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Melancolía


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12/01/2013

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MELANCOLÍA






Vicente Adelantado Soriano





Del fuego que me ha quemado

¿qué es lo que tengo hoy en día?

Memorias que me atormentan

y un puñado de cenizas.





Augusto Ferrán, La soledad





No se lo contó a su compañero por unos minutos, no porque no se fiara de él, o le molestaran sus ironías, sino sencillamente porque hay cosas que son muy difíciles de explicar, y que es mejor guardárselas para uno mismo. Hacerlas comprensibles exigen horas y horas de conversación, y ni aún así.

-Sí, ni aún así -se repitió- porque ni yo mismo estoy seguro de entenderlas del todo.

-Tal vez porque no hay nada que entender -oyó una voz que le replicaba allá en el fondo del estómago.

-Ese es el problema, me parece -se dijo- que todo lo tenemos que racionalizar y explicar. Y muy a menudo ni sabemos por qué actuamos de esta forma y no de la otra.

Sea como fuere, hacía tiempo que venía notando un irresistible deseo de volver a su pueblo natal. De visita, por supuesto. Lo hizo ya en una ocasión: fue una escapada furtiva, nocturna, en la que buscó, sobre todo, no tropezarse con nadie. No quería ver a ningún conocido ni pariente, suponiendo que todavía quedara alguno con vida.

-Seguramente -rezongó- ni yo hubiera reconocido a nadie, ni nadie me hubiese reconocido a mí.

Aun así cuando bajó del coche, tras dejarlo aparcado a pocos metros de sus antiguas escuelas, se puso un gorro de lana que le cubría hasta las cejas, su subió el cuello del anorak, y se enrolló una bufanda, tapando boca y nariz. Nada le molestó. Hacía frío, mucho frío.

-Me encantaría que nevara -se dijo en tanto comenzaba a caminar por las calles del solitario pueblo.

Por fin estaba allí. Había obedecido a sus irresistibles ganas de volver al lugar donde naciera. No quería pensar mucho en lo que dicho regreso suponía, aunque fuera por unas horas. Era algo así como cerrar el círculo, como el mito del eterno retorno. No obstante, se sentía muy vivo y con ganas de seguir respirando. También experimentó una cierta alegría y contento de estar por aquellas viejas calles y plazas. Le costó reconocer alguna de ellas.

Había estado conduciendo por autovía y carreteras durante un par de horas. Iba oyendo música clásica, cuartetos de Mozart, y vigilando el cuadro de mandos del coche: le llenaba de ilusión ver cómo se encendía la estrellita que le anunciaba que, fuera, estaba helando. Los números fueron descendiendo: 13, 10, 4, 1, 0... En el coche se estaba muy bien: llevaba puesta la calefacción, por supuesto, así que la temperatura era más que agradable. Tampoco había nadie por la autovía: la tenía toda para él. Sin miedo, un par de veces apretó el acelerador sintiendo cómo respondía el coche a su ligera presión, e iba dejando atrás, a gran velocidad, los postes que no veía. Se moderó. Temió dar con alguna placa de hielo. Y al cabo de un tiempo, cuando hasta la música comenzaba a resultarle molesta, comenzó a sospechar que se había perdido. No recordaba que la otra vez le costara tanto llegar al pueblo.

-La otra vez iba acompañado -se dijo-. Y tres cosas acortan el camino -recordó-: tener hambre, la conversación o ser perseguido.

No estaba seguro de si eran esas tres cosas, que leyó en algún libro, las que hacían más breve y distraído un itinerario; pero tampoco tenía excesiva importancia. Decidió, sea como fuere, seguir hacia delante. Y al cabo de un tiempo, cuando había decidido continuar conduciendo hasta donde estuviera nevando, vio el cartel que anunciaba el desvío de su pueblo. Redujo, puso el intermitente y se metió por la carretera comarcal. Intuyó, al cabo de unos minutos, que frente a él se alzaba ya el campanario del pueblo. Se equivocó. Lo vio a la salida de una curva. Y lo vio porque en lo más alto habían puesto una estrella luminosa. Era una novedad para él.

-Has de procurar dominarte -se aconsejó apenas el coche comenzó a rodar por la carretera que circulaba paralela a las casas, entre las que descubrió la suya, el lugar donde nació y vivió.

-Sí -se respondió-. Como dijo el hombre aquel, no vale la pena. Nada tiene ya solución. Y es inútil enfadarse. Ahora bien, no voy a poder evitar el ramalazo de melancolía.

-Hombre, llevada con un poco de elegancia, hasta puede resultar un poco agradable.

El pueblo era tan pequeño que pese a la más que moderada velocidad, supo que ya estaba saliendo de él apenas hubo entrado. Giró a la izquierda y fue a dar, tras una recta y larga calle, a las viejas escuelas. Aparcó allí. Y nada más descender del coche se vistió como si fuera a atracar un banco. Eran las cinco y media de la mañana. Y no se oía por allí la más mínima señal de vida.

-El insomnio también tiene sus ventajas -se dijo abrigándose rápidamente-. Y este majestuoso silencio: aquí es imposible enterarse de si uno está perdiendo oído o no.

Nunca le había gustado la calle en la que aparcó el coche. Fue de las menos transitadas por él en su infancia. En ella, lo recordaba perfectamente a pesar de los años transcurridos, vivía un muchacho con el que tuvo una épica pelea llena puñetazos, patadas, desgarros de camisas y alguna que otra gota de sangre. El padre del chico tenía una carpintería, creyó recordar; pero ahora la carpintería, cosas del destino, se había convertido en un horno de pan. Prestó atención. No parecía que nadie estuviera trabajando en su interior.

Calándose el gorro de lana hasta las cejas divisó la ventana de la escuela a través de la cual, unas navidades ya muy lejanas, vio a los carromatos de los gitanos alejándose del pueblo. Dos días antes levantaron una carpa en una era, e hicieron un par de funciones de circo durante dos o tres noches. El circo era tan pobre que él y su abuelo tuvieron que llevase los asientos, dos cajas de las utilizadas para embalar fruta. Creía recordar que los espectadores no llegaban ni a diez.

-Y sin embargo -se dijo sonriendo- ha sido una de las cosas más mágicas y fabulosas que he visto en mi vida. ¡Qué cosas!

No sabía si se engañaba o no. Le tuvo sin cuidado. Abrió lo brazos en un gesto teatral, y se puso a caminar al tiempo que exclamaba:

-¡Melancolía, a tus brazos me entrego! No me defraudes. Y si es posible -se dijo sintiendo un escalofrío- que nieve un poco.

La escuela le recordó enseguida a su primer maestro, a don Dionisio. Conforme iba envejeciendo sentía más y más simpatía por aquel hombre al cual, de haberlo visto por la calle, ni lo hubiera reconocido. Don Dionisio le trajo a la memoria a doña Pepita, la maestra que le enseñó a leer. Sintió un deseo imperioso de ver la casa donde vivió ella, y de visitar su antigua escuela. Tuvo que hacer para ello, el viejo recorrido de su infancia. Pasó por delante de la casa de uno de sus tíos, por delante de la tienda donde, todos los jueves, se compraba un tebeo del Capitán Trueno, por delante de la herrería, donde anunciaban las películas... por delante de su casa, por el callejón donde vivía María, la ancianita que lo cuidaba de vez en cuando, y por la vieja fuente. Esta no había cambiado en lo más mínimo.

La vieja escuela, al lado del derruido cuartel de la guardia civil, ya no existía. Tenía la puerta tapiada. Y la ventana estaba excesivamente alta para mirar a través de ella. Se quedó parado en la puerta.

-Aquí aprendí a leer -se dijo-. ¡Y qué paciencia tenía doña Pepita con nosotros!

Recordó su paso por institutos y por la Universidad. Había conocido infinidad de profesores a lo largo de su vida. Profesores humildes, sin pretensiones, y otros infatuados, con un ego tan grande como el propio cosmos, siempre haciendo descubrimientos de poemas, sonetos y obras olvidadas que no interesaban a nadie, ni a ellos mismos; pero que presentaban como el último grito de su absurda investigación.

-Somos tan poca cosa -se dijo sorprendido por un copo de nieve- que necesitamos mentirnos y creernos nuestras propias mentiras. Algunos hacen acopio de mentiras y de poder, como si eso los fuera a librar de la muerte y del olvido. O de la infelicidad.

-Es cierto -asintió al cabo de unos pasos notando ya que sí, que empezaba a nevar- que vale más un bello recuerdo que una triste realidad. Y es más difícil enseñar a leer a un niño que crecerse por cosas que, en el fondo, no importan ni al que las ha descubierto.

La nieve comenzó a caer con cierta fluidez.

-Las nieves de antaño -se dijo sin apresurar el paso-que enfrían tanto o más que las de hogaño.

Y recordó aquella mañana en la que salió de la escuela corriendo y saltando, era sábado, con una tarjeta navideña hecha por él. Don Dionisio le dio el visto bueno, y él bajó la escaleras a toda prisa para llevársela a sus padres. Recordó, y nunca lo olvidaría, que saltó un pequeño charco helado: fue una apuesta consigo mismo, pues estaba seguro de no ser capaz de hacerlo; pero, sí, lo hizo. Ni se resbaló ni se cayó.

-Y a partir de ahí -se dijo sonriendo ante la espesa nieve que caía- el recuerdo me engaña. Recuerdo que me metí en la cama entre mis padres. Y eso no es posible... Dudo de que a aquellas horas estuvieran en la cama, o de que me fuera a la escuela yo y ellos se quedaran durmiendo... No sé, algo falla.

No le dio más importancia. Se quedó con el recuerdo por muy ilógico que fuera. Como también se quedaba con la imagen que tenía del pueblo. Lo había encontrado muy cambiado. Dio la vuelta a la escuela. Al volver la esquina estaba la entrada del viejo cine. También la puerta estaba tapiada. Y lo que antes, frente a ella, eran pajares, desniveles y abandono, ahora se había convertido en chalets o en casas de gente adinerada. En la puerta del cine, allá en la prehistoria, habló por primera vez con una chica que le hizo temblar de emoción.

-Aunque durante todos aquellos años -se dijo con el gorro lleno de nieve- mi único y verdadero amor fue doña Pepita.

Sonrió. Se quitó el gorro de lana, lo sacudió rápidamente y se lo volvió a poner, colocándose la capucha del anorak por encima de él.

-Ahora, aunque me viera, no me reconocería ni mi madre.

Siguió caminando por las calles desiertas. No quiso dejar ni una por recorrer. Había cosas, las fuentes, por ejemplo, todas, que seguían igual. Otras cosas habían cambiado radicalmente. Todavía reconoció el lugar donde estaba, dentro del pueblo, el cementerio viejo. Sobre él se levantaba ahora una casa más bien fea. Saltando la tapia entró una tarde, furtivamente, con otros amigos, con la idea de ver un esqueleto. Y entonces recordó que el primer muerto que vio en su vida fue el del marido de la maestra, no el de doña Pepita, que eran joven y soltera... Sí, lo recordó con toda nitidez. Y se emocionó mucho cuando, en una de sus idas y venidas, descubrió que habían dedicado una calle a aquella vieja maestra. Su foto estaba encima del nombre, sobre la lápida. Apenas si la pudo distinguir a la luz de un lejano farol. No estaba dispuesto a que la cosa quedara así. Se fue al coche rápidamente, cogió una linterna, y alumbró la foto de aquella buena mujer. Tuvo que reconocer que no la recordaba de nada. No obstante, una vez, sin saber porqué, tal vez por enfermedad de doña Pepita o de don Dionisio, asistió a su clase, que era la de las chicas mayores. Hacía mucho frío.

-Igual que ahora -murmuró. Por turnos -se contó- nos dejaba que nos aproximáramos a la estufa a calentarnos las heladas manos.

Y la recordaba vestida de negro, llorando al lado del cadáver de su marido. Eso fue para él la muerte: alguien que llora, y alguien que no se mueve.

Volvió sobre sus pasos. Y volvió a iluminar la foto. No, decididamente no la recordaba. Es más, no tenía ninguna imagen de ella, como tampoco la tenía de doña Pepita. Sencillamente recordaba sensaciones: la enormemente placentera de estar en la clase de don Dionisio; los amplios ventanales a través de los cuales veía el tren, muy lejano, que bajaba de las montañas. Aquel tren no le gustaba. Quizás porque intuía que algún día se lo llevaría para siempre jamás. También recordaba la calidez de doña Pepita, su enorme paciencia, su pelo tan rubio; y la tristeza cuando supo que se casaba y que se iba del pueblo.

-La primera mujer que me abandonó -se dijo sonriendo.

Nunca supo cómo se fue del pueblo. Imaginó que, dado el momento, lo haría con el tren. Sintió entonces unos enormes deseos de ir a la vieja estación. No se lo pensó dos veces. Nevaba copiosamente. La estación estaba totalmente cambiada, modernizada. Sólo el viejo reloj continuaba igual y en el mismo sitio. Tal vez allí, mirando la hora, montara doña Pepita en el tren para nunca más volver.

-Cuánto me gustaría decirles, a ella y a don Dionisio, lo muy agradecido que les estoy -dijo subiendo la cuesta que lo llevaba al pueblo.

Pero era tarde. Seguramente ya habrían fallecido los dos. Recordó entonces la muerte de su abuelo. Cerró los ojos y fue capaz de memorizar el camino del cementerio, del nuevo. Pese a la nieve, cada vez más espesa, se dirigió hacia allí. Dada la hora no creyó ni que estuviera abierto, ni que pudiera entrar.

-Antes -recordó- todo estaba abierto: mi casa, la iglesia, el cementerio. Ahora parece que tenemos un miedo cerval unos de otros. Todo está cerrado.

Volvió a cruzar el pueblo. Llegó al cementerio al cabo de una media hora. Estaba helado pero feliz. Como intuyó, la puerta, de hierro, estaba cerrada. Se quedó ante ella sin saber muy bien qué hacer. Le hubiera gustado entrar, echar un vistazo por las lápidas y las cruces en busca de sus familiares, tíos y abuelos, que reposaban allí.

-Tendré que volver de día -se dijo emprendiendo el camino de regreso.

Hacía demasiado frío como para esperar allí de pie. Y no le apetecía, por otra parte, esperar a que abrieran algún bar y arriesgarse a que alguien lo conociera y tener que entablar cualquier insulsa conversación. En busca de su coche salió a la carretera. Por ella, recordó, venían los Reyes Magos cargados con balones y sacapuntas que su madre había encargado a una mujer que, siempre, por esas fechas, se iba a la ciudad a visitar a sus hijos. Todavía reconoció la casa de dicha mujer, vecina a la de doña Pepita y a su escuela. El pueblo era tan pequeño. Lleno de melancolía lo volvió a recorrer una vez más. Lo hizo sin descanso hasta que oyó toser a un vecino por una calle. Entonces se marchó. El coche estaba cubierto por una fina capa de nieve.

-¡Qué maravilla! -exclamó poniendo el motor en marcha-. Y ahora regresemos a casa sin música. En silencio. Oyendo caer la nieve de antaño.



Etiquetas:   Infancia

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