. Panamá no es una excepción, pues goza de indicadores económicos
envidiables que pronostican un futuro próspero, al mismo tiempo que sus niveles
de desigualdad y de fallas en la educación pintan un panorama no muy alentador
para un porcentaje importante de la gente.
Comencemos por
las bonanzas: el gobierno panameño previó para el año 2012 un crecimiento económico
de 10%. Esto se sumaría al repunte del año 2011, cuando el Producto Interno
Bruto (PIB) se incrementó 10,6%. Panamá tiene un ritmo de crecimiento sostenido
desde hace más de 20 años, y solo en los últimos cinco años su promedio fue de
8,9%, muy por encima del promedio de América Latina. Y la perspectiva futura se
mantiene favorable, con un pronóstico de 8% de repunte para 2013.
La estrategia de
este país centroamericano está basada en la explotación de sus enormes
oportunidades comerciales: teniendo al Canal de Panamá como punto de partida
para facilitar el comercio internacional, ha desarrollado servicios de
logística, comunicaciones, transporte y finanzas que no sólo favorecieron la
cuestión comercial sino que impulsaron la atracción de inversiones extranjeras
y el turismo. Los panameños saben cómo facilitar las importaciones, el paso de
mercaderías y el tránsito por su territorio con miras a los grandes mercados
mundiales. Y uno de sus aciertos fue convertir al país en un centro aéreo, con
lo que ha mejorado notablemente la confianza para operar en su territorio y de
paso generar una afluencia importante de turistas.
De acuerdo a los
datos de diferentes organismos internacionales -como el Fondo Monetario
Internacional (FMI), Naciones Unidas y el Banco Mundial (BM)- es el país con
los ingresos por habitante más altos de Centroamérica. Visto desde la
perspectiva de su potencial, algunos dicen que podría ser "la Singapur de
América", aunque todavía hay algunas diferencias notables que limitan este
futuro que parece muy prometedor.
Uno de los
grandes problemas de fondo es la desigualdad: mientras los indicadores muestran
crecimiento, la pobreza sigue afectando a una buena parte de la población, que
vive en condiciones precarias y en un ambiente rural de pocas oportunidades,
lejos de la concentración de la riqueza en las grandes ciudades. Los datos de
la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) dicen que la pobreza afecta
al 26% de la gente, en tanto otros estudios sitúan la cifra por encima del 30%.
Aquí tenemos el reflejo de dos realidades: una en donde hay mucho comercio y un
incremento de la riqueza, y otra en donde dicha riqueza no llega y en donde las
limitaciones pueden más que las inversiones extranjeras y los flujos de
capital.
La calidad de la
educación es un problema serio en Panamá, pues la riqueza no llegará a los
pobres mientras estos sigan sin tener preparación y sin saber aprovechar las
oportunidades. Al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, los
sistemas educativos siguen siendo precarios y con muchas deficiencias, por lo
que un segmento importante de la población carece de las condiciones necesarias
para conseguir un buen empleo, para emprender o para competir en un mercado
laboral que necesita gente con preparación.
Observar la
realidad panameña debe servirnos para asumir que más allá de las bonanzas
económicas que tienen nuestros países tenemos desafíos muy grandes que debemos
afrontar. Lo primero es revertir esa condición de desigualdad que hace que cada
vez que haya un buen momento económico terminemos por generar más pobres y más
exclusión. Cuidar los indicadores macroeconómicos no le alcanza a una
Latinoamérica a la que le urge devolverle la oportunidades a la gente. Así como
hizo Singapur o como lo hacen los países nórdicos, deberíamos empezar por
igualar a la gente en materia educativa, por tener una formación incluyente y
de mayor calidad, para así minimizar esa enorme brecha que tenemos entre los
que concentran la riqueza y los excluidos, entre los que saben aprovechar
oportunidades y los que quedan a merced de su falta de conocimiento.