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Lenguaje


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09/01/2013

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Uno de los problemas filosóficos más importantes ha sido y es sin duda alguna la relación entre el lenguaje humano y la realidad, así como la del pensamiento con el lenguaje. Ya Platón en su Cratilo fue el primero en abordar el problema del lenguaje y el significado de las palabras. Es famosa su tesis, aunque muy mal interpretada por los lingüistas actuales, de que existe una relación natural entre el lenguaje y la realidad que designa; natural en el sentido del kata physein de Aristóteles, de la justicia distributiva, donde es natural y justo que el amo domine al esclavo o que la mano derecha sea más hábil que la izquierda. Esa relación natural es de tal modo que si la alteramos, las palabras pierden todo su significado; de esta manera pretendía Platón combatir el relativismo de los sofistas, quienes habían considerado todo lo humano como convencional (nomos) y arbitrario. Tesis que sin embargo sostiene Aristóteles acerca del lenguaje humano, pero distinguiendo entre el logos retórico (que busca convencer sin prestar atención a su verdad) y el logos apofántico, es decir, dotado de verdad y falsedad. Fue precisamente Aristóteles el primero que estableció el análisis oracional que aún hoy se utiliza, antes de la Gramática que acuñarían los estoicos.










Estas cuestiones sobre el lenguaje humano tomaron cuerpo en la Edad Media en torno a la polémica sobre los universales, a partir de las enigmáticas cuestiones planteadas por Porfirio en su Isagoge a propósito de las categorías de Aristóteles: si los conceptos universales son previos a las cosas particulares o están en ellas, o son posteriores a ellas. Varias posiciones se sostuvieron en esta disputa sobre los universales: el realismo extremo, que podría ejemplificarse en sería San Anselmo con su famosa demostración lógico ontológica de la existencia de Dios, una idea universal e innata que ni siquiera el insensato puede negar (en la línea del innatismo que señaló San Agustín respecto al hombre, el único ser dotado de logos y por lo tanto capaz del conocimiento de las ideas ejemplares que están grabadas en su mente), el nominalismo radical, representado por Roscelino de Compiegne, para quien no existe el color sino las cosas coloradas, y una posición intermedia representada por Pedro Abelardo (incluso habría quienes introduzcan en este lugar a Santo Tomás de Aquino, pese a ser un realista), para quien los universales son predicación, sermo, respecto a los objetos particulares.





No obstante, esta presentación suele olvidar las distintas variedades de nominalismo, considerando que toda esta vertiente, tras señalar a Roscelino, toma forma en Duns Escoto, prosigue en Guillermo de Occam y seguiría durante la Filosofía Moderna con Bacon o Locke. Pero lo cierto es que, como ha señalado Gustavo Bueno en varios lugares, existe una considerable diferencia entre el nominalismo de género y el nominalismo de especie, que sería una suerte de nominalismo radical. Resulta difícil atribuir un nominalismo de esta última naturaleza a frailes franciscanos (y por lo tanto «comunitaristas»), puesto que tanto Escoto como Occam habrían defendido que existen distintos individuos en contigüidad unos con otros, por compartir un mismo género, pero a su vez estos géneros serían inconexos: como diría Occam, entre la mujer y la yegua habría la misma relación que entre el caballo y el hombre. O como señalaría más adelante el jesuita Francisco Suárez, la distinción entre esencia y existencia es una distinción de razón, pues toda cosa por el mero hecho de existir ya dispone de su propia esencia.





En el contexto de la denominada filosofía analítica, que buscaba la conformación a través de la lógica matemática de un lenguaje perfecto, carente de las ambiguedades del lenguaje natural, también surgieron realistas extremos (Meinong) y nominalistas de especie como Russell o Wittgenstein. Aunque este último acabará cayendo en la cuenta, en una segunda etapa de su pensamiento, sobre la importancia de los distintos usos del lenguaje. En esa misma época surgen los estudios de Lingüística positiva, muy ligados precisamente al estudio de la conducta: el norteamericano Charles Morris se encontraba ligado al pragmatismo norteamericano del que surgiría el conductismo, señalando en su semiótica las funciones semántica, sintáctica y pragmática; Karl Bühler estaba ligado también a la escuela funcionalista en psicología y señaló con su famoso triángulo comunicacional formado por el mundo externo, el emisor y el receptor, las funciones del lenguaje: expresiva (predomina el emisor), apelativa (predomina el receptor) y representativa (predomina el mundo externo); Saussure con su idea estructuralista vino a señalar que las relaciones entre el significante o las palabras y el significado o la realidad que designan es meramente arbitraria, acercándose al convencionalismo de los sofistas; Noam Chomsky en su gramática generativa defendió un innatismo de los seres humanos para desarrollar el lenguaje que recuerda mucho a las teorías de San Agustín o Descartes.





Sin embargo, estas ideas sobre la naturaleza del lenguaje y su relación con el pensamiento y la realidad están plagadas de conceptos metafísicos y teológicos, deudores en muchos casos como vemos de la polémica medieval de los universales, manteniendo una dicotomía entre lenguaje y realidad o lenguaje y pensamiento. Desde nuestra perspectiva, es válida la tesis de Platón sobre el carácter «natural» del lenguaje, si entendemos por natural que es parte de la realidad y no una mera convención arbitraria. El lenguaje es en sí mismo una tecnología, tan material como el trabajo realizado con las manos; de hecho, hablar es inicialmente gesticular, el lenguaje originario es gestual como han demostrado los etólogos a propósito de sus estudios con chimpancés, y la doble articulación ha sido un paso evolutivo posterior que ha permitido a los seres humanos desbordar la realidad de los lenguajes animales y conformar una nueva realidad genuinamente humana: las instituciones que ha señalado Gustavo Bueno, las figuras del hacer humano que están talladas con los propios conceptos del lenguaje.





De hecho, una institución muy positiva y ligada a todas las culturas humanas es la del matrimonio, cuya etimología proviene de madre: el matrimonio sería así la institución (independientemente de si es monogámico, poligámico o poliándrico) orientada a la familia y la protección de los hijos. Y que la decisión de determinados sujetos sea la de contraer matrimonio y no tener hijos no anula la finalidad objetiva de la institución, pese a la opinión indocta de algunos tertulianos. Por eso, la «ley de matrimonios homosexuales»  que se aprobó en España hace ya varios años es un completo sinsentido, pues una pareja de homosexuales no puede tener hijos y además se encuentra con la realidad de las restricciones de la adopción, realizadas desde la institución del matrimonio que aún se sostiene con buen criterio en el resto del mundo. Si se le hubiera denominado «ley de parejas de hecho», se hubieran mantenido los mismos derechos y no se hubiera tocado la institución del matrimonio, pero el iletrado gobierno de la etapa de Zapatero no tuvo mejor ocurrencia que destruir la institución del matrimonio para satisfacer sus necesidades populistas de votos.





Concluiremos que el lenguaje doblemente articulado es una tecnología con la que los seres humanos transforman su mundo y desbordan los sistemas de comunicación del resto de animales. Por lo tanto, destruir una palabra y su significado, como llegaron a postular algunos estructuralistas franceses como Foucault, la «revolución en el lenguaje», no es eliminar una simple palabra sino una institución, una parte efectiva de nuestro mundo.





Etiquetas:   Lenguaje

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