. Esta enfermedad la
padecen cada vez más personas, y consiste en un deseo irrefrenable de
convertirse en funcionario a toda costa. Una de las características principales
de las personas que padecen esta enfermedad es que les es indiferente el
trabajo a realizar. Les da lo mismo si son funcionarios en educación, en la
policía, como bomberos, en hacienda, en el ayuntamiento o en sanidad. Este
desinterés por el trabajo a realizar se debe a que, en realidad, no pretenden
realizar trabajo alguno, ya sean maestros o médicos de cabecera. La funcionaritis la sufren con frecuencia
personas que han estado trabajando en el sector privado cobrando un pastón y que
ahora se encuentran en el paro. Este tipo de personas, curiosamente, maldicen a
los funcionarios mientras estudian oposiciones para convertirse en uno de
ellos.
Es evidente que ser funcionario es un
privilegio. Y no es un privilegio porque, como piensan algunos, los
funcionarios tengan muchas vacaciones y un sueldo fijo a final de mes. Ni las
vacaciones son tantas ni el sueldo es para echar cohetes, teniendo en cuenta
sobre todo el tipo de trabajo y la responsabilidad que implica. Ser funcionario
es un privilegio porque se realiza una función para el beneficio de una
sociedad. Los médicos, los bomberos, los policías, los profesores,… todos ellos
y muchos más realizan una función básica y fundamental para el buen funcionamiento
y el bienestar de la sociedad, una función que, por otra parte, en la mayoría
de las ocasiones no está suficientemente bien valorada. Los médicos, los
bomberos, los policías, los profesores se enfrentan a menudo con la inutilidad
de los políticos que dificultan su tarea y, para más vergüenza, con el
desprecio de los ciudadanos para los que trabajan. Y, a pesar de que ser
funcionario en España es un trabajo ingrato, se levantan cada mañana para
seguir realizando una labor que casi nadie estima. Ante cualquier crisis
económica, sus conciudadanos les critican por su “envidiable” situación
laboral, pidiendo en los foros que se eliminen funcionarios y que se les rebaje
el sueldo, sin preocuparse de que la mayoría de los funcionarios tienen sueldos
ya bastante miserables. Eso sí, esas mismas personas exigen a los gobiernos que
cuando se ponen malos les atiendan en la Seguridad Social de puta madre. Sin
embargo, nadie se acordaba de los funcionarios cuando la mitad de la población española
se compraba un Mercedes y un pisito en la playa trabajando a la sombra del boom
inmobiliario.
En el funcionariado, como en todos los
ámbitos laborales de este bendito país, hay buenos y malos trabajadores. Lo que
sucede es que hay funcionarios que antes que nada son policías, médicos o
profesores, y hay profesores, médicos y policías que antes que nada son
funcionarios. Tanto a esos como a los que ahora quieren ser funcionarios sin
importarles su trabajo, sobra decir que no solo habría que prohibirles la
entrada a la función pública sino incluso al propio país.