. Y, como podemos
dar cuenta de lo arraigado del dicho en los círculos políticos, tenía razón.
Dicha frase, en el contexto actual y aplicada al tema de la juventud en la agenda
del gobierno federal, podría pasar, sin muchos contratiempos, como un
diagnóstico dolorosamente exacto.
A la mitad del camino de la
campaña de Enrique Peña Nieto (EPN), una “insurrección” juvenil puso fin a un
proceso electoral que no causaba otra cosa en los electores que no fuera un sonoro bostezo; a partir de entonces el tono
de la contienda estuvo teñido por el movimiento que se desencadenó a partir de
la visita del entonces candidato tricolor a la Universidad Iberoamericana,
donde fue duramente cuestionado por su actuación en el municipio mexiquense de
San Salvador Atenco. Frente a la legítima manifestación de descontento de los
estudiantes que se dieron cita en la presentación de Peña Nieto, los “varones”
priistas, como Pedro Joaquín Coldwell, entonces presidente del Revolucionario
Institucional, no atinaron a hacer otra cosa que no fuera mentir y descalificar.
Nada nuevo para la cultura priista. Veamos.
Para el priismo, puro y
duro, como el encarnado por EPN, la
obediencia sin cuarteaduras a la “autoridad”, o a quien ejerza el poder, es una
característica de gran valía, tanto así que la sobrevivencia de cualquier
político, llamémosle, “estándar”, depende de eso, de la disciplina y sumisión
absoluta al “tlatoani” en turno. Otro punto neurálgico dentro de la manera de
entender la política del priismo, radica en su respeto, si le llamamos obsesivo
no estaríamos exagerando, a las “formas” y al “simbolismo”, para muestra, dos
botones: la ceremonia de aceptación de la candidatura presidencial priista y la
pasada toma de posesión como Presidente de la República en la Cámara de
Diputados. En ambos eventos, los usos y costumbres priistas permanecieron
intactos a los años y al polvo que se acumuló en 70 años de ejercer el poder.
Las sonrisas forzadas, los apretones “fractura-dedos”, las palmadas
“saca-pulmones”, el “séquito” orgulloso por acompañar al “Señor Presidente
Licenciado…”, en fin, todo aquello a que nos tenía acostumbrado el priismo de antaño
y que, ingenuamente, pensamos que no regresaría. Por todo ello, no resulta
incomprensible que para el priismo la actitud de los jóvenes universitarios
haya resultado tan “inapropiada” para su muy cuadrada manera de entender el
mundo, y es que los estudiantes habían roto los
más caros códigos priistas: no fueron sumisos al “tlatoani”, ni hicieron
menor caso, afortunadamente, de las “formas”.
Más allá de lo, quizá,
anecdótico del suceso líneas arriba narrado, la actitud que tomaron los
priistas más encumbrados, respecto al suceso en la Universidad Iberoamericana,
dejó ver sus profundas raíces autoritarias y su escasa habilidad para dar
trámite a las opiniones distintas a las suyas. Pero no sólo eso. El mencionado
suceso con los jóvenes estudiantes de la Ibero, sólo sería el preludio de lo
que vino después y que tuvo su más aguda representación en lo ocurrido el
pasado 1 de diciembre del 2012, fecha en que se desplegaron las más vergonzosas
prácticas del antiguo régimen.
Infiltrados entrenados para
desquiciar el primer cuadro de la Ciudad de México, pretendieron justificar la
probada brutalidad con que actuó la policía federal y capitalina. El uso,
comprobado, de balas de goma contra los manifestantes, las detenciones
arbitrarias y los derechos humanos violados así lo demuestran, pero ningún
despliegue de la brutalidad policial sería tan lesivo como la creación de
“chivos expiatorios”, contra los que se dirigiría la ira gubernamental,
condimentada con la recurrente dosis de corrupción y cinismo, enquistado en las
tuberías del poder judicial capitalino. Con ese acto, la detención de
inocentes, envueltos en un proceso judicial visiblemente injusto y desaseado,
el gobierno federal y el capitalino, darían cuenta de lo que para ellos
significa la juventud mexicana y sus demandas: un grupo social, ya de por sí
envuelto en una complicada situación social, política y económica, que no
merece ser escuchado ni tomado en cuenta, y para el cual la mejor respuesta a
sus demandas, es el “garrote”. Y es que, siendo serios y juiciosos, ¿hay una
agenda específica, ambiciosa y que haya tomado en cuenta el parecer de los
jóvenes para anticiparse un mejor futuro?, yo creo que no, y ahí está el mayor
problema.
Existen suficientes datos,
ya ampliamente conocidos, que dan cuenta del peligroso escenario que se cierne
sobre la juventud, (pocas oportunidades de trabajo, espacios limitados en la
educación media superior y superior) y que, inexplicablemente, no han sido
atendidos con la urgencia e intensidad que demanda la gravedad del problema,
problema que nada indica tenga visos de una mejoría significativa, ni siquiera
en el mediano plazo. Frente a ello, vale preguntarnos, ¿qué necesitamos para
actuar?, ¿qué necesita el Estado para percatarse de que tiene un muy grave
problema gestándose en su seno, y sin visos de resolverse sino es con una
decidida implementación de políticas sectoriales que atiendan la problemática que
sufren los jóvenes?
Las proyecciones a futuro
son temas de alquimia que, al menos yo, desconozco, pero no creo errar mucho al
afirmar que si las cosas siguen tal y como están, veremos más y más protestas
que dejarán ver el descontento juvenil, con la ya conocida dosis de represión y
artimañas para justificarla, todo ello en detrimento de la credibilidad
institucional y abonando, día con día, al descontento social. Ya veremos.
.