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Concurso, luego pienso (Parte 13/14)


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14/01/2013


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11. Revestimientos y acabados






¿Qué debo pensar cuando dedico a trabajar más de doce horas diarias y encima me quejo porque no me da tiempo a comprar las cosas necesarias para seguir trabajando en las labores de casa? ¿Debería preocuparme? Lo sé. Son preguntas retóricas así que agradeceré el silencio.

Lo único que se te ocurre en las citadas circunstancias es optimizar tus trayectos en busca de supermercados y tiendas que no supongan un desvío excesivo de la ruta original.

Salir un poco antes para llegar un poco más tarde. No sé, como que no lo acabo de ver. Si antes no era capaz de cumplir mis horarios, esta nueva iniciativa no puede sino empeorar la situación. Eso sin olvidar el riesgo de recaer en el patinaje artístico sobre motocicleta, romper la cadena de frío de algún alimento u olvidar toda la compra en alguna de mis etapas intermedias, para descubrir al día siguiente los misterios de la caducidad prematura. En definitiva, si quiero poder comprar, deberé recurrir al método tradicional, a esa solución inspirada siglos atrás; y no, no me refiero al remedio típico de abuela. No.

Me refiero a la carta, la carta a los Reyes Magos.

Retomo la cordura tras ocho revitalizantes horas de sueño. Afortunadamente no es la cordura lo único que recupero a lo largo de la mañana. Comienzo la semana con un plus de adrenalina al recapacitar sobre lo que está por llegar. Un mes de gran intensidad. Un mes en el que no voy a poder ni añorar la sensación producida al percatarme de mis carencias en la despensa. Treinta días de comida preparada, ojeras, ausencias, molestias de cabeza (no me puedo ni permitir que lleguen a dolor), estrés, soledad, cansancio e ilusión.

Porque no me malinterpreten, soy consciente de mi voluntariedad en este sufrimiento. Sé que está ahí, pero también sé que merecerá la pena, porque se trata de hacer buena arquitectura. Progresar a nivel personal y profesional. Dar un paso al frente, enfrentarme a mis dudas, mis miedos, mi holgazanería, mi espíritu inquieto y crítico. Me alzo para acabar con su influencia sobre mis actos y decisiones. No puedo culpar a nadie de mi situación. De hecho, no debería ni usar esa palabra para referirme a la oportunidad que se me brinda. Estoy donde quiero, cuando quiero y con quienes quiero. El resto, pamplinas derivadas del cansancio acumulado.

Este mes, probablemente será uno de los pocos que recordaré en un tiempo. Y no por lo mal que lo pasé, sino por lo mismo que recuerdo ahora los tres anteriores, porque me han permitido volver a creer en la arquitectura, en mí y en la posibilidad de que esto cambie. En tres meses he pasado de mendigar una beca en cualquier rincón extranjero, a fortalecer mis idiomas para hacerme más competitivo en mi país. De rehuir de mis raíces, a luchar por lo que quede de ellas. De rendirme y escapar, a creer en que siempre queda una última oportunidad en la que confiar.

Esto no significa que haya desechado la idea de abandonar el país para abrir mi mente y conocer mundos y personas tan diferentes como interesantes, capaces de enriquecer mi propia percepción de la vida. No. Más bien, me ha dado el sustento necesario para encontrar mi espacio aquí y preparar desde él mi colaboración con otros profesionales en las mismas circunstancias que yo, sea donde sea que tengan su residencia.

Ser un ciudadano del mundo tiene un peligro oculto, no ser de ningún sitio. Ahora sé que quiero ser de aquí para viajar por el mundo.

Con el citado cansancio acumulado pero convencido del acierto que ha supuesto la decisión de embarcarme en esta aventura, recibo a mis compañeros en nuestro bar. Aparecen uno a uno, empezando por mi mentor, después el anfitrión y por último se espera la inminente llegada de nuestro eficaz intermediario, tanto con su propio equipo como con el de ingenieros. Entre bromas y silencios, pregunto por el ausente, para saber si viene o no. Si mejor lo esperamos en el estudio o para el café. La respuesta me deja algo perplejo. Con gran ambigüedad me anuncian su llegada, aunque con ciertas reservas acerca de lo que ello puede suponer. Me escama el misterio que ocultan sus palabras. No quiero insistir dado que contamos con la presencia de otros clientes y amigos. Me limito a sonreír y esperar.

Veinte minutos después, se confirman mis peores augurios. Parece que la carta a los Reyes ha surtido efecto. Nuestro compañero no viene a trabajar, sino a hablar con nosotros. Sereno nos presenta su discurso, sin duda, muy meditado. Evidencia preocupación y tristeza. Nos define un panorama atroz. Un cúmulo de circunstancias que le obligan a decidir entre el concurso y un proyecto que le ha sido encargado a su estudio.

El problema principal reside en la simultaneidad entre ambos trabajos. Este último, además, se trata de una oportunidad más real y con aires de compromiso. No puede rechazarlo ni derivar parte de sus recursos para continuar con nosotros. Muy a su pesar, debe retirarse. Nos anima a continuar y siente el desenlace, pero nos asegura que no tiene otra opción.

Conociéndolo como lo conocemos, no necesita darnos ninguna explicación para que le apoyemos en su decisión. Sabemos que el más afectado es él. Sólo nos queda aceptarlo y actuar en consecuencia. Ahora la pelota está sobre nuestro tejado. Reinventarnos sin él, o unirnos a su causa.

La deliberación ocupa escasos minutos. De hecho, para ser sincero, diría que ya desde el momento en que le vi entrar afligido al local, supe mi postura ante tal dilema. Sin necesidad de pronunciar sonido alguno, nuestras miradas se entrecruzan y entienden automáticamente.

El silencio se apodera de la mesa.

Un instante más tarde, desciende la tensión, de nuevo con las disculpas del pionero. Nos recalca la posibilidad de prescindir de él sin que ello modifique la dinámica del grupo. Pero, todos sabemos, que su acción ha sido el detonante de una explosión provocada ya hace semanas.

El ritmo no era el adecuado. El proyecto no acababa de arrancar con la fluidez deseada. La magnitud del ámbito era tal, que incluso con todos los integrantes al 100%, nos costaría alcanzar el objetivo. Eso sin mencionar, que las ausencias obligadas por nuestra parte, eran cada vez más frecuentes e inevitables.

Nuestro anfitrión se debatía entre sus clientes y nosotros. Mis fuerzas llevaban semanas al borde del abismo. Es decir, este último contratiempo suponía trasladar toda la responsabilidad hacia el culpable de que estuviésemos aquí. La persona que nos apuntó y nos convocó para que participáramos junto a él. Nuestro director de equipo. Era un mal modo de recompensarle por ello.

Así que, con la misma naturalidad con la que habíamos afrontado estos tres meses de reuniones y diseño, se cerraba la puerta del estudio.

Se acabó.

-------

Las sensaciones se confunden en mi cabeza. Pese a la tristeza y rabia que me consumen por el fracaso, debo reconocer una alegría oculta y amarga por la finalización de esta situación. El concurso era una grandísima oportunidad, pero el precio también empezaba a resultar alto.

Imagino que todos compartían tan agridulce momento, derrotados pero aliviados al mismo tiempo.

Sin embargo, como parte de la terapia de grupo, nos centramos en destacar el lado positivo de este varapalo. Hemos disfrutado lo acontecido. Abandonamos, sí, pero en un momento clave, justo antes del verdadero sprint. Hasta ahora hemos mantenido una frecuencia casi agradable y el desarrollo actual de la propuesta está aún en una fase muy precaria. Lo cual nos libera de parte de la pena asociada al trabajo desperdiciado.

Una cosa está clara: siempre podremos ver esta experiencia como un máster intensivo y express sobre urbanismo. Un curso magistral sobre nuestra propia ciudad. Esta visión, una vez más sintetizada por el precursor del abandono, resume perfectamente el sentir general en el equipo.

Y así, sin más, es como despedimos la reunión, el concurso, este equipo, este grupo de amigos trabajando juntos: entre risas y planteamientos futuros de cara a conservar, bajo el unánime y firme compromiso establecido, un núcleo de trabajo que hemos demostrado compatible y prometedor.





Continuará... (Parte 13/14)



Etiquetas:   Literatura   ·   Arquitectura   ·   Urbanismo   ·   Ciudad

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