. Eso es
suficiente prueba para ver el enorme atraso que tiene el Paraguay en materia de
infraestructura. Como en un castigo premeditado, un país mediterráneo,
encerrado en un acuerdo que no impide que sus vecinos le cierren el paso a sus
productos; con enormes necesidades económicas que atender y, para colmo, con
una ubicación estratégica que no sabe cómo explotar, Paraguay vive postergando
la impostergable urgencia de invertir en una infraestructura que mejore
sustancialmente las oportunidades de todo un país.
Muy lejos de los
alemanes, que han hecho de su infraestructura la mejor del mundo -según los
mismos empresarios alemanes-, o de los holandeses que hicieron de su
infraestructura el centro de la estrategia para que toda la economía europea
fluya por su territorio; o Bélgica, ese pequeño país que es punto neurálgico de
las finanzas, los paraguayos vivimos en una especie de burbuja que encierra los
grandes proyectos. Mientras en Estados Unidos el presidente Obama apuesta por
millonarias inversiones en infraestructura -en pleno drama por los problemas
del abismo fiscal-, en Europa -también en crisis- invierten el doble que los
norteamericanos, pero son doblados a su vez por China, el gigante asiático que
lleva la batuta a nivel mundial en cuanto a inversiones en infraestructura.
Mejorar los
sistemas de transporte, la comunicación, la competitividad, la logística y
encima generar una gran cantidad de empleos en tiempos donde el trabajo es
altamente necesitado, no parece una mala idea. Pero los gobernantes paraguayos
parecen no estar apurados, pues el país sigue siendo de los más atrasados en
América Latina en carreteras y rutas pavimentadas. Mientras en Qatar
desarrollan sus trenes de levitación magnética y en Japón buscan mejorar el
tren bala, en Paraguay no se logra el consenso para...un metrobus.
Aunque esto
último ya no sorprende, pues en la memoria quedan el proyecto del corredor
bioceánico, la reactivación del ferrocarril o la idea de convertir al
aeropuerto en el centro de tráfico de pasajeros y mercaderías en la región. Nos
cuesta mucho pensar estratégicamente en proyectos a mediano y largo plazo que
beneficien al país, pero todavía nos cuesta más hacer que las iniciativas se
materialicen. Eso nos lleva al absurdo de tener la mayor cantidad de energía
eléctrica por habitante a nivel mundial, pero no tener ni un sólo tren
eléctrico. Al contrario, presos de nuestras situaciones
"folclóricas", seguimos dependiendo de camiones movidos por un
combustible que no producimos y que debemos importar al precio que sea. Mal servicio,
caro y sin provecho para lo que producimos.
La inversión en
infraestructura ya no puede ser postergada si queremos mejorar las condiciones
de vida de los paraguayos. No sólo nos urge hacer un país transitable para
minimizar los costos de la mediterraneidad y mejorar la competitividad, sino
que nos urge aprender a usar lo que producimos para generar riqueza. Con una
inversión planificada y estratégica, en pocos años podemos cambiar la matriz
energética para depender menos del petróleo y aprovechar más la electricidad,
así como podemos incentivar el desarrollo del país usando el cemento nacional
para pavimentar calles.
Lo que nos falta
es aprender a planificar mejor y exigir más, para que cada proyecto no sea una
oportunidad de especulación, de saqueo o negociado. La vieja expresión de que
vivimos "en el país del palo en la rueda" debería pasar al olvido,
para que entorpecer, trabar, boicotear o frenar ya no sea un deporte.
En tiempos
electorales, deberíamos pensar en los planes que nos ofrecen, en los proyectos
a mediano y largo plazo, y en la certeza en cuanto a la ejecución y los
beneficios para la gente. A los que no quieren construir, hay que vomitarlos.