionalista- que uno tuviera la experiencia que ha logrado a lo largo de la vida.

-Claro, lo que usted pretende -apuntilló doña Paquita con un extraño brillo en los ojos- es pasar por el Hades y regresar sin haber tocado las aguas del río Leteo.

-Me pierdo -le respondió con ojos como platos el nacionalista.

-Busca usted -insistió la vieja maestra- una metempsicosis sin antes haber vaciado sus recuerdos.

Me sorprendió que el señor Jordí comprendiera aquel galimatías. Me dio la impresión de que estaba siendo un poco injusto con él.

-Sí, algo así -le dijo a la vieja profesora-. O si usted quiere, busco una quimera, una vuelta atrás, no por volver a vivir, sino por vivir, ciertas cosas al menos, de una forma diferente, para no tener que arrepentirme luego de nada.

-¡Es usted un reaccionario! -le grité-. Tal como Cicerón: desea recuperar unas virtudes que ya no eran las de su época.

-¿Qué dice? -vaya por Dios, volvía a hablarme de usted-. Yo no quiero recuperar nada... creo que en todo momento y lugar hay que actuar bien...

-Era una broma, perdóneme. Pero es que creo que también Cicerón buscaba lo mismo.

-Sí -atajó el sindicalista-. Aunque él no se percató de que los tiempos habían cambiado; y que la nueva moral estaba en el pecho de Julio César. Este comprendió enseguida que la Roma de Cicerón sólo existía en la cabeza del jurista. Roma ya no era un pueblo de labradores. Era la capital de un vasto imperio.

-Y requería de una moral nueva y un tanto maquiavélica -dijo doña Paquita con un dejo de ironía.

-También la moral cambia, como todo -apunté yo.

-No estoy de acuerdo con usted. Hay cosas que permanecen. La ley natural por ejemplo. La que impide hacer mal al vecino.

-Los mandamientos, vamos -le contestó el sindicalista con no menos ironía.

-Sí, algo así -replicó la profesora-. Ya sé que lo ha dicho con retintín; pero las leyes son iguales para todos.

-Lástima que no todos tengamos la misma ética.

-¡Ah, señor mío! Entonces esto sería una balsa de aceite.

-¿Usted cree? -preguntó el nacionalista-. Seguro que el hombre sabría como complicarse la vida. Y se la complicaría.

-No lo quepa la más mínima duda.

-Bueno, y volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué opina usted de la renuncia del papa?

-¡Pobre! -exclamó doña Paquita toda maternal-. Creo que los graves problemas del Vaticano han podido con él. Aunque no estuve de acuerdo con algunas de sus decisiones.

-La Iglesia es inamovible, querida señora -espetó el señor Jordi.

-Si se refiere usted al dogma, todos sabemos que eso no va a cambiar. Pero también hay, en la Iglesia, muchas interpretaciones, y esas sí que son susceptibles de cambio.

-Me parece a mí, doña Paquita -dijo el señor Tomás- que nos moriremos nosotros antes que ver a una mujer celebrar una misa.

-Bueno -intervine yo- pero eso es porque a nosotros nos queda medio telediario.

-Ya salió el animoso -espetó el Jorge de san Jorge.

-No le haga caso -dijo doña Paquita erigiéndose en mi bella dama defensora-. Desde que he llegado aquí siempre está amenazando con su muerte y su desaparición.

-Lleva así unos cuantos años -apuntó el viejo sindicalista.

-Eso es porque esconde algo. Me recuerda usted, y mucho, a don Miguel de Unamuno. Todos nos presentamos a los demás como queremos que nos vean. Pero los demás nos ven de forma diferente a como nosotros nos presentamos. Y a su vez proyectan otra imagen nuestra, que poco tiene que ver con las anteriores.

-Y al final -concluí- uno termina por no saber quién es.

-Efectivamente. Así que nada más sabio que aquello de nosce te ipsum, conócete a ti mismo.

-Es lo que yo he pensado que quiere hacer el papa al retirarse.

-Es posible -dijo el viejo sindicalista-. Y es una pena -sonrió de nuevo- que nuestros políticos no tengan la más mínima noción de filosofía. Se podían ir todos a un convento de clausura a conocerse.

-Para eso quitaron la filosofía del sistema educativo. Creyeron que en un corral sin gallos que cantaran, nunca amanecería.

-¡Qué poéticos estamos hoy! -exclamé-. Sólo falta que alguien se pague una botella de sidra.

-Eso está hecho -me asombró el nacionalista-. Aunque corremos el peligro, suponiendo que nos dejen tomárnosla, de que crean que somos unos herejes y que estamos brindando por la renuncia del papa. ¿No se acuerdan de lo que sucedió cuando murió Franco? ¡Qué tiempos aquellos!

-Con lo que me gustan a mí los cantos gregorianos -corté sus melancolías-. ¿Les he contado alguna vez uno de mis viajes a santo Domingo de Silos, cuando pasé toda una tarde oyendo cantar a los monjes?

No seguí. Por los gestos comprendí que aquella historia la había contado más de una vez. Me callé. Fuera hacía mucho frío. El cielo estaba muy negro. Comenzaron a caer las primeras gotas. Me acordé de las ventanas de mi escuela de niño y se me nublaron los ojos. La sidra estaba muy fresca y muy buena. Brindamos todos por nosotros. La verdad es que formábamos un bonito grupo.



Etiquetas:   Corrupción   ·   Ética

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