LOS MISERABLES: un musical directo al Oscar

Definir a Los Miserables (Tom Hooper, 2012) como el musical más puro de la historia del cine no resulta tan descabellado si tenemos en cuenta que, en primer lugar, este largometraje basado en la exitosa adaptación teatral de la aclamada novela que Victor Hugo escribió en 1864 se trata de uno de esos escasísimos ejemplos en el que los propios actores no sólo son los que cantan -que no bailan- sus propios temas, sino que además lo hacen en directo en el plató, mostrando una alergia al playback de la que ya podrían tomar nota otras producciones similares. En segundo lugar, el otro gran acontecimiento que termina de convertir a Los Miserables en una película que hará las delicias de todos los seguidores del género -abstenerse todos los demás- es el hecho de su vocación decididamente musical, ya que a lo largo de sus más de 150 minutos, en los que tan sólo figuran unas veinte frases dialogadas, las (magníficas) canciones se suceden una tras otra. Si, además, valoramos la correcta inserción a nivel argumental de todos sus canciones -lo más difícil de conseguir en un musical-  el resultado deja de ser estimulante para convertirse en todo un acontecimiento.

 

. En segundo lugar, el otro gran acontecimiento que termina de convertir a Los Miserables en una película que hará las delicias de todos los seguidores del género -abstenerse todos los demás- es el hecho de su vocación decididamente musical, ya que a lo largo de sus más de 150 minutos, en los que tan sólo figuran unas veinte frases dialogadas, las (magníficas) canciones se suceden una tras otra. Si, además, valoramos la correcta inserción a nivel argumental de todos sus canciones -lo más difícil de conseguir en un musical-  el resultado deja de ser estimulante para convertirse en todo un acontecimiento.
Al igual que la novela original, la acción de la película nos traslada a la Francia revolucionaria de mitad del Siglo XIX, época en la que asistimos al encarcelamiento del malogrado Jean Valjean (Hugh Jackman) por parte del malvado Inspector Javert (Russell Crowe). Años después, ya en libertad, el ex presidiario conocerá a Fantine (Anne Hathaway), una obrera de fábrica que lucha por sacar a su hija pequeña adelante. Poco después, y minutos antes de morir, la joven hace prometer a Jean que cuidará de su pequeña, Cosette (Amanda Seyfried, de nuevo en un musical tras Mamma mia -Phyllida Lloyd, 2008- ), tarea que él asume encantado. Será el comienzo de una nueva vida para ambos, en un contexto social convulso y en el que en todo momento son constantes esas ansias de rebelión de un pueblo que ha tomado conciencia de que ha permanecido demasiado tiempo en condiciones infrahumanas, haciendo verdaderamente honor al título de la obra, en la que nunca dejar de respirarse esas ansias de libertad de sus gentes. Es por ello que el director se muestra comedido a la hora de inclinarse por la vertiente romántica de la trama y apuesta por zambullirse de lleno en el que es el espíritu más nítido de la película: un homenaje a los oprimidos, a los que sufren en primera mano la injusticia, la pobreza y la marginación, temas que recorren el film de punta a punta.

Auténtica lección de convivencia social y haciendo siempre gala de un halo de atronador humanismo, el gran mérito de Los miserables es que se disfraza de musical para, en el fondo, no ser más que un fiel retrato no sólo del tiempo en el que se ambienta la función -una Francia desolada, gris, de una estética que varía en el transcurso del film-, sino también en un eficaz retrato de nuestro tiempo, de ahí parte de su éxito. En efecto, el por otro lado irregular y bastante desorientado Hooper -un realizador con escasa experiencia en cine como para hacerse con las riendas con un proyecto de unas hechuras que le viene grandes, a pesar de su indiscutible éxito en El discurso del Rey (2010)-, acierta a mantenerse fiel a su estilo a lo largo de toda la función, un hecho por el que no faltará razón a quienes interpreten la película como una crítica a la sociedad contemporánea; una sociedad golpeada por una crisis económica que, inmisericorde, ha dejado una riada de miserables a su paso. Una lectura salvaje y a la que sólo podrán llegar aquellos que rastreen en el mero apartado musical, sí, pero quizá no muy alejada de la intención que Victor Hugo tenía en mente cuando escribió una novela  en la que valores universales como el amor a la patria, la libertad y el coraje no dejan de figurar nunca en un primer plano.

Aunque las dimensiones colosales del largometraje son indiscutibles -el apartado técnico de la película, desde fotografía hasta efectos de sonido, es apabullante-, si algo se le puede reprochar a la película es que su grandeza nunca de despegar, como si el director se mostrase reacio (o más bien incapaz) de imprimir de aliento épico y de garra una producción que lo tenía todo para ser una obra maestra pero que, al final, se tiene que conformar con el sobresaliente. No ayudan sus mareantes movimientos de cámara, el incomprensible uso de los primeros planos y unos extraños tiros de cámara y zooms que, lejos de resultar vanguardistas, terminan por saturar a un espectador que se queda con la sensación de que se podía haber exprimido más sus recursos, especialmente sus localizaciones. Si a esto se le suma algún salto temporal risible -ese, por otro lado, soberbio Jackman físicamente igual de una escena a otra en la que se produce un salto temporal de 9 años-, y algunos personajes excesivamente esperpénticos -ese Sacha Baron Cohen, al igual que en La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), vuelve a resultar chirriante-, el resultado queda lejos de ser imprescindible. No así, entrará directo en lo más alto del podio de los musicales más míticos del séptimo arte, compitiendo en la misma liga que Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965), Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) o Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952), gracias en muy buena medida a ese I dreamed a dream -el rey de los temas y principal reclamo del film -junto a los también legendarios At the end of the day y On my own, canciones a las que se recurre de forma nada casual en más de una ocasión- con ese primer plano fijo de una Hathaway inmunda, despeinada, abatida y, al mismo tiempo, soberbia, catapultada de manera ipso facta a un Oscar como mejor secundaria que, de no conseguirlo, sería una de las injusticias más flagrantes de la historia.

UNETE



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