. Ya no basta
producir y vender, sino que se requieren conocimientos aplicados que permitan
incrementar el valor agregado de aquello que producimos. Es un mundo
competitivo, globalizado y en constante transformación, por lo que las viejas
fórmulas de las economías agro-pastoriles hoy se encuentran en decadencia.
En este
contexto, podemos ver que aquellas economías basadas en el conocimiento son hoy
las que más riqueza generan, las que tienen más competitividad y pueden ofrecer
mejores resultados a su gente. Hemos escrito y hablado mucho de Finlandia,
Singapur, Taiwán o Corea del Sur, países en donde el alto nivel educativo de su
gente ha derivado en el liderazgo a nivel mundial en sectores estratégicos,
como la educación, el desarrollo tecnológico o la generación de ingresos que permitan
minimizar la pobreza. Ciertamente, hay mucho que aprender de estas naciones,
pero también en el interior de nuestras economías emergentes tenemos algunos
ejemplos que podemos analizar para buscar el camino hacia economías más sólidas
y con mayor capacidad de respuesta a las grandes necesidades de la gente.
Uno de esos
datos llamativos que encontré en estos días es el crecimiento del 15% -en 2012-
de las exportaciones de la industria electrónica del estado de Jalisco, México.
Este estado del Occidente mexicano tiene una población cercana a los 7 millones
de habitantes, es decir una cantidad similar a toda la población paraguaya. Con
600 empresas en el sector, las exportaciones de productos electrónicos (sobre
todo teléfonos celulares, computadoras, tabletas y accesorios) generaron
ingresos superiores a 21 mil millones de dólares el año pasado, en tanto en el
sector de crearon 100 mil empleos. Esto nos habla de un sector en franco
crecimiento (a nivel mundial y sobre todo en las economías emergentes) y de una
apuesta hacia la producción especializada en el campo de la tecnología.
Mientras solo un
sector en un estado de un país puede generar estos ingresos, en otro país como
el Paraguay los grandes números de referencia apuntan a las exportaciones de
carne, que totalizaron poco más de mil millones de dólares. 21 a 1. La notable
diferencia de fondo es que hoy en día los precios de los productos que dependen
del conocimiento aplicado son muy superiores a aquellos que sólo dependen de la
manufactura. Producir programas informáticos genera más ingresos que plantar
soja. Este vuelco debe ponernos en un punto en el que ya dejemos de pensar en
la simple venta de materia prima, e incluso en la industrializada, y obligarnos
a pensar en la economía del conocimiento, en donde la competitividad de lo que
hacemos dependa, justamente, de la capacidad de nuestra gente.
En lugar de
tener una larga lista de terratenientes que explotan la tierra en forma
desmedida, sin aportar tributos ni generar una justa distribución de ingresos,
deberíamos tener una larga lista de centros de formación en tecnología y de
empresas que apuesten al crecimiento en un sector estratégico, a partir de la
capacitación de los recursos humanos. Desde hace más de una década se habla de
que el Paraguay podría ser un centro de exportación de programas informáticos
en la región, pero en el país del eterno potencial y la esperanza inmortal
cuesta mucho planificar, avanzar y concretar. Las discusiones siguen girando en
torno a trivialidades y populismos, lo cual nos aleja de los debates sobre los
grandes temas que le urgen a la sociedad.
Romper la
dependencia de los modelos primarios de producción y empezar a desarrollar
modelos basados en el conocimiento aplicado debería ser uno de los objetivos
fundamentales para los siguientes gobiernos. Hay que comprender que no se trata
de abandonar las riquezas que tiene el país en cuanto a recursos naturales,
sino, por el contrario, sacarles un mayor provecho al tiempo que se busca
generar ingresos y empleos a partir del desarrollo de los sectores que nos
ubiquen a la vanguardia. Es el conocimiento, no la fuerza.