El fin del mundo

Al final se equivocaron aquellos que pronosticaban el fin del mundo para el 2012 y el año 2013 ha llegado hasta nosotros como cualquier otro. O quizá no tanto. Para este año, muy probablemente, suben –o subirán- el recibo de la luz, el transporte público, las tasas aéreas, los carburantes, los peajes de autopistas, los costes de correos, las cuotas de abono de la telefonía, el IVA de la vivienda, los impuestos indirectos, las tasas judiciales, los impuestos de las loterías, la bombona de butano, los seguros de los vehículos, las recetas de medicamentos, el uso de la sanidad, el agua, el precio de muchos productos alimenticios, las tarifas de los aparcamientos o las tasas universitarias, entre otros. Por el contrario, muy probablemente, bajan –o bajarán- el sueldo de los trabajadores, las pagas extras de los funcionarios, las ayudas sociales, las becas, las pensiones o las posibilidades de encontrar trabajo.

 

. O quizá no tanto. Para este año, muy probablemente, suben –o subirán- el recibo de la luz, el transporte público, las tasas aéreas, los carburantes, los peajes de autopistas, los costes de correos, las cuotas de abono de la telefonía, el IVA de la vivienda, los impuestos indirectos, las tasas judiciales, los impuestos de las loterías, la bombona de butano, los seguros de los vehículos, las recetas de medicamentos, el uso de la sanidad, el agua, el precio de muchos productos alimenticios, las tarifas de los aparcamientos o las tasas universitarias, entre otros. Por el contrario, muy probablemente, bajan –o bajarán- el sueldo de los trabajadores, las pagas extras de los funcionarios, las ayudas sociales, las becas, las pensiones o las posibilidades de encontrar trabajo.
Todo el mundo sabe que el crecimiento de un país depende en gran medida de la clase media. Tener una clase media porcentualmente importante supone garantizar el consumo y, por añadidura, la productividad de las empresas. A pesar de que este razonamiento es de sentido común, nuestros políticos parecen haberse propuesto terminar de una vez por todas con la clase media, en una muestra más de su torpeza y estupidez. No hace falta ser una lumbrera para saber que la pérdida de poder adquisitivo por parte de las familias, subiéndoles los precios y bajándoles los sueldos, supondrá con total seguridad un menor consumo, y que este menor consumo propiciará una mayor destrucción del empleo por parte de las empresas.

Al tomar este tipo de medidas, nuestros políticos pretenden equivocadamente recaudar más dinero. Es la receta simplista propia de los tontos; subiendo precios e impuestos recaudaré más. Sin embargo, la recaudación que se puede conseguir por estos medios es totalmente insuficiente y no llegará ni de lejos a la cantidad prevista. Por ello, incapaces de generar otro tipo de políticas de crecimiento, más tarde o más temprano nuestros políticos necesitarán seguir aumentando impuestos o precios, lo que llevará todavía a un mayor empobrecimiento de la población y –por ello- a un menor consumo, a un mayor aumento del paro y –también- a una menor recaudación del estado. Y de nuevo, volverán a subir impuestos o precios para intentar salvar esa situación,

Con este tipo de medidas –y de políticos- la situación de nuestro país está absolutamente sentenciada para los próximos cinco o seis años, hasta que Europa empiece a crecer y nosotros nos sumemos al carro unos años más tarde, como siempre. Así, para los próximos años, el paro seguirá siendo imparable, los trabajadores bien cualificados intentarán huir de un país desquiciado, los ciudadanos cada día tendrán más dificultades para acceder a estudios universitarios y, por tanto, a cualificación, los jóvenes seguirán viviendo en casa de sus padres y sus padres, a casa de los abuelos, subsistiendo gracias a la ayuda de dos viejos pensionistas y de Cáritas o la Cruz Roja. Y aquellos que tengan la fortuna de tener un trabajo de doce horas al día a cambio de 900 euros, propio de un país tercermundista como España, pagarán impuestos y precios propios de un país rico como Noruega. Y todo ello para el mantenimiento de un statu quo que beneficia a unos pocos. 

UNETE



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