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Tiempos de mundanza


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06/01/2013

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Escribo este artículo lejos, desde la tierra que penetró en el alma de Antonio Machado para darnos uno de los mejores libros de poesía en castellano que se hayan escrito jamás: Campos de Castilla. Porque el espíritu de estas tierras castellanas, donde la sobriedad y la mirada siempre perdida en el horizonte, es la imagen vivía de su paisaje, que en este primero de año amanece escarchado,  en una inmensidad que se pierde a la vista. Una pureza blanca, sólo rasgada por la oscuridad invernal del Duero, el mismo Duero que cantó el poeta en Soria, pero aquí, embocado ya hacia tierras portuguesas, donde morirá y se fundirá con el océano Atlántico, es más amplio, más misterioso y más silencioso. Al mirar el paisaje, extenso como el mar, como ese Mediterráneo que tanto amamos, cuando en las mañanas de verano la luz del sol se estrella contra la superficie lisa del agua y espejea, como si fuera un mar de plata; ondulado por altozanos que, a modo de suaves olas ancladas a la tierra que humanizan tanto espacio en busca de un lejano horizonte, sentimos el hielo que lo cubre como una purificación; las miles de gotitas de agua, leves lágrimas de las estrellas que cubren el cielo en esta época del año, que caen depositándose en la tierra dura, formando un manto que al amanecer será tan blanco,  que nos parecerá que la naturaleza se purifica durante la noche, para revivir a un nuevo día de barbecho, que hará que la tierra se preparé para las siembras de primavera.


         Esta tierra de soledades y fríos invernales que pueden llegar a congelar el alma, sin embargo nos hace pequeños, nos humaniza a la altura de lo que somos: una pequeña molécula en la inmensidad de la naturaleza, que vivimos en una tierra alquilada, a la que no siempre sabemos cuidar. Es igual que cuando uno alcanza el cima del pico de Penyagolosa y al mirar a lo lejos su vista se pierde entre montañas y valles que modelan esa orografía tan maravillosa de la provincia de Castellón (dicen que la segunda provincia más montañosa de España), y piensa qué diminutos tenemos que ser, para poder habitar y poblar los valles, y desde esa altura parecer que no existimos.

         Si consiguiéramos entender cuál es nuestra posición en el orden cósmico de la cosas, sin soberbias capaces de destruirnos a nosotros mismos, ni vanidades intelectuales que nos hacen pensar que somos el centro de la creación, ni egoísmos que llevan a situarnos antes que cualquier especie y de la misma naturaleza, quizá no estaríamos en la situación que vivimos en la actualidad, de destrucción de todo que nos rodea, incluso de nosotros mismos por razones de nuestra soberbia, nuestra vanidad y nuestro egoísmo. La humanidad ha pasado primero de pensar que era el centro de la creación, que todo el universo giraba en torno a ella, por obra y gracia de divina. La Tierra era el centro del universo, porque ésta era la creación de Dios, y el hombre aparecía como el mayor logro de su inspiración, incluso las mujeres tenían que girar alrededor de la obra del Creador. Posteriormente, en el siglo XVI, empezaron a  desarrollarse las teorías heliocéntricas, que tuvieron un impulso definitivo con los estudios del astrofísico y matemático Nicolás Copérnico, que situaban a la Tierra, y por tanto al hombre, girando alrededor del Sol. Un golpe en la línea de flotación del pensamiento cristiano que más tarde, en el siglo XVII, hizo que Galileo Galilei sufriera la persecución de la jerarquía eclesiástica, por refutar con su telescopio las teorías copernicanas. Coincide este momento histórico, en el que la humanidad pasa a ser un elemento más de la naturaleza cósmica, y por tanto ya no es el centro de la creación divina, con la expansión del Renacimiento, época en que los hombres se empiezan a medir con Dios en inteligencia y capacidad para trasformar su creación. Ya había habido un amago en los siglos anteriores cuando las catedrales góticas se elevaron por encima de lo permisible, con la intención de acercarse a la Divinidad. Esta época de reafirmación de la capacidad de los hombres para avanzar sin la necesidad de la ayuda divina, coincide con un momento de grandes avances sociales, políticos, económicos, filosóficos y culturales, en el tránsito del feudalismo de la Edad Media hasta el Capitalismo que trajo la Revolución Industrial, y el Marxismo que integra a las clases trabajadores en el sistema de producción y los ámbitos de decisión política.

         El tercer gran cambio vendrá de la mano del psicólogo Sigmund Freud y el psicoanálisis, que abre la puerta a la psicología moderna, por la cual el hombre ya no sólo depende de sí mismo, si no que existe en nuestro interior una fuerza denominada subconsciente que es definitoria de su comportamiento. Ya ni siquiera es el alma, última creación divina que le queda a la Iglesia por defender, quien rige nuestros actos, o nos proporciona el libre albedrío. El subconsciente es un elemento que rompe todo vínculo con Dios, dotando a hombres y mujeres de un motor propio en su interior que hace que avancemos o no, en función de nuestras capacidades intelectuales y nuestro estado psicológico. La construcción de la democracia moderna tiene mucho que ver con la necesidad de alcanzar un estado anímico social y personal satisfactorio, capaz de cubrir nuestras necesidades individuales y colectivas.

         Pero ahora todo está cambiando. Vivimos tiempos de mudanza por la invención y el desarrollo de la informática, que aunque es pronto para calibrar de qué manera va a afectarnos, algo ya se puede ir atisbando, al traspasar el control de nuestras vidas a sofisticadas máquinas electrónicas, que están  provocando un cambio brutal, por la velocidad en que se está produciendo. Pero como siempre de nosotros va a depender que la nueva sociedad que surja haya ido a mejor o a peor; que seamos capaces de detener a las fuerzas del mal que están intentando controlarlo todo, poseerlo todo. Tenemos que ser capaces de adaptarnos a los cambios para que la sociedad que surja de esta mudanza pueda vivir mejor y sigamos sintiéndonos pequeños cuando miremos la inmensidad helada de los páramos castellanos, cualquier principio de año, o la profundad de los valles de Castellón desde el pico de Penyagolosa.



Etiquetas:   Filosofía

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