. Si necesitamos una definición fuerte de la democracia, es en parte porque hay que oponerla a aquellos que, en nombre de las luchas democráticas antiguas, se constituyeron y siguen constituyéndose en los servidores del absolutismo y la intolerancia”.
Alain Touraine La intolerancia forma parte del cosmos en que está inmersa la Argentina. Oímos aquí y allá, leemos en un diario oficialista, en uno diario opositor, lo sentimos en la calle, en cada cuadra, en un bar comiendo una milanesa mirando TN en mute, en un auto que se detiene dos segundos más cuando el semáforo está en verde y las bocinas estallan al compás de un fragor verbal que implica ante todo la disminución del otro como ser, en las discusiones sucedidas en el transporte público, que te colaste, que vos, que yo, que el chofer insulta, miradas odiosas, en la irritabilidad como espejo de todos. En el manual del intolerante, la primera página afirma que el prójimo es un idiota con nula capacidad como dador, una piedra que hay que sacar del camino bajo cualquier método, incluida la violencia. Vos sos una afrenta a mi inteligencia, sos demasiado poco. Violencia e intolerancia se abrazan en este sendero y juran no volver a separarse. Tal vez a imagen y semejanza del porteño que soy, generalice particularidades de una ciudad en combustión como Buenos Aires y la realidad en otros puntos del país, conociéndola bien y no de oído, sea bastante diferente a lo que palpitamos acá en la jungla, en el cemento, en la construcción de torres en Caballito, en el día a día. Tiene todo su derecho a decirme, pibe, dejá de pensar que son el ombligo del país. Nos lo hacen creer, diré. Quizás tenga razón. Algunos sostienen que la atmósfera generada por este gobierno trae intolerancia como respuesta, y sin repetir ni soplar, diremos “crispación”, “condena social”, “gorilas”, “viven del Plan”, “vendepatria”, “cipayos”, pedimos disculpas si nos olvidamos de algunos términos, el discurso se enmaraña en este tipo de conceptos didácticos, sencillos de comprender, pero que, por su naturaleza simplona, tampoco resuelven y se convierten en comidilla de tacheros, comerciantes, una charla de 5 minutos y ya está, nos sacamos de encima la responsabilidad ciudadana, los políticos son unos hijos de puta y nosotros, pobres víctimas. La simplificación avanza en los asuntos públicos y todos queremos tener la respuesta perfecta, que no nos demore mucho el pensamiento y que resuelva el enigma, y si puede ser con menos de 140 caracteres y qué mejor que nos conteste una minita, maybe levantamos algo. No negaremos que en los gérmenes de la intolerancia hay varios actores que otorgaron su granito de arena: políticos, sociales, comunicacionales y los sujetos a pie, sería una zoncera contemplarlo de un modo piramidal, epidémico, Cristina y sus allegados son intolerantes, por ende todos nos convertimos a imagen y semejanza en lo mismo, un razonamiento infantil, erróneo, lavarnos la culpa para enrostrárselo a otro. La postura ética de abrir el diálogo es un juego mediático, sólo eso, el aparentar un liderazgo desde el criterio de la consonancia, sabiendo que es puro maquillaje. Para menguar los errores hablamos de condena social, hacemos pucherito, unas disculpas por aquí, otras por allá. El mensaje a la sociedad se torna difuso, los medios, unos y otros, borronean aún más la imagen, a esto le sumamos la frustración del ciudadano, con sus mambos, problemas de guita, que no llegamos a fin de mes. Es todo y a la vez nada. Y puteamos a quien venga, si está con la familia mala suerte, decimos que la otra es una hija de puta, y bueno, no, no, se me fue la mano, y nos dormimos en el colectivo si hay una embarazada, anciana, lo que sea, la intolerancia tiene muchas facetas y nos involucra de lleno a cada pieza de este tablero de ajedrez. En esto, hacernos creer que no formamos parte, nos vuelve más cómplices.