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Verba vana


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02/02/2013

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VERBA VANA






Vicente Adelantado Soriano





Parirán los montes, nacerá un ridículo ratón.

Horacio, Epístola a los pisones.





El odio contra él, que sacaba provecho incluso de la carestía de trigo, se incrementó, pues se dio además la circunstancia fortuita de que se anunciara, en un momento en que el hambre sacudía a la población, la llegada de un navío procedente de Alejandría cargado de arena para los luchadores de la corte.

Suetonio, Vidas de los doce césares.





Creo que fue allá por el segundo o tercer viaje importante que hice cuando, una mañana, a la salida de la Alhambra de Granada, se me ocurrió la idea. La explicación que había oído era muy peregrina, y nada tenía que envidiar a otras oídas en otros ámbitos menos profanos o jocosos, por decirlo de alguna forma. En una parte de la Alhambra dos estancias se comunican, o se comunicaban, por un pasillo tan estrecho y pobre que desdice del resto del palacio. Unas señoras mayores quisieron saber por qué aquel pasillo tenía tan escasa holgura. Y un ujier que había por allí, andaluz para más señas, lo explicó con su conveniente cachaza y acento:

-Señora -dijo- esto está hecho así porque cuando el sultán quería saber si la sultana estaba preñada, la hacía pasar por aquí tocando una pared con la espalda. Si en la otra pared le tocaba la barriga, es que estaba embarazada.

No pude reprimir la carcajada. Se me heló la risa, no obstante, al ver y comprobar que las buenas mujeres se habían creído la broma, y se hacían lenguas y alababan la sabiduría de “aquellos moros”. Por supuesto que oí luego, o antes, ya no recuerdo, la explicación de las oscuras manchas que hay en la pequeña alberca de la Sala de los Abencerrajes. Como es sabido, se debe a que allí fueron degollados unos cuantos de estos señores porque la sultana le fue infiel al sultán con uno de ellos; y como no dio un paso adelante el culpable, el rey hijo justicia cortándoles la cabeza a todos y cada uno de ellos. Bajo el agua todavía se pueden ver restos de sangre abencerraje. ¡Ay, el amor!

Curiosamente me contaron una historia muy similar en el monasterio de san Pedro de Cardeña, en cuyas puertas está enterrado Babieca, el caballo de don Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido por el Cid. Allí también me mostraron una pequeña alberca con la sangre, no de los infieles, sino de los monjes cristianos degollados por las tropas de Almanzor. Me llamó la atención la supervivencia de la sangre, bajo el agua, pagana y cristiana; y el que los arcos del claustro de san Pedro se parecieran mucho a los de la Mezquita de Córdoba. Luego, cómo no, el fraile que me enseñó el viejo convento hizo hincapié, hasta la saciedad, en la desamortización de Mendizábal, y en lo negativo que fue este pobre ministro para el futuro del país. Convento, cenobio, ermita, iglesia, basílica o catedral que he visitado a lo largo de mi vida no ha dejado de maldecir a este ministro ni a su desgraciada desamortización. Nadie, sin embargo, ha recordado nunca los decretos de Napoleón cuando tomó Madrid. Este se propuso reducir el número de conventos a la tercera parte, “pues las órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado considerable es perjudicial a la prosperidad del estado.”1

Ni que decir tiene que esto no sentó nada bien en los conventos. Ni la abolición de la Santa Inquisición. “¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo de las procesiones que allí salen con motivo de las funciones del Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid si quieren hacer plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna, porque 72 conventos para una población de 160.000 almas me parece que no es mucho.2

No recuerdo ya, ni tiene mayor importancia, si el fraile que estaba en contra de la supresión de la Inquisición, y de los conventos, también tenía en cuenta, en sus cálculos, a las iglesias y a los curas de aquel Madrid de finales de 1808. Sí que me llamó la atención que en ningún convento o iglesia se me hablara de la importante cantidad de frailes que había cuando Mendizábal entró a formar parte del gobierno. Y, por supuesto, nadie habló nunca del fraile que estaba más horas fuera del convento que en su celda o capilla. También Galdós, como Lázaro de Tormes, se ocupa del caso, y no para alabarlo.3

Pero con esto me he desviado de mi tema. Como decía, viajando por España, y visitando castillos y conventos, y más al salir de la Alhambra, se fue abriendo en mí la idea de escribir un pequeño ensayo sobre las explicaciones que daban los distintos guías en los distintos monumentos. Algunas de aquellas explicaciones me llenaron de zozobra, otras me hicieron reír, y las más me dejaron indiferente.

Recuerdo que un verano regresé a Burgos, pues dos cosas se me habían quedado por visitar, y no me lo perdonaba: la cartuja de Miraflores y el monasterio de las Huelgas. De este último me intrigaba hasta el nombre, cosa que también me sucedió con Sos del rey católico y con el de otros muchos lugares y ciudades. En las Huelgas tuve la suerte de que una amable señorita, correctamente uniformada, explicara que “huelgas” viene del verbo latino holgare, es decir, descansar, puesto que el convento era real, y allí descansaban, holgaban, los reyes de Castilla. Oyéndola respiré aliviado: había conseguido solucionar un viejo y enquistado problema. No obstante, terminada la visita al monasterio, camino de Burgos, me asaltó la duda: no me cabía en la cabeza que con tanta monarquía, tanto rey, tanto convento y conventículo, sólo uno sirviera para holgar o descansar. Nadie me supo solucionar el problema. Sin duda porque no recurrí a las personas adecuadas.

Algunos años después tuve la enorme suerte de tropezarme con un libro de mucho éxito y predicamento. En dicho libro, por fin, se me explicó la etimología de la palabra, y se hizo de forma razonable, lógica y convincente. Huelgas proviene de una palabra, olca, de una lengua prerrománica, y significa “terreno cercado inmediato a la casa”4. Quedeme tranquilo y satisfecho con la excelente explicación del profesor don Rafael Lapesa. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando muchos años después, en otra visita al viejo monasterio, la azafata de turno seguía encastada en la fácil y falsa etimología con su o trabada y su diptongación. No dije nada por no parecer un erudito, que no lo soy, y un maleducado, que trato de no serlo.

Los tiempos fueron cambiando, algunos guías estaban mejor preparados; y siempre que podía, y me dejaban, hacía la visita a los alcázares y conventos por mi cuenta y riesgo. Y así fui perdiendo el interés por hacer un absurdo ensayo sobre las explicaciones de los guías y las azafatas. Pero como quiera que no puedo estar sin hacer nada, cosa que es una maldición divina, di en recoger frases de los políticos y hacer con ellas un rimero de chistes y gracias. Me sentí un tanto molesto cuando me enteré de que, hacía ya muchos años, un autor griego había tenido la misma ocurrencia que yo.5 Él, sin embargo, tuvo la suerte de tropezarse con buenos gobernantes, o de creerse lo que estos decían.

Hoy en día los gobernantes se parecen cada vez más a aquellos guías que conocí en mi juventud: hablan y dicen cosas sin explicar nada, aunque se lee, bajo ellos, un verso de Juvenal: Pues ¿qué importa la infamia si el capital está a salvo?6O a los profesores que, según un maestro que tuve, allá cuando hice el bachiller, jamás pronunciaban aquello de no lo sé. Según nos contaba mi viejo maestro sucedía eso en la Edad Media: in illo tempore, nos decía, si no sabían una cosa se le inventaban; y si habían descubierto un pueblo o aldea, fantaseaban con el que había tras las montañas. Allí, do nadie había estado, habitaba una gente que tenía el labio inferior tan luengo que les llegaba al tobillo. Era así porque lo utilizaban como sombrero en el verano y como manta en el invierno. Está claro que no todo el mundo se creía semejantes sandeces: donde hay duda, nos decía el maestro, hay avance. Era muy positivo mi maestro.

Hay frases, no obstante, que no son pronunciadas para crear la duda o afirmar la propia sabiduría, sino todo lo contrario. Máxime si van acompañadas de una cierta gracia. Me pareció genial la definición que dio el presidente del gobierno, hace muchos años, sobre un miembro de la oposición, quien alardeaba, de vez en cuando, de ser el número 1 en las oposiciones de su promoción. Dijo Adolfo Suárez sobre Fraga Iribarne que este tenía tantas cosas en la cabeza que no le cabía el sentido común. Es una frase terrible por cuanto no da pie a la réplica y provoca la ira. No obstante, tras unos momentos de reflexión, difíciles de conseguir en una acalorada discusión donde el público ríe y alborota, todo es susceptible de ser contestado. Ahora bien, hay otro peligro no menor que la frase graciosa o brillante: la repetición. Oír una y otra vez lo mismo conlleva, al parecer, aceptar como una verdad lo que bien mirado no es más que mera palabrería entonada una y otra vez por el corifeo y subrayada, una y otra vez, por el coro. Una necedad repetida día y noche al final puede pasar por una verdad incontrastable. Sí, desde luego: donde se duda se avanza.

La medicina árabe fue una de las medicinas más avanzadas de la Edad Media, cuando se construyó la Alhambra. Aquellas buenas mujeres no lo sabían.

A veces oyendo a los políticos de hoy me acuerdo de mis visitas y correrías por conventos y monasterios. Tanto hablarme frailes y monjes en contra del señor Mendizábal, llegué a creer que este había sido el hombre más nefasto que tuvo nunca nuestro desgraciado país. No obstante, no hizo nada el pobre hombre que fuera en contra del interés general. No entiendo por qué los buenos de los monjes no me hablaron de María Cristina, de su morganático marido y del nefasto papel que jugó el clero en las guerras carlistas, por ejemplo. También ahora, y según ciertos guías, la culpa de la crisis la ha tenido el español medio que ha vivido por encima de sus posibilidades adquiriendo un coche, un piso y una televisión de plasma. Sin duda es por eso por lo que tenemos que pasarlo mal en estos momentos, pues de lo contrario el sultán se percatará de quien más y quien menos toca con la barriga en la pared de enfrente. Y esos serán los castigados.

Desde luego podría venir ahora, de nuevo, Napoleón Bonaparte y calcular no ya los conventos y frailes que hay en el país, sino las nuevas órdenes, es decir las corporaciones y los cofrades que mantenemos entre todos: tenemos 17 autonomías, unos tantos presidentes, 400 parlamentarios autonómicos y 170 consejeros, tirando por lo bajo, secretarias, conductores, guardaespaldas, senado, cortes, gobierno central con sus ministros y sus asesores, parlamento europeo, eurodiputados, curas, monarquía y amigos, coches oficiales... Sí. Está claro: estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. No se puede mantener a tanta gente, máxime cuando por ellos hay que renunciar a la asistencia médica, y a buena parte del sistema educativo. Sin contar el dinero que distraen entre corruptos y corruptelas. No, desde luego, no podemos mantener este tren de vida.

Hace tiempo que no visito la Alhambra, y no por falta de ganas, así que no recuerdo si era necesario, para ir de una estancia a otra, pasar por aquel angosto pasillo, o si este, en alguna restauración, ha pasado a mejor vida. Sea como fuere, son muchos quienes no transitan por él, y quienes viven tranquilamente porque la crisis ni les afecta ni les afectará nunca. Por suerte para ellos, hoy se puede engordar sin necesidad, como le sucedió al ratón, de colarse por un agujero, y comer hasta estar saciado. El pobre ratón engordó tanto que tuvo que volver a pasar hambre para salir de la trampa. Si hubiera sido inteligente se hubiese ido llevándose la comida poco a poco, y la hubiese puesto en su propio paraíso terrenal. Luego, lejos del saco y del agujero, hubiera podido comer hasta hartarse y un poco más. No me digan que los corruptos no leen a los clásicos. Pues esto del ratón es de una fábula de Esopo. Y sí, han salido del saco sin peligro; pero por desgracia para ellos hay periodistas y partidos de la oposición, que no es que sean nada del otro jueves, pero menos da una piedra. Ellos son los encargados, a veces, de descubrir al voraz ratón. El descubrimiento da pie, como siempre, a mostrar los viejos muros, las viejas farmacopeas, y el daño irreparable que hizo Mendizábal por cuya negra culpa todo, tarros y tierras, se dispersó y perdió, en algunos casos. Los enemigos de la religión.

Si el señor Mendizábal hubiera vuelto a la vida, lo hubiesen crucificado los odios actuales de guías y cicerones. Nadie, ante su presencia, hubiese hecho un mínimo ejercicio de introspección para ver hasta qué punto era culpable de cuanto estaba sucediendo. Mendizábal, es indiscutible, era el enemigo de la religión, de los frailes y de los conventos, y del patrimonio nacional, que se malbarató por su culpa. Nunca los cicerones explican quién se benefició de la famosa desamortización. Aunque ya comenzamos a saber quienes se están aprovechando de la famosa crisis, y para qué sirven los famosos cicerones que tenemos en el gobierno. Como los monjes, culpan al Mendizábal de turno de sus propios problemas y de sus abusos e intemperancia. Y así en los casos de corrupción o bien el culpable es quien los ha destapado, o el juez que lo juzga. Y cuando ya no hay forma de negar nada, nos salta el gran cicerone con una frase que recuerda a Nerón: “Cuando un día le recordaron que firmara, como es costumbre, la pena de un condenado a muerte, exclamó: “¡Cómo me gustaría no saber escribir!””7. Dicha frase, en boca de Nerón, fue un sarcasmo.

Por supuesto ahora ya no hay penas de muerte, y menos por ser un corrupto. Así que en estos tiempos al nuevo gobernante, al contrario que a Nerón, no le va a temblar el pulso, no sabemos para qué, tal vez porque no tiene que autorizar ni una pena capital ni de ningún tipo. Pues entre eso, entre las comisiones internas, que no se van a tirar piedras a su propio tejado, y entre que a nadie le consta las irregularidades que se cometieron, ya sabemos todo lo que va a suceder: el pasillo era para saber si la sultana estaba embarazada, la culpa de todo es de Mendizábal, y si quieren explicaciones más eruditas, detestamos a los corruptos cuando ya es imposible defenderlos. No hay peligro de que a nadie le suba la tensión. Palabras y más palabras. Y en eso van a quedar los partos de los montes y el afán de limpieza, en ratoncillos y frases para la posteridad. A Nerón también le quedó muy bien aquello de “¡Cómo me gustaría no saber escribir!”. Si el condenado hubiera sido un enemigo de Roma hubiese dicho que no le iba a temblar el pulso ante su condena.

Para más inri, aquí, por otra parte, y sin castigar a nadie, hemos tenido también nuestra carga de arena proveniente de Alejandría: no hay dinero para educación ni sanidad; pero nuestros gobernantes con dinero público, que no suyo, avalan a equipos de fútbol y hacen aeropuertos para pasar el rato. Nos tememos, pues, que con comisiones internas y sin ellas, con tembleque de pulso o sin él, no nos van a dar más que palabras; y las palabras son aire y se las lleva el viento. Por suerte para ellos siempre habrá un señor Mendizábal y un Monasterio de las Huelgas. Y unas señoras que se harán lenguas de lo que sabían aquellos moros; y otros que se maravillarán con algunas etimologías. Es un error, no obstante, olvidar al resto del personal y el estado anímico de la nación.





1Benito Pérez Galdós, Napoleón en Chamartín, cap. XXIII



2Benito Pérez Galdós, Napoleón en Chamartín, cap. XXIV



3Sea suficiente para esto la conversación entre Gabriel Araceli y el famoso padre Salmón, véase Napoleón en Chamartín, cap. XXI. Con respecto a Lázaro de Tormes puede verse el Tratado segundo, el titulado El clérigo de Maqueda, entre otros.



4Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, Editorial Gredos. Madrid, 1984, p. 48



5Plutarco, Máximas de reyes y generales.



6Juvenal, Sátiras, Traducción, introducción y notas de Francisco Socas. Alianza Editorial, Madrid, 2010. p. 81



7Suetonio, Vidas de los doce Césares, Traducción y notas de Rosa Mª Agudo Cubas. Editorial Gredos, Madrid, 1992, II, p. 136





Etiquetas:   Corrupción   ·   Viajes

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