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Conocimientos adquiridos y la perversión de lo escrito


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15/02/2013

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Que una persona de elevada cultura armonice con el espíritu de su tiempo ha sido, desde siempre, una feliz coincidencia, una rara excepción.  Hoy, es mejor atenerse al consejo del viejo sabio:

                         Si no quieres que te roben hasta la última moneda

                              oculta siempre tu fe, tus viajes y tus riquezas

 

 Hay en estos días un conocimiento más o menos universal: el que se transmite diariamente por los medios masivos de comunicación.  Los audiovisuales, sobre todo.  Es curioso que todo gire en torno a ese conocimiento: desde la vida política de una ciudad hasta la cotidianidad de una familia.  Se ha convertido en el eje de toda formulación del pensamiento de tal manera que cualquier desviación se considera netamente perversa.  Por ejemplo, el hábito de leer libros. 

 Hoy en día los libros se han convertido en objetos absolutamente utilitarios: sirven para estudiar, sirven para completar de alguna forma lo que los maestros emiten desde sus cátedras, sirven para investigar contenidos específicos.  Es decir, tienen un servicio: objetivo específico ligado a su existencia. Son algo así como diccionarios más amplios y especializados. Tratan sobre un tema puntual que, por supuesto, tenderá a ser reproducido en formato pdf, o de CD-ROM, incluido en los rincones y conexiones de la Tela de Araña Multidimensional por la que se navega electrónicamente. Sirven también, tratándose de formatos más pequeños y contenidos más ligeros, para distraer las esperas en sitios donde no hay televisión: el Metro, por ejemplo, o la sala de espera del odontólogo.  Sirven para decorar oficinas de burócratas que pretendan pasar por ilustrados o de gente que, recién enriquecida, considera de buen tono tener en la sala de su casa un mueble de madera de nogal o de caoba repleto de esos objetos encuadernados en rojo o azul y con letras doradas en el lomo.  Pero todo otro uso que se les otorgue, como el de leer por el placer de ingresar al mundo de las palabras escritas y sus órdenes, es considerado raro, peligroso y, ciertamente, perverso.

 II.

 Nadie niega que el conocimiento se puede encontrar más fácilmente en los programas de televisión. Desde Mac Luhan hasta Adorno han tocado el asunto de la industria cultural y la imagen televisiva como algo primordial en el uso del tiempo libre. En los últimos días, he aprendido mucho de los canales del Cable: he aprendido sobre la evolución y costumbres de las jirafas, sobre el uso específico de un paquete de computación que tenía subutilizado en la PC, sobre las vidas de Jim Morrison y Malcom X y sobre las investigaciones actuales sobre el SIDA. Perversamente, he podido vincular tales adquisiciones: a) Con las teorías de Darwin y su viaje a las Galápagos y de allí con el poemario que Neruda dedicó a la Isla de Pascua; b) Con mi práctica cotidiana de hacer respaldos donde archivo documentos, agradeciendo a la tecnología el hecho de no tener archivadores de papel y nidos de plagas en mi casa, c) Con las características y expectativas de los años 60 y sus repercusiones sobre el estadio pesimista del fin del siglo XX, y d) sobre La Peste, de Albert Camus: noveleta y película, lo que me llevó al concepto medieval de la sanción divina provocada por las múltiples plagas de aquel tiempo signado por las cloacas abiertas de las ciudades.

 Vi un libro sobre la vida cotidiana en la Edad Media en los estantes de una lujosa hiperlibrería capitalina, mas no pude comprarlo. Archivé en mi memoria los datos para cuando vengan tiempos mejores. Todas esas perversiones, provenientes de mi contacto individual con las imágenes, me vienen del cúmulo de lecturas. Ignoro (y, ciertamente, es para mí un motivo de curiosidad) cómo reaccionan las personas que no poseen los conocimientos librescos ante los mismos estímulos. Ignoro cómo funciona un ítem aislado de información. Y eso me llena de gran curiosidad.

 III.

 ¿Qué es la perversión?¿Cuál es la definición de esa palabra tan usada, tan lanzada a los aires hasta casi agostarla de significados?¿Es la perversión un delito? Digamos que hay un centro que rige los valores de cada sociedad.  Un núcleo de epistemologías varias que convergen en lo que es comúnmente aceptado y asumido como universal para un grupo de individuos. Nuestras conductas, nuestros gestos y nuestras interpretaciones son versiones y visiones de ese núcleo, cuyo contenido nos es transmitido por convenciones sociales y herencia familiar.  Debemos construir nuestras vidas atravesándolo con limpidez, constituyendo con nuestros actos los rayos del eje que sostendrá la sociedad entera. Cualquier extravagancia, cualquier alejamiento de ese núcleo, cualquier torcimiento, trastocamiento o avance defectuoso, atropella la noción del equilibrio que da coherencia a nuestras verdades privadas y las organiza en el contexto de la Verdad Pública. Cualquier gesto extravagante es una perversión.

 IV.

 Pero aquí se plantea el problema de la Verdad. La Verdad tiene muchas versiones.  Eso la mixtifica y la desacredita en cuanto tal Verdad que debería ser.  La anécdota cuenta que Poncio Pilatos, mediocre gobernador romano que pasó a la historia por su rol en la anécdota sacrificial de Jesús El Cristo y aficionado a la lectura de los griegos, preguntó en su momento al hombre juzgado: ¿Y qué es la Verdad?  El discurso filosófico atribuye al vocablo dos acepciones: en primer lugar, la Verdad es una proposición que es verdadera a diferencia de todas las demás que son falsas.  En segundo lugar, la Verdad es una realidad que es real a diferencia de otras que son ilusorias o aparentes, irreales o inexistentes. 

 En cualquiera de los casos, siempre se remite a la subjetividad, al juicio parcial o parcializado del individuo, a su capacidad para difundirlo y conquistar adeptos: a la versión de la Verdad. Por otra parte, Aristóteles, a quien muchos reconocemos como nuestro padre, educados dentro de sus dogmas y sus doxas, estableció que no podía existir Verdad sin Cosa con la cual relacionarla.  Agregaba el hombre aquél que peripatetiaba con sus discípulos por ágoras tan famosas como hoy puede serlo el Boulevard de los Soñadores, que toda Verdad debe ser enunciada, es decir, llevada a la forma literal: presentada como figuración del Logos, esa cosa que, indiscutiblemente, es la base de toda creación. Representada en escritura. Eso responde al criterio teológico de la Palabra que se pronuncia y la Palabra que se escribe. A la potencia de la Palabra escrita, que llegó a producir temor y temblor en todo aquél que la recibía.

 Curiosamente, Jesús El Cristo, del que dicen que dijo que él era El Camino, La Verdad y La Vida jamás llegó a escribir una sola palabra, por lo menos que se sepa.  Sus discípulos versionaron vida, procederes, milagros y discursos y nos los hicieron llegar, acuñándolos con el indiscutible argumento de la verdad de fe. No seré yo quien discuta historias que han sido acatadas por tantos líderes espirituales.  Me hundiría si así lo hiciera en el vértigo de una argumentación interminable con los seguidores de tal verdad, en sus millares de versiones, traducciones y traslaciones.  Creo que lo único que se puede sacar en claro de esta disertación es que el Tiempo pone a prueba las versiones de la Verdad y aquéllas que son más resistentes y se manifiestan con hechos indiscutibles y contundentes dentro de la historia de los hombres y sus sociedades son las que pueden llevarse después a la mesa de los juicios, al análisis de los generadores del pensamiento.

 V.

 La palabra escrita da potencia al enunciado porque lo representa en imagen. La cualidad abstracta de tal imagen (digamos: la arbitrariedad de la forma escrita con respecto de su correspondencia sonora y más aún con respecto del sentido) proviene de un conocimiento que no es posible determinar en sus orígenes. Pudiera ser conocimiento revelado. Pudiera ser, y sin duda así lo creen muchos, especulación de la Divinidad, en el sentido de reflejo de su esencia en los signos que, otorgados a los hombres por algún prodigio, son capaces de emitir y transmitir una vocalización o sus conjuntos que de otra manera serán solamente sonido en el viento. Ni las grabaciones magnetofónicas o radiofónicas ni sus variaciones tecnológicas han podido re-producir el prodigio de la escritura en su más prístina formulación: el milagro. Toda escritura transmite algo: desde una simple nota de administración casera hasta las de quien explora los ámbitos del espíritu.  Toda escritura descubre a los ojos de los entendidos un aspecto inédito de la mano que escribió. Toda escritura es un espejo que capta el instante y lo vuelve a reproducir cuando se contempla de nuevo. Esta afirmación concilia a Bergson con Giordano Bruno. Toda escritura es conjuro.

¿De dónde proviene ese poder de conjuración?

 Ese misterio, esa concepción de la fe, dan al Libro permanencia. De hecho, todo Libro es sagrado, aun el más utilitario, y es factible aceptar que sobre él se jure para apuntalar una verdad. Una Verdad prodigada es en cuanto puede ser leída, lo dijo Aristóteles, repitiendo un conocimiento que venía desde tiempos más antiguos.

 15 de enero del 2013

 @milagrosmatagil



Etiquetas:   Comunicación   ·   Libros

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