Bochornoso Pipi

 

 

. Todo les da igual. Dinero fácil, es el objetivo. Además, cuanto más bochornoso, indigno y rastrero sea el espectáculo, la oferta del caché y el share suben como el bizcocho. El caso es danzar el morbo. Pero en ese circo de la vulgaridad, del esperpento y del insulto, no todo debe de ser válido. Hay asuntos íntimos que deberían de permanecer siempre en el anonimato. Vivencias recreadas por seres racionales que, ni en momentos de ira, ni de odio, ni de venganza, deben de ser aireadas.

Claro que, para superar esos momentos de irritada alteración durante el espectáculo, hay que saber de autocontrol. Hay que tener personalidad. Hay que saber dominar imprevistos arranques despóticos. En definitiva, hay que saber ser persona. Pero los valores de moralidad, de ética y de cordura suelen escasear en esos programas de televisión, rosas o del corazón, que se nutren de líos, desencuentros, amores, desamores, enredos, tálamos, cuernos y puterío en general. Los agitadores televisivos de esas miserias de la vida son mediocres profesionales, generalmente de la nada, que cobran bastante pasta por sus argumentaciones. Además resulta curioso que, para aumentar el morbo, no les importa hablar, incluso semanas enteras, de sus propios desencuentros conyugales, de sus escarceos amorosos, de sus cuitas, desdichas o intimidades.

Como es lógico, a estas alturas del despiporre, estamos vacunados contra toda esa bazofia. Pero en ocasiones suelen obsequiar a la parroquia que les soporta con algunos motivos de grosería elevada. En esta ocasión el esperpento ha estado protagonizado por el tal Pipi Estrada. Aclaro que este personajillo me suena de comentarios futboleros y de sus mariposeos en absurdos programas de ligues y emparejamientos. Según algunos miembros de la troupe salvadora, a Pipi le enloquece jugar a guaperas. Incluso el mismo presume de buen macho ibérico. Hasta aquí todo en orden. Es su forma de avanzar en la vida y lo hace como puede o como le da la gana.

Pero eso no quita para que el prepotente personajillo haya demostrado ser un perfecto grosero, un vulgar indecente, y un necio descortés. No sabe distinguir entre la prudencia y la indiscreción, entre lo que te hace hombre y el hombre hace, entre la intimidad y la machada. Sólo a una persona egocéntrica, carente de escrúpulos, y sin el más mínimo sentido del pudor se le acurre relatar en público los acalorados retozones que en su día se dio dentro de un Seat-600 con una compañera del programa. Como es natural ella, pasmada por el relato, se ruborizó hasta el extremo mientras no salía de su asombro al comprobar la bajeza moral del personajillo. (Quiero aclarar que esa señora, muy dada a recrearse en miserias ajenas, recibió una buena y merecida dosis de su propia medicina).

No contento con la infamia delatora del apretado retozo, el gran machote ibérico ofreció detalles de su fanfarronería seductora, de sus dotes de picador, de su ardor sexual, y de su poderío amoroso. Ese es Pipi. Pipi, caca.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales