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Django desencadenado


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26/01/2013

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DJANGO DESENCADENADO






Vicente Adelantado Soriano





Si no temiera ser injusto con la última película de Tarantino diría que lo mejor de ella es la frase publicitaria que la anuncia: la d, se entiende que la del nombre del héroe, es muda, la venganza no lo será. Tiene razón dicha frase: la venganza de nuestro héroe no sólo no es muda sino que es, como no podía dejar de suceder, espectacular. Y con esto llegamos al centro de la película, a su tema preferido: la muerte y la violencia como puro goce y disfrute, como espectáculo. Un espectáculo gratificador en este caso, ya que casi todos quienes mueren, siempre de forma violenta, son los “malos”, los esclavistas. Y llama la atención la cantidad de sangre que estos señores llevaban en sus cuerpos, pues, a veces, cuando disparan sobre ellos, parece que lo hagan sobre sacos de tomates bien maduros: el color rojo impregna camisas, cuellos de caballos y paredes, y surge de pechos y barrigas con la fuerza y la alegría de un manantial de alta montaña.

Lo malo de esta violencia es que, buscándola, el guión se pierde en una cada vez más inverosímil historia que termina por ser aburrida por lo previsible, y por la falta de credibilidad. Desde el momento en que la pareja protagonista llega a la plantación sureña, donde un enloquecido amo organiza luchas de negros, la película se va perdiendo en absurdos y en sin sentidos. No es la primera pareja, desde luego, que se mete en la boca del lobo o bien buscando a alguien, o bien huyendo de algo. Resulta más que llamativo el paralelismo de la película de Tarantino con la cinta de Richard Brooks, Los profesionales, o con la de Sam Peckinpah, Grupo salvaje. Las diferencias, sin embargo, son más que obvias: tanto Brooks como Peckinpah manejaron guiones sólidos, donde nada se dejaba al azar; y Tarantino trabaja con la idea fija de ofrecer más y más manantiales de tomate. El grupo salvaje penetra en la guarida del lobo, pero tiene las espaldas cubiertas para salir más o menos indemnes. Django y su compañero, el alemán cazador de recompensas, entran a pecho descubierto y con una historia tan endeble que no hacía falta ser muy inteligente para captar que había gato encerrado. Por supuesto se trataba de que lo descubrieran, ya que de lo contrario no hubiéramos tenido nuestra dosis de muertos con sus litros de sangre. Especialmente ridícula resulta la muerte de la hermana del dueño de la plantación: se nota a la legua que alguien, con una cuerda, ha tirado del muñeco al que acaba de disparar el señor Django. Ese tipo de saltos, y seguramente Tarantino lo sabrá, está mucho mejor resuelto en la película de Kevin Costner Open range. Y la traigo a colación porque las referencias cinematográficas, en las películas de Tarantino, son continuas, tanto que, a veces, parece como si padeciera un empacho cinematográfico. Tal vez un poco de bicarbonato le haría mucho bien al estómago de Tarantino a fin de destilar sus historias. En esta, alabado sea el Señor, no falta tampoco el sentido del humor: lo mejor es la escena de los jinetes cubiertos con las máscaras que, con el transcurso del tiempo, será la marca distintiva del Ku Klux Klan, o cabezas picudas. Resulta que con dichas máscaras, hechas por la mujer de uno de los integrantes, no ven absolutamente nada. Es, sin duda, lo mejor de la película. El resto hay que tomárselo como se podía tomar uno la lectura de un viejo tebeo allá en la infancia: no hay más pretensión. Es un puro espectáculo, donde se ve que la violencia y la venganza son bellas de por sí. No aporta nada, pero se puede ver tras un día de duro trabajo o un año de malas y peores noticias: Django, con sus gafas y sus revólveres, hace que nos olvidemos de las miserias cotidianas, aunque, para ello, siempre se prefiera Siete novias para siete hermanos o Cantando bajo la lluvia; pero, claro, no todos son los tiempos son unos. A tiempos bobos, películas bobas. Con mucho espectáculo y tomate, eso sí.







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