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22/01/2013

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Esta semana pasada ha estado marcada desafortunadamente por las noticias que salieron a la luz sobre la corrupción política que ha salpicado al partido del Gobierno. Me van a permitir que transmita mi más humilde opinión.


Sin entrar en sobres con dinero, sobresueldos, e incluso las "donaciones" que la fundación del partido de la oposición habría dado a familiares de políticos, me atrevo a decir, como ya dijeron otros que la crisis que por desgracia sufrimos no es sólo económica. En muchos países avanzados - y los no tanto - se dan cotas de corrupción. España sufrió hace casi cuarenta años una regeneración democrática que debería haber servido de ejemplo a la clase política venidera del verdadero significado de la res pública y del servicio público a la ciudadanía que con su sufragio decide aquellos que nos han de gobernar. Sin embargo,el ejemplo quedara solo para los anales de la Historia y desafortunadamente, más allá de siglas políticas, nuestro país posee una clase política viciada, ruin, caradura, irrespetuosa y lo que todavía es más grave, que considera a sus ciudadanos y a sus votantes poco menos que imbéciles.  Y espero con ansia que esa actitud sea tomada en cuenta por los ciudadanos y que tomemos nota de lo que debemos de hacer. No se trata de huelgas o manifestaciones que manipularían otras siglas para su propio beneficio. Al fin y al cabo, el trabajo de un político español al uso es hablar y gestionar dinero, como si de un banquero al uso se tratara. No, creo que la forma en que los ciudadanos debemos demostrar nuestra total indignación es simple y llanamente con la abstención, usada como arma democrática y legítima para demostrar nuestro total rechazo a una clase dirigente que demuestra una y otra vez en todos los ámbitos de la administración, su vileza. La crisis que se produciría en tal situación debería llevarnos  a la reflexión y a la remodelación de un sistema democrático que no por ser el menos malo es el más justo y óptimo. Pero si optamos por él, en ese caso debemos sin duda regenerarlo porque la democracia, como ser vivo al igual que las personas que la conforman, también tiende hacia su propia muerte. Y sólo nosotros, aquellos que votamos, debemos decidir que no queremos lo que hay. Queremos un cambio en la forma de hacer las cosas, queremos una democracia mejor.  Porque al fin y al cabo ¿qué es una democracia sino el gobierno del pueblo? Que no de un estado cada vez más burocratizado, un estado donde los políticos y los grandes empresarios han creído que el gobierno era suyo. Y lo es, al fin y al cabo.

Pero cuidado, que no nos suceda como en aquella famosa frase de Il Gatopardo de Lampedusa, en el que todo cambiaba para volver a ser igual. 



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Política

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