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Palabras...


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10/01/2013

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Carlitos (hoy tiene 7 años) está en clase, pensativo. Resopla y apoya la cabeza en su mano mientras mira el techo, esperando que en la pared surja una respuesta. sus compañer@s van contestando uno a uno en voz alta. Carlitos se agobia, empieza a jugar con su pelo, a tocarse los trasquilones, necesita tener ocupadas las manos y siempre ha creído que tocarse la cabeza hará que sus ideas fluyan. Finalmente se le enciende la bombilla. Ya tiene la respuesta. La profesora parece contenta con las respuestas que están dando pero él sabe que tiene la mejor. Finalmente llega su turno, el objetivo es ponerle nombre a un dragón que tiene tres cabezas, vuela y echa fuego, hielo y rayos por cada una de sus bocas. Carlitos se pone serio y dice: “Profesora, los dragones no existen.”




Se podrá decir que el ejercicio pretendía trabajar su imaginación, que Carlitos no ha querido seguir un juego entretenido o que los dragones sí existen (solamente creo en los interiores). No me interesa. Mi discusión toma otro derrotero. El título es bastante explícito para entender que la cuestión es si nos hemos convertido en lo suficientemente estúpid@s para dar más importancia a la palabra que a su contenido. Es cierto que siempre he defendido la importancia del lenguaje a la hora de contar algo. Por el contrario creo que los nombres propios no tienen ninguna importancia más allá de la falacia que supone repetirlo constantemente a alguien a quién queremos simular nuestro interés. Pero no va de eso.

Iba a poner el típico ejemplo de la nieve y los esquimales pero resulta que es mentira. Luego he pensado poner el ejemplo de los diferentes nombres que ponían a la patata en Bolivia pero es que la diferencia entre unas y otras, es manifiesta. Me toca ir al grano sin bonitos ejemplos.

Somos capaces de discutir sobre la diferencia entre: júbilo, éxtasis, bienestar, entusiasmo, satisfacción, gozo, euforia, placer, felicidad, alegría… haremos matices sobre la intensidad o duración pensando que con eso basta para llamar a cada cosa por un nombre distinto. Si dijese que todas vienen a representar algo similar creo que nadie me daría la razón. No la tendría de hecho, pero el resto tampoco. Lo que me gustaría saber es si esa diferencia que suponéis manifiesta la habéis sentido. Si el intentar denominar casi todo lo que nos sucede nos ha llevado a acabar más pendientes del nombre que de la sensación. Siendo evidente además que para cada persona, cada una de esas palabras tendrá una acepción diferente a la que dará su vecino o, incluso, su mejor amiga.

Las estadísticas demuestran que estáis sedient@s de amor. Así que viendo el panorama de mi alrededor, la pregunta es: entre los sentimientos de encoñamiento, atracción, feeling, amor, enamoramiento, querer, amar, desear, enchochamiento, querer querer, sentir mariposas, corazones desbordando por el pecho, nudos en la garganta, ausencia de respiración, intención voluntaria de compartir la vida con alguien… ¿es tanta la diferencia? ¿No os basta con ser felices y hacer feliz a alguien? ¿Vuestra preocupación por ponerle nombre a algo que no podéis medir, ponderar, valorar o comparar os hace bien?

Dice un amigo que si está bien, muy bien, genial con su novia, no necesita preguntarse qué siente. Y en ese planteamiento tan sencillo, está la respuesta a todo. Creo.

Igual la máquina de medir sentimientos es el invento del siglo XXI, igual llega tarde y ya no quedan parejas que arreglar.

@saval_macian

De mi blog: http://alvarosaval.wordpress.com/



Etiquetas:   Sentimientos   ·   Felicidad

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