. Bajaba desde Cuchipirca con dirección al pueblo de Girón
caminando por un camino pedregoso e irregular con antiguo empedrado, apurado
para que no me sorprenda la madrugada y a lo mejor mis padres se sientan mal y
me reclamen. En el trayecto vi que requería de una compañía, por lo menos un
cigarrillo, pero en dónde comprarlo. Al paso vi una casa con una puerta abierta
y una luz adentro, seguramente, pensé, es una tienda, y me aproximé para preguntar.
Soñolienta una mujer me miró tras la luz y se sorprendió dibujándose su rostro
en el candil.
- ¿Jovencito, quién es
usted, que busca…?
- ¿Por qué anda a estas horas de la noche?
- ¿No le da miedo?
Fueron preguntas en ráfaga y
con sobradas razones porque por allí ya no asomaba nadie sobre todo a esa hora.
- No hay por qué tener
miedo, le respondí. Creo que por aquí la gente es buena y no hay nada qué
temer.
- Es que más abajo tiene que
pasar una quebrada por un puente y dicen que por allí a las doce aparece el
diablo. Tendrá cuidado, váyase rápido y pase antes de la media noche.
Con semejante amenaza pensé
un momento, encendí el cigarrillo en el mechero y salí apresurado, que la mujer
diría, le dio miedo.
El puente sobre el río
Portete era un simple paso sobre unos cuatro palos y por debajo corría una
escasa corriente que proviene del Nudo del Portete, unos ocho km arriba, pero
para esa época de estiaje casi no hacía ruido. Llegué al sitio y me senté sobre
una piedra, con la curiosidad de ver qué sucedía. Vi mi reloj, era la hora, las
doce de la noche. Esperé un poco más. El ruido de unos guineales era lo único
que me acompañaba y abajo el tenue paso del arroyo. Pasaron quizás unos veinte
minutos y nada. El Diablo faltó a su lugar de cita acostumbrada.
Comencé a caminar hacia el
pueblo, distante unos dos km. Estas historias se inventa la gente para hacer
tener miedo a los niños ya los jóvenes para que no trasnochen y lleguen pronto
a sus casas, pensé. En unos veinte minutos de apresurado andas para superar el
frío del amanecer, me encontré cruzando ya el parque central de Girón. Ni una
alma asomaba a esa hora, los gallos todavía no cantaban y sólo el viento movía
las ramas de los árboles, sobre todo del gran alcanfor hermoso plantado décadas
atrás por mis mayores, mientras las luces titilantes se mecían sobre los postes
de madera.
No hay qué perder, me quedan
varias horas para dormir lo suficiente, para mañana jugar fútbol con mis amigos
y al medio día pasar por la casa de esa hermosa chica morena hija de un guarda
de estancos que ha llegado de vacaciones. O talvez, como picaflor, para ver a
la chica de la tienda, hermana de un amigo. Ojalá pueda conversar con ella,
aunque sea unos minutos, ya eso puede ser suficiente en mis intentos. Llegando
a la puerta de la casa, empujé el un lado e ingresé sin novedad, no como la
otra vez que me había puesto llave y tuve que golpear media hora. Adentro a
tientas y ciegas, tocando las paredes llegué a otra puerta y luego subí unas
gradas contadas de antemano para no tropezar, luego otra puerta y otra. Golpeo
la puerta del cuarto y adentro me responde una voz:
- ¡Pasen!
- Aquí hay una cama en el
suelo y caben dos.
-¿Cómo?
- Si estoy solo…
- Allí, allí, en el rincón,
me dijo la voz de sueño cortado de mi hermano.
Bueno, no era momento para
pedir explicaciones. Me agache, tanteando, me acurruqué y en pocos momentos
conciliaba el sueño.
Al día siguiente mi hermano
José se sorprendió al verme solo.
- ¿Y el otro?
- ¿Qué otro?
-Tú viniste con otro, insistió.
No era inquietante el asunto
en ese momento del nuevo día, más preocupaba el desayuno. Fue después la
preocupación cuando caminando por la calle me encontré con un amigo, que me
dijo:
- ¿De dónde venían ustedes
anoche?
- Pero si yo estaba solo…
¡Qué va!. Tú venías
acompañado de otro que venía junto a ti ligeramente atrás…Yo los vi desde la
ventana de mi casa.
Tampoco era inquietante esta
novedad, porque podía ser una simple imaginación de alguien que a esa hora cree
ver las cosas y está con sueño. Pero lo que vino después fue en serio. Me
enteré de algo que desde entonces me quitó la paz interior y dio origen en mi
ser al afán por las cosas de la historia y sus innumerables senderos. El 27 de
febrero de 1829 ocurrió desde el Nudo del Portete hacia abajo un tremendo
choque bélico y un reguero de sangre que ocasionó un millar y medio de muertos.
El puente del relato desde hace mucho tiempo se llama “Camacaro”, fue bautizado
así porque en esa fecha, cerquita de allí, un soldado peruano le travesó con
una lanza y mató al mulato venezolano del ejército de Sucre, y según la tradición,
desde entonces su espíritu cabalga en las noches a todo galope por esos campos del
honor, que él los defendió heroicamente.
César
Pinos Espinoza