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El puente Camacaro


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06/01/2013

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Eran las 11h30 de una noche fría de agosto. Bajaba desde Cuchipirca con dirección al pueblo de Girón caminando por un camino pedregoso e irregular con antiguo empedrado, apurado para que no me sorprenda la madrugada y a lo mejor mis padres se sientan mal y me reclamen. En el trayecto vi que requería de una compañía, por lo menos un cigarrillo, pero en dónde comprarlo. Al paso vi una casa con una puerta abierta y una luz adentro, seguramente, pensé, es una tienda, y me aproximé para preguntar. Soñolienta una mujer me miró tras la luz y se sorprendió dibujándose su rostro en el candil.


- ¿Jovencito, quién es usted, que busca…?

- ¿Por qué anda  a estas horas de la noche?

- ¿No le da miedo?

Fueron preguntas en ráfaga y con sobradas razones porque por allí ya no asomaba nadie sobre todo a esa hora.

- No hay por qué tener miedo, le respondí. Creo que por aquí la gente es buena y no hay nada qué temer.

- Es que más abajo tiene que pasar una quebrada por un puente y dicen que por allí a las doce aparece el diablo. Tendrá cuidado, váyase rápido y pase antes de la media noche.

Con semejante amenaza pensé un momento, encendí el cigarrillo en el mechero y salí apresurado, que la mujer diría, le dio miedo.

El puente sobre el río Portete era un simple paso sobre unos cuatro palos y por debajo corría una escasa corriente que proviene del Nudo del Portete, unos ocho km arriba, pero para esa época de estiaje casi no hacía ruido. Llegué al sitio y me senté sobre una piedra, con la curiosidad de ver qué sucedía. Vi mi reloj, era la hora, las doce de la noche. Esperé un poco más. El ruido de unos guineales era lo único que me acompañaba y abajo el tenue paso del arroyo. Pasaron quizás unos veinte minutos y nada. El Diablo faltó a su lugar de cita acostumbrada.

Comencé a caminar hacia el pueblo, distante unos dos km. Estas historias se inventa la gente para hacer tener miedo a los niños ya los jóvenes para que no trasnochen y lleguen pronto a sus casas, pensé. En unos veinte minutos de apresurado andas para superar el frío del amanecer, me encontré cruzando ya el parque central de Girón. Ni una alma asomaba a esa hora, los gallos todavía no cantaban y sólo el viento movía las ramas de los árboles, sobre todo del gran alcanfor hermoso plantado décadas atrás por mis mayores, mientras las luces titilantes se mecían sobre los postes de madera.

No hay qué perder, me quedan varias horas para dormir lo suficiente, para mañana jugar fútbol con mis amigos y al medio día pasar por la casa de esa hermosa chica morena hija de un guarda de estancos que ha llegado de vacaciones. O talvez, como picaflor, para ver a la chica de la tienda, hermana de un amigo. Ojalá pueda conversar con ella, aunque sea unos minutos, ya eso puede ser suficiente en mis intentos. Llegando a la puerta de la casa, empujé el un lado e ingresé sin novedad, no como la otra vez que me había puesto llave y tuve que golpear media hora. Adentro a tientas y ciegas, tocando las paredes llegué a otra puerta y luego subí unas gradas contadas de antemano para no tropezar, luego otra puerta y otra. Golpeo la puerta del cuarto y adentro me responde una voz:

- ¡Pasen!

- Aquí hay una cama en el suelo y caben dos.

-¿Cómo?

- Si estoy solo…

- Allí, allí, en el rincón, me dijo la voz de sueño cortado de mi hermano.

Bueno, no era momento para pedir explicaciones. Me agache, tanteando, me acurruqué y en pocos momentos conciliaba el sueño.

Al día siguiente mi hermano José se sorprendió al verme solo.

- ¿Y el otro?

- ¿Qué otro?

-Tú viniste con otro, insistió.

No era inquietante el asunto en ese momento del nuevo día, más preocupaba el desayuno. Fue después la preocupación cuando caminando por la calle me encontré con un amigo, que me dijo:

- ¿De dónde venían ustedes anoche?

- Pero si yo estaba solo…

¡Qué va!. Tú venías acompañado de otro que venía junto a ti ligeramente atrás…Yo los vi desde la ventana de mi casa.

Tampoco era inquietante esta novedad, porque podía ser una simple imaginación de alguien que a esa hora cree ver las cosas y está con sueño. Pero lo que vino después fue en serio. Me enteré de algo que desde entonces me quitó la paz interior y dio origen en mi ser al afán por las cosas de la historia y sus innumerables senderos. El 27 de febrero de 1829 ocurrió desde el Nudo del Portete hacia abajo un tremendo choque bélico y un reguero de sangre que ocasionó un millar y medio de muertos. El puente del relato desde hace mucho tiempo se llama “Camacaro”, fue bautizado así porque en esa fecha, cerquita de allí, un soldado peruano le travesó con una lanza y mató al mulato venezolano del ejército de Sucre, y según la tradición, desde entonces su espíritu cabalga en las noches a todo galope por esos campos del honor, que él los defendió heroicamente.

César Pinos Espinoza



Etiquetas:   Relato Breve   ·   Viajes

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