. O quizá no tanto. Para este año, muy
probablemente, suben –o subirán- el recibo de la luz, el transporte público,
las tasas aéreas, los carburantes, los peajes de autopistas, los costes de
correos, las cuotas de abono de la telefonía, el IVA de la vivienda, los
impuestos indirectos, las tasas judiciales, los impuestos de las loterías, la
bombona de butano, los seguros de los vehículos, las recetas de medicamentos,
el uso de la sanidad, el agua, el precio de muchos productos alimenticios, las
tarifas de los aparcamientos o las tasas universitarias, entre otros. Por el
contrario, muy probablemente, bajan –o bajarán- el sueldo de los trabajadores,
las pagas extras de los funcionarios, las ayudas sociales, las becas, las
pensiones o las posibilidades de encontrar trabajo.
Todo el mundo sabe que el crecimiento de
un país depende en gran medida de la clase media. Tener una clase media
porcentualmente importante supone garantizar el consumo y, por añadidura, la
productividad de las empresas. A pesar de que este razonamiento es de sentido
común, nuestros políticos parecen haberse propuesto terminar de una vez por
todas con la clase media, en una muestra más de su torpeza y estupidez. No hace
falta ser una lumbrera para saber que la pérdida de poder adquisitivo por parte
de las familias, subiéndoles los precios y bajándoles los sueldos, supondrá con
total seguridad un menor consumo, y que este menor consumo propiciará una mayor
destrucción del empleo por parte de las empresas.
Al tomar este tipo de medidas, nuestros
políticos pretenden equivocadamente recaudar más dinero. Es la receta simplista
propia de los tontos; subiendo precios e impuestos recaudaré más. Sin embargo,
la recaudación que se puede conseguir por estos medios es totalmente
insuficiente y no llegará ni de lejos a la cantidad prevista. Por ello, incapaces
de generar otro tipo de políticas de crecimiento, más tarde o más temprano nuestros
políticos necesitarán seguir aumentando impuestos o precios, lo que llevará
todavía a un mayor empobrecimiento de la población y –por ello- a un menor
consumo, a un mayor aumento del paro y –también- a una menor recaudación del
estado. Y de nuevo, volverán a subir impuestos o precios para intentar salvar
esa situación,
Con este tipo de medidas –y de
políticos- la situación de nuestro país está absolutamente sentenciada para los
próximos cinco o seis años, hasta que Europa empiece a crecer y nosotros nos
sumemos al carro unos años más tarde, como siempre. Así, para los próximos
años, el paro seguirá siendo imparable, los trabajadores bien cualificados
intentarán huir de un país desquiciado, los ciudadanos cada día tendrán más
dificultades para acceder a estudios universitarios y, por tanto, a
cualificación, los jóvenes seguirán viviendo en casa de sus padres y sus
padres, a casa de los abuelos, subsistiendo gracias a la ayuda de dos viejos
pensionistas y de Cáritas o la Cruz Roja. Y aquellos que tengan la fortuna de
tener un trabajo de doce horas al día a cambio de 900 euros, propio de un país
tercermundista como España, pagarán impuestos y precios propios de un país rico
como Noruega. Y todo ello para el mantenimiento de un statu quo que beneficia a
unos pocos.