¡Perros!

 

 

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En el país del “Chupacabras”, las “Poquianchis”,  las “Goteras”, el “Mochaorejas”, y demás bonita fauna que puebla los anales del tétrico gusto de los mexicanos por ofrecer a la opinión pública imágenes patéticas y llenas de sangre, llega ahora, por invaluable intercesión del gobierno capitalino, la violentísima historia de los “cánidos de Iztapalacra”. Una jauría de perros inmisericordes que ultimaron a 4 seres humanos que tuvieron la desdicha de cruzarse en el camino de éstos sangrientos cancerberos del Cerro de la estrella, escenario de los atroces homicidios.

Confiables fuentes oficiales, tras exhaustivos análisis realizados con los más altos estándares de calidad internacional, dan cuenta de que fueron los perros los responsables directos de lo que se ha dado por llamar, “la masacre de la estrella”. Resulta pues, que ahora, en un giro de 180° grados, los otrora “amigos del Hombre”, se han convertido en potenciales homicidas, y que la ciencia jurídica deberá determinar si sería prudente establecer penas en los ordenamientos legales correspondientes a los homicidas de “4 patas”, y si así lo decidieren nuestros augustos y venerables juristas, yo sugeriría, con toda humildad, que aquellos bichos infectos que osen hincar el diente en cualquier buen hombre o buena mujer, sea pasado, con prontitud, por la justiciera soga que diera fin a su perra y traicionera vida.

No obstante la concluyente investigación que llevaron a cabo los expertos peritos sobre los motivos de la muerte de los 4 desafortunados seres humanos, hay quienes, traicionando los más básicos postulados de la solidaridad con los de su especie,  sin muchas oportunidades de victoria y con la sangre hirviendo de ira se arrojan a defender  a la violenta jauría, pese a que éstos cínicos perros se laman, todavía, los bigotes chorreantes de la sangre inocente derramada. Y es que según los extraviados “amantes de la naturaleza”, casi todos ellos “jipis” e idealistas trasnochados, los cadáveres encontrados en territorio iztapalapense presentaban “huellas de tortura”, como si no fuera posible que los mismos perros, cegados por la sed de sangre y altas dosis de crueldad que les caracteriza, no fueran capaces de darse el tiempo de emplear herramientas dispuestas para producir sufrimiento en los pacíficos humanos que fallecieron bajo sus sucias y peludas patas.

Sin embargo, no todo está perdido. Hoy, una venturosa cruzada de caballeros bien nacidos se suma a la justa aniquilación de los perros asesinos, lo que, afortunadamente, ha sido escuchado por nuestras siempre eficaces autoridades y ha redundado en el feliz encarcelamiento de cerca de 60 potenciales asesinos seriales. Esperamos ansiosos que ésta saludable razzia logre exterminar con prontitud a todos nuestros indeseables cánidos vecinos.

 

Pd. ¿Una banda de perros asesinos?, ¡por favor!

 

UNETE



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