Notas sobre el culto a Hugo Chávez



Hace unos días, se reportó desde el estado Táchira una noticia horrenda: un hombre asesinó a su madre octogenaria, la descuartizó y quemó sus extremidades porque  sintió  que Dios se lo solicitaba para lograr que Chávez sanara.

 


Este evento, que causó la consternación de mucha gente, está enmarcado en una realidad que se desenvuelve en el seno de la sociedad venezolana. Unos días antes, el 10 de enero, durante la manifestación que apoyaba la pseudojuramentación, fue posible observar muchas evidencias del culto a Chávez, auspiciado desde el gobierno: gente que portaba imágenes de Chávez al lado de la imagen de Jesucristo, estatuillas y bustos de Chávez esgrimidos al lado de estatuillas de José Gregorio Hernández y una histérica animación por parte de Winston Vallenilla. Sin contar algunos discursos de partidarios enfervorizados: ya no es Chávez somos todos, oChávez corazón del pueblo sino Somos hermanos porque somos hijos de Chávez.

La muy talentosa Yolanda Salas ya había previsto la formación de este nuevo culto. Estudiosa ella de las manifestaciones populares de fe y de los altares domésticos, había reseñado cómo algunos delincuentes que se hubieran destacado por cierta solidaridad con su comunidad eran elevados a los altares, al lado de María Lionza, el Negro Felipe, las Siete Potencias y la imaginería cristiana. En la segunda mitad de los 90 ya había señalado la importancia del fenómeno chavista, equiparado a otros fenómenos político-religiosos, tales como el culto a Rómulo Betancourt y, en algunos casos, a Carlos Andrés Pérez. Figuras como el Ché Guevara y Alí Primera han sido incorporadas paulatinamente y, potenciado todo eso y mal amalgamado, comienza a generar sucesos como el del Táchira.

Hay grupos e individuos chavistas que están muy perturbados: la salud del presidente los afecta en sus vidas como si fuera la de un familiar muy cercano. Posiblemente esta situación deriva de la cualidad carismática del líder y de sus propuestas de revolución. Pero es una situación compleja e inédita que puede generar situaciones muy difíciles, enfrentamientos que coloquen a todo opositor en el bando enemigo y, por ende, atacable hasta la destrucción.

Los fundamentalismos nunca han sido buenos y menos en estos casos de deificación de un mandante. Por similares fundamentalismos, sociedades han sido conducidas a baños de sangre, o avasalladas, como en caso de ciertas naciones africanas, como Ruanda, además de enfrentamientos entre cristianos y musulmanes.

Un caso más cercano fue el sangriento gobierno de Francois Duvalier, en Haití. Este último endoctrinó a amplios sectores de la población y avaló las persecuciones que efectuaban los siniestros Tonton Macoutes. Este cuerpo paramilitar persiguió, torturó y asesinó a más de 150 mil personas, en su mayoría civiles y opositores al régimen de Duvalier, quien lo creó tras sobrevivir a un atentado contra su vida en el año 1958, luego del cual su gobierno se volvió más represivo y depuró el ejército para deshacerse de elementos que le pudieran ser hostiles. Los Tonton Macoutes estaban inspirados en los camisas negras del fascismo italiano  y funcionaban como una milicia que se conoció como VSN Voluntarios de la Seguridad Nacional que se convirtió en el espinazo del país.

Dado que estas milicias no recibían remuneración alguna, ellos mismos inventaban sus propios medios de financiación a través del crimen y de la extorsión. Diversas estimaciones hablan de que en su punto máximo estas milicias llegaron a ser integradas por 15.000 a 300.000 hombres (Datos tomados de Wikipedia)

La sociedad venezolana debería atender esas desviaciones con mucho interés. Los discursos no deberían dirigirse hacia escenarios de odio. Y tampoco el miedo puede ser lo que nos rija como ciudadanos, silenciándonos, obligándonos a reprimir nuestras opiniones o deseos. No es el modelo del miedo cubano el que nos interesa. Debemos tener una sociedad abierta y dispuesta a criticar sanamente y asimilar sanamente las críticas. Fomentar lo contrario es peligroso.

Es lamentable que el presidente Chávez esté tan penosamente enfermo. Pero es más lamentable la acción de esos que anteponen su poder y su revolución y sus intereses a la doliente existencia de Chávez, refugiándose tras él, buscando sólo erigir el parapeto que les permita seguir usufructuando sin glorias el legado chavista.

Peor aún, que están dispuestos a transacciones que ponen en riesgo la cordura y el bienestar del país, si con ello afinan sus mecanismos de dominación.