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Este evento, que causó
la consternación de mucha gente, está enmarcado en una realidad que se
desenvuelve en el seno de la sociedad venezolana. Unos días antes, el 10 de
enero, durante la manifestación que apoyaba la pseudojuramentación, fue posible
observar muchas evidencias del culto a Chávez, auspiciado desde el gobierno:
gente que portaba imágenes de Chávez al lado de la imagen de Jesucristo,
estatuillas y bustos de Chávez esgrimidos al lado de estatuillas de José
Gregorio Hernández y una histérica animación por parte de Winston Vallenilla.
Sin contar algunos discursos de partidarios enfervorizados: ya no es Chávez
somos todos, oChávez corazón del pueblo sino Somos
hermanos porque somos hijos de Chávez.
La muy talentosa Yolanda
Salas ya había previsto la formación de este nuevo culto. Estudiosa ella de las
manifestaciones populares de fe y de los altares domésticos, había reseñado
cómo algunos delincuentes que se hubieran destacado por cierta solidaridad con
su comunidad eran elevados a los altares, al lado de María Lionza, el Negro
Felipe, las Siete Potencias y la imaginería cristiana. En la segunda mitad de
los 90 ya había señalado la importancia del fenómeno chavista, equiparado a
otros fenómenos político-religiosos, tales como el culto a Rómulo Betancourt y,
en algunos casos, a Carlos Andrés Pérez. Figuras como el Ché Guevara y Alí
Primera han sido incorporadas paulatinamente y, potenciado todo eso y mal
amalgamado, comienza a generar sucesos como el del Táchira.
Hay grupos e individuos
chavistas que están muy perturbados: la salud del presidente los afecta en sus
vidas como si fuera la de un familiar muy cercano. Posiblemente esta situación
deriva de la cualidad carismática del líder y de sus propuestas de revolución.
Pero es una situación compleja e inédita que puede generar situaciones muy
difíciles, enfrentamientos que coloquen a todo opositor en el bando enemigo y,
por ende, atacable hasta la destrucción.
Los fundamentalismos
nunca han sido buenos y menos en estos casos de deificación de un mandante. Por
similares fundamentalismos, sociedades han sido conducidas a baños de sangre, o
avasalladas, como en caso de ciertas naciones africanas, como Ruanda, además de
enfrentamientos entre cristianos y musulmanes.
Un caso más cercano fue
el sangriento gobierno de Francois Duvalier, en Haití. Este último endoctrinó a
amplios sectores de la población y avaló las persecuciones que efectuaban los
siniestros Tonton Macoutes. Este cuerpo paramilitar persiguió, torturó y
asesinó a más de 150 mil personas, en su mayoría civiles y opositores al
régimen de Duvalier, quien lo creó tras
sobrevivir a un atentado contra su vida en el año 1958, luego del cual su gobierno se
volvió más represivo y depuró el ejército para deshacerse de elementos que le
pudieran ser hostiles. Los Tonton Macoutes estaban inspirados en los camisas negras del fascismo italiano y funcionaban
como una milicia que se conoció como VSN Voluntarios de la
Seguridad Nacional que se convirtió en el espinazo del país.
Dado
que estas milicias no recibían remuneración alguna, ellos mismos inventaban sus
propios medios de financiación a través del crimen y de la extorsión. Diversas
estimaciones hablan de que en su punto máximo estas milicias llegaron a ser
integradas por 15.000 a 300.000 hombres (Datos tomados de Wikipedia)
La
sociedad venezolana debería atender esas desviaciones con mucho interés. Los
discursos no deberían dirigirse hacia escenarios de odio. Y tampoco el miedo
puede ser lo que nos rija como ciudadanos, silenciándonos, obligándonos a
reprimir nuestras opiniones o deseos. No es el modelo del miedo cubano el que
nos interesa. Debemos tener una sociedad abierta y dispuesta a criticar
sanamente y asimilar sanamente las críticas. Fomentar lo contrario es
peligroso.
Es
lamentable que el presidente Chávez esté tan penosamente enfermo. Pero es más
lamentable la acción de esos que anteponen su poder y su revolución y sus
intereses a la doliente existencia de Chávez, refugiándose tras él, buscando
sólo erigir el parapeto que les permita seguir usufructuando sin glorias el
legado chavista.
Peor
aún, que están dispuestos a transacciones que ponen en riesgo la cordura y el
bienestar del país, si con ello afinan sus mecanismos de dominación.