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Hastiados


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26/01/2013

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HASTIADOS






Vicente Adelantado Soriano





De la injusticia se origina siempre la inquietud.

Stefan Zweig, María Estuardo





No conviene ser ladrón ni presa, ni compasivo ni cruel: el espíritu del primero es demasiado blando, el del segundo demasiado duro; sea el sabio equilibrado, y en las cuestiones que se han de resolver más esforzadamente recurra no a la ira sino a la energía.

Séneca, Sobre la ira





Me volvió a suceder, en esta edad tan provecta, lo que ya me sucedió de joven, hace muchos años: me volví a hartar de la compañía de mis semejantes, a quienes rehuía con espanto. Mis compañeros, algunos al menos, parecen no tener pensamientos propios: hablan y discuten sobre lo que dicen los periódicos o la televisión. Me desesperan. Me pregunto, a menudo, oyéndolos, cómo serían las conversaciones en la Edad Media o, mejor aún, allá en la Prehistoria, cuando ni había televisión ni periódicos ni políticos. Es un enigma para mí. Y lo seguirá siendo. Imagino, no obstante, que aquellas personas pasarían la mayor parte del tiempo sin decir nada, sin hablar. El silencio es una bendición de los dioses. O puede serlo. Se lo comenté a una persona recién llegada a la residencia, doña Paquita, por quien sentí una cierta atracción. Por ella volví a participar en varias conversaciones en el salón. Es una persona muy erudita. Lo dejó claro nada más llegar.

-Porque una persona siempre recogida -me dijo citando literalmente a santa Teresa de Jesús, y yendo en contra de mis ansias de soledad-, por santa que a su parecer sea, no sabe si tiene paciencia ni humildad, ni tiene cómo lo saber.1

Evidentemente santa Teresa tenía razón: para conocerse hay que estar en contacto con las personas, así que me quedé y participé en una conversación de mis compañeros de residencia. No dijeron nada nuevo. Lo nuevo fue descubrir en mí cosas que no me gustaron nada. Uno nunca termina de conocerse, desde luego. Y cuanto voy conociendo, tal vez reflejo de los tiempos que vivo, me gusta tan poco que, en serio, la muerte va a ser bien dulce y muy bien venida.

Por todo esto de la angustiosa crisis económica que estamos sufriendo, quien más y quien menos ha perdido capacidad adquisitiva. Y los servicios prestados por los médicos, de lo que ellos no tienen culpa, y por la residencia, son cada vez menores y más deficientes. Algunos de nosotros, además, procuramos ahorrar todo cuanto podemos a fin de ayudar a hijos y nietos, con trabajos precarios los más, o en el paro... La situación se está volviendo insostenible. Hay demasiada gente sin trabajo. Y lo que es una vergüenza, lo peor de todo, lo que nos ha dejado mudos de indignación, hastiados, es todos los casos de corrupción que se van descubriendo día tras día, con un goteo desesperante, y a los que nadie pone solución. Y nadie, por supuesto, devuelve lo que ha robado.

-¡No es ninguna novedad! -gritó Martínez, el antiguo combatiente universitario-. Lo que sucede es que los dirigentes de los partidos políticos están muy acostumbrados a mirar hacia otro lado. Siempre que se denuncia a alguien de su partido dicen que es una conspiración de los del otro partido. Antes, en la dictadura, todo eran conjuras judeomasónicas. Ahora conspira la oposición y algunos jueces.

-Sí, aquí nos hemos pasado la vida conspirando unos contra otros -dijo alguien de la reunión.

-No, lo que ha sucedido, y sucede, en este país -intervine yo, con pocas ganas de hablar- es que nunca se ha tenido idea de eso, de país. La manada está por encima del país, y el partido por encima de todo, por supuesto. Hasta de la ética.

-En eso tiene razón usted -dijo doña Paquita con su hablar lento, pausado-. Estoy de acuerdo con usted. Y no sólo -explicó dirigiéndose a un pequeño nacionalista que teníamos por allí- por los afanes independentistas de catalanes y vascos, sino también por la jerarquía de valores que cada uno de nosotros llevamos en la masa de la sangre.

-¿A qué se refiere usted? -preguntó el independentista con cara de pocos amigos.

-Creo que está claro -intervine yo- quiere decir que amamos más los privilegios y las prebendas que el concepto de justicia.

-Justicia sí, pero no es mi casa -corroboró doña Paquita.

-¡Ya estamos con las mismas de siempre! -volvió a tronar Martínez-. Me parece, compañeros, que no se trata de un problema de individualidades, sino de partidos políticos.

-¿Y acaso estos no los componen las personas?

-Sí, claro que sí. Pero esas personas se rigen, o de se deberían regir, por un código deontológico. Y debería estar muy claro que quien lo incumple tendría que ser expulsado del partido, de la formación o de lo que sea. Y enfrentarse a un juicio.

-Es lo que estamos diciendo desde el principio, señor Martínez -volvió a intervenir doña Paquita-. Y como ya le hemos dicho -explicó de forma muy didáctica- luego, descubierto un caso de corrupción, tiene más valor el partido, preservar su posible fractura, que el hecho delictivo en sí.

-¿Y qué tiene que ver el nacionalismo en todo eso? -quiso saber el malcarado.

-Pues -explicó doña Paquita- que más que enseñar en las escuelas a amar un idioma, unos árboles, una gastronomía y unas fronteras, se debería enseñar a amar la justicia.

-¿Qué justicia?

-¿Le parece bien la natural? -intervine yo de forma un tanto sarcástica-. Y para que no me venga con sofismas: aquella que dice y proclama todos somos iguales, y no de palabra sino de obra...

-Usted sabe que eso es una entelequia, una quimera. Robe usted cien o doscientos euros para comprarse las medicinas del mes, o para comer un poco mejor, y verá lo que le sucede... ahora, si es el yerno del rey, o un político con ciertas amistades y papeles comprometedores... Hay bula. Al menos hasta que prescriba el delito.

-En eso tiene usted toda la razón -reconocí añorando mis paseos solitarios. Estaba harto y cansado de conversaciones sobre los políticos y la corrupción.

-¿Y cómo cree usted que podemos salir de esta situación? -quiso saber doña Paquita.

-Yo antes pensaba que diciendo la verdad, apoyando a los periódicos...

-¡Bah, los periódicos! -exclamó el inevitable Martínez-. Tienen tantos intereses, o más, que los propios partidos políticos.

-Y decir la verdad no sirve para nada -me dijo con dulzura doña Paquita-. Verá, yo siempre he pensado que los grandes maestros de este país, si se le puede llamar así -dijo mirándome- han sido los hijos de los conversos. Tal vez porque sufrieron en carnes propias la intransigencia, la persecución y vaya usted a saber cuántas cosas más.

-Es posible que por ahí vengan nuestros problemas.

-¿Qué quiere decir? -me preguntó Martínez.

-Que tal vez el error está en que se fundó el país sobre una idea religiosa, el cristianismo; y desaparecida la fe, se rompe la unión porque jamás se buscó la convivencia, en paz y con respeto, entre las diversas tendencias, religiones o llámelo usted como quiera, que hubo en la península. Aquí ha predominado la Iglesia por encima de todo. El conmigo o contra mí.

-Es una visión un tanto sesgada. No somos el único país católico.

-Pero sí el único con judíos, moros y cristianos...

-¿Y a santo de qué viene ahora todo esto? -interrumpió Martínez riéndose- ¿Ustedes creen que aquello, y Torquemada, al cabo de más de seiscientos años, todavía tiene peso en la historia actual? ¡Por favor! ¿Y qué tiene que ver todo eso con la corrupción de los políticos?

-¿Qué le parece a usted? -me preguntó doña Paquita.

-Que muy probablemente tenga razón el señor Martínez. No lo sé. Demasiados siglos. Ahora bien, estoy de acuerdo con usted en que de nada vale decir la verdad. Es tonto y absurdo. Siempre lo ha sido.

-Sí, es una de las grandes lecciones, olvidadas desde mi punto de vista, de Fernando de Rojas. Sí -sonrió al ver mi cara de estupefacción-, el autor de Calisto y Melibea. O La Celestina, como quiera. Calisto tiene un criado, ¿lo recuerda?, que le advierte en contra del otro criado, Sempronio, y de la vieja Celestina. Se llamaba Pármeno: Señor, más quiero que airado me reprendas porque te dó enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el nombre de libre cuando cativaste la voluntad.2

-Si ese Calisto hubiera sido de cualquier partido político -intervino Martínez riéndose y haciéndose el ignorante- hubiera acusado a su criado de conspirar en contra suya, mientras que hubiera defendido la honorabilidad del otro criado y aun de la madre Celestina. Es lo que se hace siempre en los partidos políticos.

-Nunca se me hubiera ocurrido -dije asombrado- traer a la Celestina a colación de cuanto está sucediendo en el país.

-Tal vez sea ese uno de los grandes errores de esta nuestra patria: el olvido de su propia literatura. El olvido de algo que, tal vez por desgracia, está muy vivo. Y no hablemos de la novela picaresca.

-Que es lo típico -volvió Martínez- de un país en quiebra. Señora -dijo dirigiéndose a doña Paquita- yo también sé algo de literatura. Y estoy de acuerdo con usted, aunque yo voy tras una visión más amplia de esta. Me explico: mientras la Inquisición buscaba a pobres diablos que no comían cerdo, o lo convertían en duelos y quebrantos, dejaba tranquilos a curas que vivían con sus barraganas, aunque las casaban con otros pobres diablos por aquello de si se quedaban embarazadas.

-Está usted hablando del Lazarillo.

-¡No! -exclamó indignado-. Le hablo de los inspectores hijos de puta que el otro día multaron, o intentaron multar, a dos jubilados por trabajar un trozo de tierra, y cosechar tomates para sus familias. Mientras, hay políticos con dos o más trabajos, cobrando por no hacer nada sueldos que usted no ha visto jamás, y robando y defraudando todo cuanto pueden, o haciendo la vista gorda, que para el caso es lo mismo; mientras sucede esto, y más cosas que ignoramos, estos denuncian a dos ancianos por cultivar cuatro tomates. ¿No es genial?

-Esto es un desastre tal que no hay por dónde cogerlo. Tengo miedo -dije en un arrebato de sinceridad-. Hay demasiada gente sin trabajo, muchísima corrupción, ningún viso de que la cosa vaya a cambiar, y mucho inútil ocupando cargos...

-Y poca o ninguna esperanza -me interrumpió doña Paquita-. A mí también me sucede algo similar -dijo-. Siempre he tenido un poco de miedo a la vejez. Ya sé, tonterías de juventud. Ahora no le tengo miedo; todo lo contrario: estoy contenta de estar con ustedes, de haber llegado aquí; estoy contenta de no dar clases, de no entrar en ninguna aula y de no tropezarme con los alumnos. ¿Qué decirles? ¿Qué enseñarles con todo cuanto está sucediendo?

-¡Bienvenida al gremio! -volvió Martínez con sus exclamaciones-. Creo que eso mismo nos lo hemos planteado todos, o casi todos. Tiene usted razón, ¿qué decirles? A veces las clases parecían un mundo a parte, un oasis, algo irreal. Los políticos, menuda ralea, están dejando sin asistencia médica a infinidad de ancianos y dependientes. Y se gastan el dinero público en avalar equipos de fútbol. ¡Tiene narices la cosa! Y uno de estos políticos se lleva veintidós millones de euros... y nadie se entera de que estaba robando, ¿tan sobrados van? Vamos, ni que se hubiera llevado un sello o un billete de diez euros. No, ni más ni menos que veintidós millones. Y ese es un caso... ¿Qué decirles a los alumnos? ¿Qué sean honrados? ¿Para que se los coman vivos?

-Yo luché por darles una educación real, por dotarlos de armas...

-Y puso Celestina como libro de lectura. Y le salió un padre protestando porque a los niños no hay que hacerles leer los clásicos, y además, la Celestina, menudo lenguaje utiliza.

-Sí, algo así me sucedió. Pero eso fue un caso puntual.

-Ahí quería llegar yo.

-Y mientras nosotros nos planteábamos esto, una educación para la vida -dijo doña Paquita- nos bombardeaban continuamente con nuevas propuestas didácticas...

-Que nunca son nuevas -volvió a interrumpir Martínez- ni aportan nada, ni sirven para nada.

-Nosotros -dijo doña Paquita entornando los ojos y recitando como si estuviera contando un sueño-, ante todo, tenemos un invencible horror a la Pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión irremediable. La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme, y ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquiera el nombre que tuviere; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos los dos grandes enemigos del hombre.3

-¡Vaya! -exclamé lleno de admiración ante cita tan larga dicha de memoria.

-Otra que predica con el ejemplo -dijo Martínez sonriendo-: no quiere que los otros aprendan de memoria, pero ella bien que la utiliza.

-En mi caso -respondió doña Paquita sonriendo también- se trataba de miedo. Sí, de miedo; me han oído bien. Tenía miedo a padecer de alzheimer, así que di en memorizar cosas que me interesaban.

-Es curioso: a un amigo mío -intervine yo- le sucedió algo similar. Tenía miedo a padecer esa enfermedad; se lo dijo a su médico de cabecera, y este le recomendó que memorizara matrículas de coche, números de teléfono... A mi amigo eso le pareció un juego absurdo y tonto. ¿Y saben lo que hizo? Se leyó todos los Episodios nacionales, de Galdós, y memorizó los nombres de todos los protagonistas, las novelas en las que intervienen, la serie a las que estas pertenecen, y los años de escritura y los años de la acción de cada uno de los episodios.

-Mira que hay gente rara en este mundo -dijo Martínez-. Aunque mejor eso -reconoció- que aprenderse la guía telefónica de memoria.

-Sí, desde luego -corroboró doña Paquita-. Al menos aprendería muchas cosas.

-¿Y para qué le sirvieron? -pregunté yo-. ¿Sabe? A mi siempre me impresionó aquel capítulo del Quijote en el que Cervantes fustiga el inútil saber...

-El de la cueva de Montesinos -me ayudó ella-, donde un personaje, el primo, está muy interesado en averiguar, entre otras cosas, quién fue el primero del mundo en tener sarna, si no me falla la memoria.

-Sí, algo así. Cuando leí el libro, de joven, aquel capítulo me impresionó. Y ahora, cada vez que lo recuerdo, no hago sino pensar que todo saber es inútil, al menos en este puñetero país.

-Si entiende usted por inutilidad lo mal aprovechadas que están las personas, al menos algunas de ellas, no le falta razón... Recuerde que Miguel de Cervantes era recaudador de impuestos. Nunca impartió ninguna clase en la universidad, si es a eso a lo que se refiere.

-Y el país funcionó igual -apuntó Martínez con un dejo de ironía.

-Y también seguirá funcionando con tipos que roben poco o mucho, con estafadores, con gente que los respalda y con toda la caterva de políticos...

-Yo no estoy tan seguro -interrumpí a doña Paquita-. No estoy tan seguro. Estoy asustado. Tal vez porque me he hecho muy mayor. No lo sé. Pero estoy asustado, muy asustado. Hay mucha gente sin trabajo, mucho sinvergüenza, poca justicia, y bastante desesperación... Y, desde luego, y pese al miedo cerval que estoy sufriendo, como ha dicho usted, tenemos la enorme suerte de no tener que ir a clase, de no tener que enfrentarnos a un grupo de chicos y contarles sandeces sobre el idioma, los acentos y la b y la v en tanto el país se está desmoronando.

-¿Tan grave es la situación? ¿Cree usted?

-Es posible que sea así -volvió a intervenir Martínez-. Creo que poco se puede esperar de un país que ha perdido la decencia, el sentido moral, y el que todo vale con tal de hacerse rico...

-Sí; pero tanto dinero... No tienen medida.

-Ni ética. Ni decencia. Privan a pueblos enteros de asistencia sanitaria, y se gastan el dinero público en sostener a varios equipos de fútbol... Y duermen tan tranquilos... Dios mío, muy a menudo me he preguntado si no es posible vivir sin políticos... Creo que deberíamos privatizar la gestión de la nación. Y creo -dije sorprendiéndome a mí mismo- que deberíamos volver a instaurar la pena de muerte. Deberían ejecutar a todos los ladrones de guante blanco.

-¡Hombre! No sea usted así. No exagere.

-No exagero. Estoy harto, cansado. Hastiado. Mis hijos se han ido a trabajar a Alemania por culpa de la crisis; me he quedado solo... Si usted quiere -dije retomando el hilo de mi razonamiento a fin de evitar el sentimentalismo-, y para no llegar a esos extremos, se les daría la posibilidad o bien de devolver el dinero, o bien de morir en la horca. Y, por supuesto, ninguno de sus hijos o parientes podría sacar ni un euro de ningún paraíso fiscal...

Y fue entonces cuando, sorprendido y asqueado, me levanté y me marché. Estaba harto de aquellos temas. Estaba harto de todo porque me di cuenta, hace tiempo, que la corrupción y los políticos me estaba afectando más de lo que yo había imaginado. Jamás me creí capaz de pedir la pena de muerte para nadie, jamás; pero cuando veo en lo que puede derivar tanta mentira, tanto robo y tanta política interesada, y tanta falta de honestidad y ética... Dios, ¿qué va a ser de nuestros alumnos? ¿Qué va a ser de ellos? ¿Y cómo he llegado yo a pensar esas horribles cosas sobre la pena de muerte? Esa misma noche, en mi solitaria habitación, abrí un libro al azar, un libro que siempre me ha gustado mucho y que amo profundamente: Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando a coger a solas a un desdichado para mostrarse alentados con él, propia condición de cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su vileza.4

-Tengo que ser capaz de superar esto -pensé-. Para ello ayudaría mucho el que hubiera un mínimo de justicia, desde luego. Pero quizás demandar eso en este país y en estos momentos sea pedir lo excusado. Y yo ni puedo ni quiero ser como los políticos. No. De ninguna de las maneras.

1Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, cap V, pag. 692 Obras completas, BAC, Madrid, 1986



2Fernando de Rojas, La Celestina, segundo auto.



3Azorín, El político, cap XXXII, Los hombres de mañana.



4Francisco de Quevedo, Los sueños, Sueño de la muerte, A quien leyere.





Etiquetas:   Corrupción

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