El cambio es la única cosa inmutable
El cambio es la única cosa inmutable

. Tiene mucha más aplicación práctica de la que pueden imaginarse.
Hace algunos años, Robert Epstein de la Universidad de California, llevó cabo un estudio sobre cuál podía considerarse la conducta media de los hombres a través de los tiempos. Centraba el trabajo sobre cuáles eran las técnicas que utilizaban a lo largo de más de 200 años, fueran líderes políticos, religiosos, sociales, etc. Lo interesante del trabajo es la capacidad de síntesis que nos permite focalizar con precisión, cuál ha sido el común denominador en la acción humana durante 2 siglos. La conclusión es que para cambiar de conducta, hay que: 1º Cambiar nuestro mundo (el mundo que conocemos y del que estamos demasiado habituados). 2º Vigilar nuestro comportamiento. 3º Comprometerse. Así de sencillo, aunque la aplicación de estos principios en la vida diaria es un poco más complicada. Veamos por qué. De estas premisas surge la siguiente pregunta: ¿Cómo adquirir buenos hábitos? Lo que nos permite responder a aquellas líneas maestras del estudio. Para 1) “Cambiar nuestro mundo”, debemos mejorar y ser más eficaces desde la simple consideración de cuál es nuestro espacio vital. Porque para lograr impulsar el cambio exterior, es imprescindible acomodar nuestro espacio diario, de trabajo y convivencia, que ha quedado bien probado en varios estudios, que si no nos sentimos cómodos, aquella eficacia se resiente. Para 2) “Vigilar nuestro comportamiento” se refiere al autocontrol. Si nos pesamos a diario, seguramente estemos más proclives a mantener nuestra dieta y bajar de peso. O controlar nuestra puntualidad para asistir a reuniones, presentación de informes, evitando así tener que justificar demoras, incumplimientos, etc. Para 3) “Comprometerse” es lo que los psicólogos llaman a este principio: “contingencia de reforzamiento” que facilita la realización de determinada acción gracias al compromiso asumido. Por ejemplo, practicar footing con un vecino, ya que a determinada hora todas las mañanas hay que estar preparado porque, caso contrario, se le deja al amigo sin compañero y lo más probable, es que desista esa mañana de practicar deporte. Pero estos tres principios que Epstein descubre a través de la conducta del hombre durante un período histórico contemporáneo, puede perfectamente ser el reflejo de la conducta presente y de los miedos que nos aquejan, especialmente al enfrentarnos al cambio. Supongamos que en la organización para la cual trabajamos, estamos saliendo de una crisis. En esta salida, lo que primero se debe lograr es vencer el miedo. No es una exageración, ya que cuando una empresa está aún saliendo de una crisis, la gente se queda paralizada por el miedo. Puede convertirse en un mal endémico que nos conduzca al inmovilismo. A que surjan dudas. Y este tremendo defecto humano (permanecer inmóvil) hace que, por ejemplo el personal de esta empresa que ha atravesado una crisis, se refugie en los métodos convencionales ya probados en el pasado (Tried and true methods). Porque es lo que conocen y les proporciona seguridad. De ahí la importancia de que el jefe, el líder, hagan de ese espacio común, un lugar en los que los nuevos y buenos hábitos, creen espacios de trabajo armonizados, confortables, libres de tensiones innecesarias y en los que prevalezca la buena comunicación y transparencia en las acciones que a diario se realizan. Entonces, cada miembro del equipo de un departamento y en general de toda la organización, estarán cumpliendo sin darse cuenta, con aquellos tres principios que caracterizan la buena conducta humana. Incentivar los buenos hábitos es tarea de los líderes natos, los que tienen un instinto de supervivencia. Los que siempre tienen claro lo que hay que hacer. Qué decisiones hay que tomar. Son los que infunden confianza a su gente y les aleja de los fantasmas del miedo, ya que han creado y fomentado espacios de trabajo en los que se han erradicado los malos hábitos. Una buena forma de evitar aferrarse a viejas políticas y procedimientos que ya no calzan con las circunstancias actuales, es liberar la creatividad y el talento, que permite atacar de frente la crisis y el cambio (los enemigos externos) y a los malos ambientes cargados de tensión y conflictos (los enemigos internos). Por ello, los buenos hábitos que se convierten en la conducta que un grupo humano aplica, eliminará el frente interno y neutralizará con eficacia el externo. Porque hay un compromiso personal con la organización y cada persona consigo mismo, habiendo vencido el victimismo y el inmovilismo. El buen líder tiene entonces un importante papel para que su gente mantenga ese nivel de eficacia, al mismo tiempo que de su compromiso con la organización: desterrar el miedo, evitar el inmovilismo y anticiparse al cambio. Respecto a éste último, facilitar las opciones a una reacción oportuna y proporcionada para poder gestionarlo. Una mala gestión del cambio incrementa el factor de incertidumbre, lo que conlleva a un incremento de la probabilidad de que se cometan errores o no se tomen las decisiones acertadas. Sin miedo en el ambiente y con la seguridad adquirida por haber inculcado nuevas y mejores conductas, facilitará focalizar con mayor precisión los problemas que hay que solucionar, las acciones a implementar y las decisiones a tomar. Por tanto, cambiar, reformar o adaptar nuestro espacio y hacer del entorno algo dinámico no estático, es un poderoso “afrodisíaco” y uno de los métodos más fáciles y económicos para cambiar la forma en que piensan las personas, porque se ha influido en ellos cambiando los estímulos, tanto físicos como sociales que las rodean. Este acomodamiento del espacio vital, se nutre a veces de una simple frase puesta en un escritorio, como por ejemplo: NUEVAS IDEAS SON BIENVENIDAS AQUÍ, o también…Primero sonría y después pregunte.