.
Llenos de riquezas naturales, los intentos de ver a naciones ricas se agotan en
indicadores que hacen aparentar que todo está bien encaminado, aunque luego los
pequeños números nos enrostran una realidad de precariedad, desigualdad y
pobreza. Mientras las exportaciones, las reservas, el incremento del Producto
Interno Bruto (PIB) y el control de la inflación o la cotización de la moneda
se muestran favorables, resulta muy difícil ver todo esto traducido en números
pequeños, cercanos a la gente.
Uno de los
ejemplos lo podemos ver en la economía mexicana, que este año volverá a crecer
-por tercer año consecutivo- y que ha generado poco más de 600 mil empleos formales.
Con una recuperación en la inversión extranjera, con ingresos favorables debido
al elevado precio del petróleo, pareciera que hablamos de una economía próspera
y en franca expansión. Sin embargo, a los grandes indicadores se contraponen
los bajos salarios, la informalidad en la que se encuentra el 60% de los
empleos, los elevados niveles de pobreza que golpean a la mitad de la población
y, fundamentalmente, el rezago educativo que alcanza a 33 millones de
mexicanos, en un país con 114 millones de habitantes.
O cuando
pensamos en Venezuela, un país que puede presumir de tener uno de los ingresos
más millonarios por petróleo del continente, pero que luego debe esconder con
vergüenza los números de la pobreza, la marginalidad y la violencia. E incluso
la gigantesca economía brasileña, que ha logrado crecer y distribuir mejor los
ingresos en los últimos años, exhibe pobreza, mucha desigualdad y enormes
limitaciones. Hoy, este país que según la hipótesis de los BRIC será una de las
potencias dominantes en 2050, es el más desigual de la región y uno de los más
desiguales en el mundo.
En el caso del
Paraguay tenemos algo parecido. Los números macroeconómicos, de los que tanto
se jactó Nicanor Duarte Frutos o los que coyunturalmente posicionaron al país
como el de tercer mayor crecimiento a nivel mundial durante el gobierno de
Fernando Lugo, nunca terminaron por aterrizar en la economía de la gente, por
lo que seguimos teniendo un país con más de la mitad de la gente en situación
de pobreza, con bajos ingresos, con marcada desigualdad social y con una
proyección a largo plazo que no augura un futuro mejor, debido a que sólo se
cuidan indicadores y no se apuesta por un plan revolucionario que cambie la
situación desde las entrañas de la nación. Aunque para 2013 se espera otro
crecimiento económico récord, lejos de cambiar la realidad solo agudizará la
situación: con una población con escasa educación, la riqueza que se genere
quedará en pocas manos, lo que volverá al rico más rico, y al pobre más pobre.
Las verdaderas
carencias que debemos atender no pasan por el mantenimiento de la macroeconomía
ni por disimular realidades mediante indicadores que muestren sólo el
envoltorio y no el contenido. Detrás de los indicadores económicos hay
problemas estructurales que requieren tratamiento urgente para equilibrar las
oportunidades y la calidad de vida de nuestra gente. Lo primero que debemos
corregir es la marginalidad en el acceso a la educación, que es la que hace que
millones de personas no puedan acceder a un buen empleo ni tengan la más más
mínima oportunidad de posicionarse en los sectores por donde pasa la riqueza.
Hay que lograr mayor inclusión en materia educativa, así como hay que apostar
para que se fomenten la innovación, la invención, los emprendimientos independientes
y las microempresas.
Son los
cimientos de la sociedad los que hay que mejorar, no los techos económicos. Los
ingresos millonarios no servirán de nada si seguimos tolerando la exclusión y
si permitimos gobiernos que sólo mantengan indicadores y no ataquen problemas
de fondo. Es la pequeña economía la que hay que hacer crecer, la que debemos
atender y mejorar. Y para ello, debemos volcar los grandes ingresos hacia
proyectos a largo plazo para la gente, con miras a fomentar su capacidad de hacer,
de producir y distribuir.