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Lincoln


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19/01/2013

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LINCOLN






Vicente Adelantado Soriano





Dejando a parte si la película es histórica y fiel a los hechos, falsea la historia, o da una visión positiva e interesada del presidente Lincoln, está claro que estamos ante una buena película plagada de grandes actores y de geniales interpretaciones. Con ellos, y con una buena contención narrativa, más una más que notable ambientación y un buen guión, Spielberg construye una notable historia que no sólo es creíble, verosímil, sino también muy didáctica. Lo cual no quiere decir que sea ni farragosa ni tendenciosa, pues en la cinta no se nos ahorran los turbios caminos de la política, aunque, lógicamente, no se puede profundizar en todos los temas tocados. Así el presidente Lincoln aparece pintado como un hombre pragmático, capaz de saltarse algunos acuerdos, o principios, con tal de llegar al objetivo fijado y final: la abolición de la esclavitud. Y otros políticos votan las decimotercera enmienda, la que impide tener esclavos, por intereses tan bastardos como el dinero, cargos, prebendas o empleos. La corrupción, desde luego, no es invento de los políticos españoles, aunque estos hayan salido alumnos más que aventajados. Con el apoyo de quienes no quieren ver la realidad, por supuesto, o miran hacia otro lado.

Los primeros minutos de la cinta, pese a todo, resultan un poco farragosos. Tal vez para un americano no lo sean tanto. A nosotros nos falta información. Y, claro, uno de los terribles defectos del cine es que no pueden poner notas a pie de página: tiene que solucionar ese falta de información a través de la imagen y de la palabra en directo. Y es aquí donde falla la película, al menos desde un punto de vista de quien no conoce en profundidad la historia de Estados Unidos. Superado este escollo, Spielberg se centra ya en los últimos años de Lincoln, en su pragmatismo político, en la lucha por abolir la esclavitud, y por terminar con una guerra civil que estaba sangrando al país. No es nada desdeñable, al respecto, el recorrido del viejo y cansado presidente por el campo de batalla. No hay nada épico: hay cadáveres, muerte y ruina. Tampoco resulta gratuito algo que nunca, que recuerde, ha mostrado el cine: una carretilla transportando un cargamento del que cae sangre. Son brazos y piernas amputadas, que van a dar a una fosa común. Evidentemente había que acabar con esa sangría. Lincoln, sin embargo, la supeditará a la abolición de la esclavitud. Los políticos contrarios tratan de venderle la paz, de chantajearlo con ella, y lograr, si cae en la trampa, la continuidad de dicha esclavitud. Lincoln tuvo que escoger. Ahora bien, fue lo suficientemente hábil, o tuvo tanta suerte, que pudo acabar con las dos lacras.

Queda claro, también, y en dos frases, que el fin de la guerra no supone que haya vencidos y vencedores, sino que es el comienzo de una nueva era en la que todos, afortunadamente, tienen cabida en la unión, en el país. Hay que cambiar, eso sí, el sistema de producción basado, en el sur, en la esclavitud.

Es de agradecer, en la película, que en ningún momento se recurra al melodrama, a la visión paternalista del esclavo; solamente sabemos que una criada de niña la azotaban. Lo cual todavía le da más fuerza, si cabe. Uno se pregunta cómo ha habido, y hay, personas capaces de considerarse superiores a otros seres humanos sencillamente porque estos no hablan su lengua, no tienen su mismo color de piel, o practican una religión distinta a la suya. Lincoln lo explica muy bien cuando, en la oficina de información, charla con dos jóvenes, y les habla de la igualdad de las cosas recurriendo a Arquímedes. Hay personas, sin embargo, que se niegan a reconocer esa verdad matemática.

Película, pues, recomendable porque hace pensar. Genial, por otra parte, las interpretaciones de todos, entre las que cabe destacar, cómo no, la de Daniel Day-Lewis. No se quedan atrás ni Sally Field, ni Tommy Lee Jones, ni ninguno del resto de los actores.

Lástima que Lincoln, de verdad, no se propusiera, también, al tiempo que terminaba con la esclavitud, acabar con las armas de fuego, y con la corrupción en España. Algunos se lo hubiéramos agradecido mucho. Porque confiar en que lo hagan nuestros políticos es pedir cotufas en el golfo.











Etiquetas:   Corrupción   ·   Política

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