No soportan el trabajo bien hecho, tal vez porque son conscientes de que es el más peligroso. No tragan al periodista incómodo, ese que sabe que pondrá en aprietos a su jefe. Las preguntas difíciles son una ofensa; las críticas, una afrenta y las entrevistas, una amenaza. Cuidan hasta el último detalle para que todo salga perfecto, incluso cuando no corresponda con la realidad. Apuntan cada desplante –muchas veces imaginado- en esa lista de “enemigos” que suelen engrosar los periodistas más honestos de la ciudad. Son los perros de presa, jefes de prensa que se dedican a maquillar realidades y morder a través del teléfono.



