Demasiado amables



En España los casos de corrupción ya nos han desbordado por completo. A pesar de sus recíprocos y absurdos reproches basados en el ya consabido lema de “y tú más”, casi todos los partidos políticos de nuestro país cuentan con algún caso de corrupción en su historia: el PSOE, el PP, CiU, Coalición Canaria, el PAL, Unión Mallorquina, UPN, PNV, Izquierda Unida, BNG, etc. Y no existe casi ninguna institución ni administración pública que se libre de este tipo de casos; ayuntamientos, concejalías, gobiernos autonómicos, consejerías, gobiernos centrales, ministerios, casa real, fundaciones, empresas privadas.

 


Es frecuente que en un país de ladrones como es España existan más casos de corrupción que en el global de todos los casos del resto de Europa juntos. Aunque no lo he comprobado, me atrevería a aventurar que en cuanto a corrupción estamos al nivel de algunos países africanos. Es parte de nuestra ancestral naturaleza pícara. Pero, para nuestra desgracia, seguramente los casos de corrupción que han salpicado en estos últimos años las portadas de los medios de comunicación son solo la parte más visible de una corrupción generalizada e institucionalizada. Toda la normativa aplicable, toda la legislación tributaria, todas las leyes fiscales, todas las leyes penales benefician directa o indirectamente al corrupto, al defraudador, al ladrón. Robar sale barato. Acuerdos bajo mano, contratas a cambio de favores, familiares enchufados, puestos de trabajo en empresas privadas para cargos púbicos a cambio de esto y lo otro, fundaciones para blanquear dinero, o para distribuir dinero, o para justificar gastos inexistentes, o para recibir subvenciones del estado y repartirlas entre varios, cuentas en Suiza, trajes, obras públicas licitadas a amigotes,… En fin, dinero, dinero, dinero. Dinero, eso sí, público; dinero que debería ir destinado a personas dependientes, a becas para el estudio, a la mejora de los centros hospitalarios, a mujeres maltratadas, a comedores escolares, al aumento de las pensiones de los jubilados, a las perreras municipales, a la Cruz Roja, a la investigación contra enfermedades, a la mejora de los puntos negros,… Dinero, en definitiva, suyo y mío, de mi padre y de mi madre, dinero de mis hijos.

Hay unos versos del famoso escritor alemán Bertolt Brecht (1898 – 1956) pertenecientes a un hermoso poema titulado “A los hombres futuros” que dice “Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables”. Nosotros, los ciudadanos españoles que siempre hemos respetado la legalidad, que siempre hemos acatado las medidas justas o injustas de los diferentes gobiernos nacionales y autonómicos, nosotros que somos los encargados de construir un mundo donde nuestros hijos no sean pisoteados ni maltratados por el poder, nosotros, somos demasiado amables; demasiado amables con los partidos políticos a los que no les interesa atajar esta sangría, demasiado amables con los partidos políticos que no legislan para que se corrija esta situación, demasiado amables con los jueces que no levantan la voz, demasiado amables con las instituciones españolas con cuentas en Suiza, demasiado amables con este poder absolutista de los corruptos, los mal gobernantes y los empresarios esclavizadores. Demasiado amables.



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En España los casos de corrupción ya nos han desbordado por completo. A pesar de sus recíprocos y absurdos reproches basados en el ya consabido lema de “y tú más”, casi todos los partidos políticos de nuestro país cuentan con algún caso de corrupción en su historia: el PSOE, el PP, CiU, Coalición Canaria, el PAL, Unión Mallorquina, UPN, PNV, Izquierda Unida, BNG, etc. Y no existe casi ninguna institución ni administración pública que se libre de este tipo de casos; ayuntamientos, concejalías, gobiernos autonómicos, consejerías, gobiernos centrales, ministerios, casa real, fundaciones, empresas privadas.

 


Es frecuente que en un país de ladrones como es España existan más casos de corrupción que en el global de todos los casos del resto de Europa juntos. Aunque no lo he comprobado, me atrevería a aventurar que en cuanto a corrupción estamos al nivel de algunos países africanos. Es parte de nuestra ancestral naturaleza pícara. Pero, para nuestra desgracia, seguramente los casos de corrupción que han salpicado en estos últimos años las portadas de los medios de comunicación son solo la parte más visible de una corrupción generalizada e institucionalizada. Toda la normativa aplicable, toda la legislación tributaria, todas las leyes fiscales, todas las leyes penales benefician directa o indirectamente al corrupto, al defraudador, al ladrón. Robar sale barato. Acuerdos bajo mano, contratas a cambio de favores, familiares enchufados, puestos de trabajo en empresas privadas para cargos púbicos a cambio de esto y lo otro, fundaciones para blanquear dinero, o para distribuir dinero, o para justificar gastos inexistentes, o para recibir subvenciones del estado y repartirlas entre varios, cuentas en Suiza, trajes, obras públicas licitadas a amigotes,… En fin, dinero, dinero, dinero. Dinero, eso sí, público; dinero que debería ir destinado a personas dependientes, a becas para el estudio, a la mejora de los centros hospitalarios, a mujeres maltratadas, a comedores escolares, al aumento de las pensiones de los jubilados, a las perreras municipales, a la Cruz Roja, a la investigación contra enfermedades, a la mejora de los puntos negros,… Dinero, en definitiva, suyo y mío, de mi padre y de mi madre, dinero de mis hijos.

Hay unos versos del famoso escritor alemán Bertolt Brecht (1898 – 1956) pertenecientes a un hermoso poema titulado “A los hombres futuros” que dice “Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables”. Nosotros, los ciudadanos españoles que siempre hemos respetado la legalidad, que siempre hemos acatado las medidas justas o injustas de los diferentes gobiernos nacionales y autonómicos, nosotros que somos los encargados de construir un mundo donde nuestros hijos no sean pisoteados ni maltratados por el poder, nosotros, somos demasiado amables; demasiado amables con los partidos políticos a los que no les interesa atajar esta sangría, demasiado amables con los partidos políticos que no legislan para que se corrija esta situación, demasiado amables con los jueces que no levantan la voz, demasiado amables con las instituciones españolas con cuentas en Suiza, demasiado amables con este poder absolutista de los corruptos, los mal gobernantes y los empresarios esclavizadores. Demasiado amables.




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