. Era la Constitución de
Cádiz de 1812, la expresión jurídica de los liberales españoles hasta que se
produce la reinstauración absolutista de Fernando VII. El grito “Viva la Pepa”
era uno de protesta, de resistencia, de incomodidad frente a la represión.
Podríamos pensar que la acepción
que toma en Venezuela la expresión “ese
es un viva la pepa” se deba a
que el grito era pronunciado por algunos de comportamiento non sancto, quizás de alguno
extraviado en el alcohol o poco dado a cumplir sus compromisos, pero también
podríamos pensarlo como un señalamiento de los monárquicos locales a quienes lo
pronunciaban indicando de esta manera a un enemigo de Fernando VII.
Sea como haya sido la expresión
pervivió entre los venezolanismos como un calificativo de desprecio, lo que nos
lleva a tal punto de pensar que no estamos en vísperas de una consideración
constitucional sino más bien de una mirada a nuestros vicios. Al fin y al cabo Pedro
I Carmona Estanga de un plumazo, y con la ayuda de ilustres juristas,
derogó nuestra Constitución del 99 y proclamó rediviva la del 61, lo que nos
hace reflexionar sobre el poder de hecho antes que en sesudas disquisiciones
jurídicas. Es decir, una absoluta continuidad de nuestra historia.
Es lo que ahora vemos, una
pervivencia de los viejos hábitos enmarcados en la tecnología del presente.
Asistimos al divorcio evidente entre redes sociales y realidad, a la credulidad
a los rumores y especulaciones, a una clase media dando bandazos y alojada en
una morbosidad poco disimulada, a la ignorancia de la existencia de otro país
marcado por una fe cuasireligiosa y a la manifestación patética de un desamparo
ocasionado por los errores políticos de reciente data que condujeron a la
destrucción definitiva de los ya tambaleantes viejos envoltorios protectores,
llámense partidos, sindicatos o gremios.
Lo que le queda a los
desamparados es el refugio en sus sueños de milagro y a los dueños del poder el
mantenerse acorazados, impermeables en un dominio que les parece eterno. Lo
hemos visto en la instalación de la Asamblea Nacional, una fuera de lo normal
dadas las circunstancias que vivimos. Entre otras cosas hemos asistido a
suicidios políticos tal vez como algún senador romano se quitó la vida, en esa
ocasión textualmente, ante el acoso de una poblada.
La jugada de Diosdado Cabello
trayendo a la palestra interpretaciones constitucionales torcidas, y que tanto
éxito le dieron en las primeras de cambio, en el tiempo de las confusiones
iniciales y antes de que algún comandante de legión se diera cuenta, cayeron
con su elección como presidente de eso que todavía llaman Parlamento. Quizás el
propio Cabello no se ha dado cuenta, pero su única salida era ser reelecto también
con los votos de la oposición a cambio de la cesión de la segunda
vicepresidencia. Al no producirse el hecho –que no se produce por la imposición
de una línea dura de no moverse un milímetro como si Chávez estuviese allí-
perdió toda posibilidad de encontrar una ruta hacia una competencia con
posibilidades de éxito. Diosdado ha sido reelecto, descanse en paz Diosdado. Y
con él la oposición que jugó al efímero pensamiento de considerarlo la tabla de
salvación, bajo el argumento de que Maduro era el comunista castrodependiente y
Cabello apenas un militar nacionalista.
La historia se escribe mientras
se sucede, podría argumentar Don Francisco de Quevedo, a quien es mejor
interpretar que a la Constitución. La parafernalia del acto, con
vicepresidente, ministros, gobernadores, alto mando militar y Don Perico de los
Palotes, más la clientela popular rodeando el Hemiciclo por si alguna falla
ameritara llamar a al general Monagas a ponerle orden a algún Fermín Toro
levantisco, marca el proceso que se nos adelanta y nos hace asegurar que si
hasta el momento había un brazo torcido ahora existe colocada una camisa de
fuerza.
Es tal la necesidad de hacerse
Perogrullo que debimos recordar antes del 10 estaba el 5. Con tal despliegue
podemos esperar, incluso, que el día 10 tengamos honores militares incluidos al
presidente. “Es nuestra historia, estúpido, es nuestra historia” quizás
deberíamos exclamar parafraseando a Bill Clinton. O deberíamos recurrir al
grito de “viva la pepa”.
tlolopezmelendez@cantv.net